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Las vacaciones del padre Félix

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Historias del Camino. TANIA SOLLA

Félix descansaba bajo una higuera mientras disfrutaba viendo a los peregrinos. No imaginaba que fueran a ser tantos. Disfrutaba de sus primeras vacaciones de Semana Santa en tantos años que ya ni recordaba cuándo habían sido las últimas. Vestía sotana, alzacuellos, sandalias y un enorme sombrero que desentonaba con todo ello, como la mochila que se posaba junto a él. Tan absorto estaba entre tanta gente y el maravilloso paisaje que no advirtió que dos chicas se acercaban.

Historias del Camino. TANIA SOLLA
Historias del Camino. TANIA SOLLA

-Buenos días, padre -dijo una de ellas tendiéndole una cantimplora-. Beba algo, hidrátese, que se nos va a quedar ahí tieso como un pajarito.

-¡Caramba, muchas gracias! -dijo tomando un trago largo de agua. ¿Qué tal llevan ustedes el Camiño?

-Parece que mejor que usted -rió una de ellas mientras la otra coreaba.

-Sí, hijas, ríanse, que ya las veré yo cuando tengan mis 82 años, a ver si llegan en tan buena forma -bromeó el sacerdote mientas devolvía la cantimplora. Ocurre que en mi oficio no suele haber vacaciones en Semana Santa, al contrario, así que era ahora o nunca.

-¿Y por qué viste de cura si está de vacaciones? ¿No se asa de calor?

-Bueno, son dos preguntas muy diferentes, joven. Visto así porque soy sacerdote aunque esté de vacaciones; y sí, hace un poco de calor, pero el sombrero da buena sombra y la sotana es de verano. ¿A que no sabían ustedes que hay sotanas de verano y de invierno? Pues ahora ya lo saben. ¿Les parece bien si camino un trecho con ustedes? -el padre Félix se levantó con algo de trabajo y aceptó la ayuda que le ofrecían para colgarse la mochila a los hombros. Luego echaron a andar.

-¿Sabe?, no somos creyentes -aclaró una de ellas-. No intente usted convertirnos.

-Estoy de vacaciones -repitió el cura-. Pero por otra parte, ya que sacan ustedes el tema, da exactamente igual en lo que crean ustedes. Entiéndanme, no es que me dé igual a mí. Quiero decir que es totalmente irrelevante a todos los efectos. Como si son adoradoras de Satanás, aunque no lo parecen. Quiero decir con esto que a ustedes, jóvenes, las veré yo en el Paraíso, que es a donde irán crean en lo que crean.

-¡Pero si somos pareja! -declaró una de ellas. 

-¡Huy, miren ustedes qué escándalo.

-Pero la doctrina… -empezó la otra.

-¡Vaya, conocen la doctrina de la Iglesia! -interrumpió Félix-. Yo, a mi edad, qué quieren que les diga. Trato de olvidarla. Yo me refugio en los Evangelios, y lo que dicen los Evangelios es que ustedes vendrán al Paraíso. Han dado de beber a un sediento, han ayudado a un anciano desvalido y aquí están, caminando conmigo, acompañándome y charlando. En cuanto a la relación que mantienen entre ustedes, les aseguro que conozco el Nuevo Testamento de memoria y no encuentro en él nada referente a la situación sentimental de ustedes dos. Otra cosa irrelevante. Entre nosotros, les diré que la Iglesia es una institución que sobrevive a lo largo de dos milenios gracias a que nunca cambia nada. Eso a lo que usted llama doctrina es nuestro secreto mejor guardado. No existe. Nos la hemos inventado.

-Nunca había escuchado a un cura hablar así -afirmó una de las chicas.

-Bueno, casi nadie hoy escucha hablar a un cura, ni así ni de ningún otro modo. Yo, como estoy de vacaciones, me lo permito. En mi iglesia no es fácil decir estas cosas, imagínense, mis feligreses, los pobres, me echarían a patadas y con razón.

-Los engaña usted. 

-Bueno, sí…, y no. Soy un humilde siervo del Señor, como ellos, más bien ellas, que los hombres no vienen mucho. Les transmito la palabra, las invito a no prejuzgar a nadie, ni mucho menos a juzgar y las animo a ser buenas personas, como lo son ustedes dos. Administro los sacramentos cuando lo necesitan y encuentran consuelo en todo ello. Tampoco voy a decirles que no hace falta que sean creyentes. No estoy para que me encierren en un monasterio ni para que me excomulguen. Hago mi trabajo honestamente, o eso me gusta creer.

-Así que nos condena usted al Paraíso.

-Absolutamente, pero la culpa es enteramente de ustedes dos.

-¡Pero si somos unas pecadoras! - protestaron.

-¡Ja! Me río yo de sus pecados. Pecador es quien maltrata a un niño, que de eso por desgracia no nos libramos en la Iglesia; pecador es quien mata o quien daña a otra persona a sabiendas, incluso hay quienes encuentran placer en ello. Pecador es quien abusa de una mujer. No se confundan, jovencitas. Son ustedes tan pecadoras como un cervatillo, así que si no cambian mucho, que lo sé, que llevo en esto toda la vida y he aprendido a conocer a la gente, acabarán ustedes en el Paraíso, al que yo llegaré mucho antes. Les apuesto una cena.

-¿Y cómo se la pagamos? ¿Hay dinero en el Paraíso?

-Buf, ni idea. No llego a tanto, de eso tampoco dicen nada los Evangelios.

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