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Una amiga universitaria

El otro día quedé con mi hija en Santiago, donde acaba de empezar la carrera y está descubriendo esa otra vida, ya adulta, ya independiente, que le está esperando
Obradoiro

YO FUI DESDE Pontevedra y la recogí en su residencia. Al llegar, la vi por la ventana en su habitación, y pensé cómo se estará sintiendo, viviendo sola por primera vez.

Me llevó hacia el centro por su ruta habitual y tomamos algo en un par de sitios. Por comprensible que sea, es asombrosa la cantidad de jóvenes que hay en Compostela: parece que solo hay turistas mayores y estudiantes jóvenes. Quizá sea cierto, no lo sé, nunca he vivido en ella. Y luego fuimos a cenar a una hamburguesería que recomendó Paula, La Pepita, que me encantó y, como anunciaba en sus manteles, me sorprendió.

Hablamos todo el tiempo. Incluso de cosas serias, como su novio o su visión de nosotros como familia. Paula es muy buena, una bellísima persona, y además se va haciendo cada vez más interesante; y ahora en la universidad, más, seguro. La vi bien, la veo muy bien. Y yo volví muy alegre, muy contento con la tarde y con ganas de repetir, aunque sepa que no puedo abusar.

Pero me preguntaba en el coche hasta qué punto podemos llegar a tener confianza con nuestros hijos, y hasta qué punto podemos llegar a conocerlos. Y no lo sé. Creo que mucho en ciertos aspectos, y poco o tal vez nada en otros. Y que esto, además, es recíproco.
Hace años, cuando Paula acababa de nacer, una conocida me contó que había llegado a conocer bastante a la hija de un viejo amigo suyo, y le había dicho que ella le iba a hablar de su padre como nadie lo había hecho ni lo haría; porque le iba a contar cómo era él como amigo. Sostenía que era muy importante que la chica supiese qué más era su padre, además de su padre. Y me gustó la idea, y pensé que ojalá algún día alguien hiciera algo así con mis hijos. Porque, de lo contrario, nunca verían una parte de mí, eclipsada por la paternidad.

A pesar de que sabes que no, que serán tan independientes y libres como tú, los ves así: parte de ti.

Y a nosotros, con ellos, nos sucede lo mismo. Verlos como los demás, y como a los demás, me parece prácticamente imposible. Como en la pareja, pero mucho más aún, estás tan cerca que no eres capaz. De hecho, no es que estés cerca, sino que los sientes dentro, formando parte de ti. A pesar de que sabes que no, que serán tan independientes y libres como tú, los ves así: parte de ti. Cómo no, si al fin y al cabo son tu vida. Y lo siento, pero lo voy a decir: esto es difícil de entender si no se tienen hijos.

Pero ni te ven, ni los ves con claridad. Y no solo porque su importancia sea tan descomunal que lo altere todo, ni porque cualquier cosa suya tenga tal trascendencia que se salga de los marcos de referencia válidos para el resto del mundo, ni porque tu preocupación por ellos sea una presencia constante y tiña todo de cierto temor; sino porque, además, te metes tú en medio. Siempre. Porque, en ese ejercicio de conocimiento que tiene lugar cada minuto compartido desde que nacen, no eres capaz de apartarte. Cómo te vas a apartar, si son tú, cómo no vas a juzgarte en ellos, como no vas a mirarlos con la misma pasión y la misma confusión con las que observas y juzgas tu propia vida.

Si casi siempre somos los menos indicados para valorar cualquier acción nuestra, cualquier obra nuestra a pesar de conocerla como nadie, si yo no soy capaz de leer con un mínimo de criterio nada escrito por mí, si con un texto mío dejo de ser un lector solvente, cómo no va a ocurrirnos lo mismo, pero mucho peor, con ellos.

Les dejamos una entrada franca, pero que lleva siempre a los mismos sitios. Y no ven nada más

Y tampoco ellos nos ven. Como nosotros a nuestros padres. No sé bien por qué. Quizá porque tampoco nos miren mucho, aunque nos tengan siempre al lado. Y porque, cuando nos miran, no es a una persona a quien ven, no es alguien a quien conocer, con virtudes y defectos, interesante o no, sino a su padre o a su madre. Y eso, que es, qué duda cabe, una gran puerta de entrada hasta el fondo de nuestro corazón, también se alza como una enorme barrera cada vez que pretenden desviarse y mirar qué más hay aquí dentro. Les dejamos una entrada franca, pero que lleva siempre a los mismos sitios. Y no ven nada más. Hasta -supongo- que alguien les cuenta, o hasta que tienen la oportunidad de mirarnos desde lejos. Como nos ha pasado a nosotros con los nuestros. O hasta que —pienso yo a veces con ilusión—, dentro de unos años, lean todos aquellos artículos tuyos donde hablabas tanto de ti.

Si nos cuesta modificar nuestra visión de una persona cualquiera, si nos resulta tan difícil dar un paso atrás y dar la oportunidad, ya no de cambiar, sino simplemente de mostrarnos más caras, mil veces más difícil es cuando los roles de los que hablamos son los de padre e hijo. Hija, el martes pasado.

Y aun así, a pesar de esos roles, a pesar del encasillamiento en nuestros papeles, a pesar de mi responsabilidad y mi tendencia a leer cada señal para saber si está bien, o a pesar de lo que puede suponer pasear con tu padre entre tus compañeros, por momentos fue casi como cenar con una amiga. Y me gustó muchísimo. Y lo que nos queda: por disfrutarnos, por conocernos. Aunque no pueda abusar.

Una amiga universitaria
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