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Bajo un ardiente sol

Ustedes nunca han venido a Ferrol. Ni falta que hace, pensarán

LA CANCIÓN más graciosa del mundo se compuso para mi ciudad: "Ferrol, Ferrol, Ferrol, donde yo nací bajo un ardiente sol". El anónimo autor al que en 1910 se le ocurrió tenía que ser un coñero. Hubo unos años en que a última hora del día la ponían con las campanadas del ayuntamiento, y era fascinante oírla sonar sobre los paraguas que cruzaban la plaza de Armas.

Ustedes son de Lugo o Pontevedra, o de más lejos si cabe, así que nunca han venido a Ferrol. Ni falta que hace, pensarán. Es tan feo, tan aburrido y cerrado, y está tan deprimido económicamente que nos han comparado con Mordor, Corea del Norte y Detroit. Y aun encima está en la esquina: no vale la pena.

No salimos porque no hay nadie, y no hay nadie porque vamos a salir a otros sitios; y no abren las tiendas porque no hay gente por la calle

Eso sí, seguirán sin conocer su conjunto patrimonial, el segundo más importante de Galicia. Y no pasearán por el centro ni se enterarán de que las galerías de nuestras rectilíneas calles no solo fueron las pioneras, allá en el XVIII, sino que siguen siendo preciosas. Ni sabrán que ir de vinos es cada vez más diferente, y que también aquí se come muy bien. Ni les llevarán a los dos castillos que llevan tres siglos guardando la ría, ni a las playas casi vírgenes que hay a diez minutos. Nadie les contará que desde 1983 mantenemos una perfecta y neurótica alternancia izquierda-derecha en el gobierno municipal, ni que, a pesar de que la economía es la que es y, efectivamente, tiene las flaquezas de todos los monocultivos, ni nos hemos muerto ni estamos moribundos, y hay vida. Y cultura. E iniciativas. No vengan y no conocerán una ciudad segura, abarcable y acogedora donde es un lujo poder criar a los hijos, y que no se merece casi ninguno de los tópicos que pesan sobre ella.

Excepto uno, que es cierto: no nos valoramos. Es verdad. Nos quejamos, protestamos para que alguien venga a resolvernos los problemas y hablamos mal de lo que tenemos, que siempre es peor que lo de fuera: las casas se caen, aunque seamos la ciudad gallega donde más se rehabilita; no salimos porque no hay nadie, y no hay nadie porque vamos a salir a otros sitios; y no abren las tiendas porque no hay gente por la calle, y no hay gente porque, total, está todo cerrado. Tenemos la autoestima por los suelos. No nos queremos.

Y eso hace mucho daño. Porque el derrotismo siempre acierta: si dices que no, va a ser no.


Por eso —y sin querer caer en un positivismo estúpido ni obviar nuestros problemas— estaría bien, sería fantástico, revulsivo y revolucionario, que en Ferrol dijéramos que sí. Que pusiéramos buena cara. Que nos quisiéramos un poquito. Porque, a veces, quererse lo cambia todo.

Bajo un ardiente sol
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