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Vida de Memphis

Memphis ya no está para soportar sobre su lomo el peso de un jinete. Tampoco puede correr, ni trotar. Su dueña, Roberta, lo ha jubilado. Cuando era potrillo y Roberta una niña, ya lo cepillaba, le peinaba las crines, le refrescaba las pezuñas, le hablaba y lo acariciaba. Memphis siempre fue el más querido y mimado del picadero.

Memphis hacía antes el Camiño varias veces al año, una y otra vez, alquilado a peregrinos que querían hacer la ruta a caballo. 25 años estuvo haciendo ese trabajo, pero ya no puede más. Su vida se reduce a pasar unas horas en el establo y otras horas en el corral. Roberta sigue cuidándolo, hablándole y acariciándolo, pero Memphis está deprimido. No come casi, no relincha de alegría cuando ella se acerca. Pasa el tiempo con la cabeza gacha, no es feliz. Tampoco está enfadado. Ha visto envejecer a otros caballos, y morir pasado un tiempo.

Roberta está preocupada. Llama al veterinario aunque ya sabe q u é e s l o q u e tiene y no tiene Memphis. Tiene tristeza y no tiene el Camiño. Un día, por probar, Roberta le abre la puerta del corral y Memphis sale caminando hacia donde siempre, hacia el Camiño. Roberta va a su lado, acompañando. Cuando cree que ya han paseado lo suficiente, ella lo invita a volver. Él no hace caso, aunque ha comprendido perfectamente lo que se le pide. Sigue caminando. Ella insiste y él bufa. Roberta no sabe qué hacer. Tiene mucho trabajo que atender y no quiere disgustar al caballo. Lo deja ir. Conoce el camino de vuelta. Lo ha hecho mil veces.

Memphis continúa solo. A medida que se acerca al sendero se siente mejor. No entra en el Camiño. Se posiciona en una arboleda cercana y desde ahí observa a los peregrinos pasar. Son un montón. Siempre le ha llamado la atención esa columna de humanos caminando todos en la misma dirección, como si siguieran a alguien. Pasa así tres días y dos noches. Sabe dónde hay pastos y agua. No necesita más. Camina entre los árboles siguiendo a los peregrinos a cierta distancia, duerme, come. No tiene horarios. En un momento unos jóvenes se fijan en él y lo llaman. Se acerca asomando apenas la cabeza y parte del cuello. Le hablan y lo acarician. De fondo esa pequeña iglesia románica tan conocida por él.

Al tercer día escucha un trote familiar y un relincho. Un compañero del establo viene, Roberta sobre él. Roberta descabalga, se acerca corriendo, abraza a Memphis, le riñe un poco, le pide que vuelva con ella. Memphis la sigue a su paso lento y llegan a casa. Ella lo cepilla, le peina las crines, le habla y lo acaricia como nunca.

Ahora ya no hace falta que Roberta lo vaya a buscar. Cada dos o tres días se cruzan las miradas y ella entiende: le abre la puerta y lo deja salir. Cuando ve a otros caballos haciendo su antiguo trabajo, saluda alegre y ellos responden. También escucha a lo lejos los relinchos de otros caballos, las manadas que están en los montes y a las que nunca conocerá, y no las contesta porque ya no tiene fuerza en los pulmones para hacerse oír a tanta distancia.

Vive su última etapa, lo sabe, pero la vive feliz. Por primera vez en su vida se siente libre de verdad: no puede correr ni brincar, pero tampoco quiere: le basta con soñarlo, que a veces se sueña corriendo a campo abierto. Quiere comer, descansar o acercarse a un manantial a beber cuando le apetece. Quiere ver a los peregrinos pasar y preguntarse a quién siguen; quiere que de vez en cuando alguno lo llame y le dé unas caricias; quiere volver al establo una o dos veces por semana para saludar a sus compañeros y que Roberta le preste atención.

Eso es lo que quiere. Así nunca se siente solo. Tiene la sensación de estar en todo momento acompañado. Tampoco se siente inútil como cuando se jubiló y pasó tanto tiempo encerrado. No tiene prisa en morir, tampoco miedo. Cuando llegue el momento lo sabrá. Entonces llegará a tiempo al establo porque sabe que Roberta estará con él, despidiéndolo, dándole cariño y hablándole dulcemente, como cuando era un potrillo. Quiere morir en su casa.

Lo tiene decidido, pero tampoco piensa mucho en ello. Ya llegará. Mientras tanto sigue paseando entre árboles, a la estela de los peregrinos, escuchándoles hablar, reír y cantar, preguntándose a quién siguen. Dure lo que dure, lo hará en libertad, siguiendo sus instintos. Piensa que a pesar de los achaques nunca ha sido tan feliz, y Memphis se lo agradece a la vida, de corazón.

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