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Curiosidad

Dice mi nueva suegra que hay gente que pasa por los sitios, pero los sitios no pasan por ella. Estoy de acuerdo, y creo que son las mismas personas a las que solo les sorprenden las sorpresas.

PORQUE CADA vez estoy más convencido de que lo que hace interesante a alguien no es lo que ha visto, sino su modo de mirar. Y quien viaja y no saca nada en limpio, y sale de ciudades y países que desconocía igual que cuando llegó, con su ignorancia y sus prejuicios intactos, en realidad, cuando está en casa, es igual de impermeable, mentalmente.

Amos Oz, el escritor israelí, anhelaba salir a ver mundo, vivir aventuras como Hemingway; o al menos estar en el centro de todo, en Nueva York, en París o en Londres, y empaparse del ambiente. Y así poder escribir sobre cosas que valiesen realmente la pena, no como las que llenaban su día a día, monótonas, modestas, insulsas. Hasta que un escritor excepcional le mostró, en un librito lleno de personajes modestos y aparentemente insulsos, que el centro del mundo estaba en su escritorio. Y que desde él podía explorar cualquier rincón y tratar todos los grandes misterios de la vida. El escritor se llamaba Sherwood Anderson y su novela, Winesburg, Ohio, es uno de los libros que más me han gustado en mi vida.

Es esa capacidad para ver la grandeza, la belleza y los misterios del mundo en todo cuanto nos rodea, en cada suceso corriente, lo que distingue al artista y hace atractivas ciertas personalidades. Y creo que esa capacidad tiene que ver, entre otras muchas cosas, con la curiosidad, que no solo es un requisito indispensable para la ciencia, sino para no quedarse, en general, en la superficie de las cosas, para no limitarse a adoptar una actitud de recepción pasiva: esa que deja hueco para que los sitios atraviesen nuestra cabeza sin dejar rastro.

 'Gabinete de curiosidades' creado por Nuria Pérez, una gallega emigrante en la capital, como yo, llevan varios días acompañándome en las idas y vueltas al trabajo

Lo cual me pone en bandeja hablarle de mi último flechazo, un programa de podcasts que un amigo nos descubrió hace unos días: Gabinete de curiosidades. No es que sea yo mucho de podcasts —y eso que a lo largo de la semana tengo muchos tránsitos desocupados y frecuentes ratos de espera—, pero los de este programa, creado por Nuria Pérez, una gallega emigrante en la capital, como yo, llevan varios días acompañándome en las idas y vueltas al trabajo. Porque son magníficos.

En los siete u ocho que he escuchado ya han salido los cuadernos Moleskine, los lápices Blackwing 602, Bruce Chatwin, David Bowie, los escritores de la generación beat con W. Burroughs a la cabeza, Al Gore y los Clinton, el sincronismo junguiano, el jefe sioux Lobo Largo, Ike Eisenhower, los simbolistas o los surrealistas, todos acompañados por una banda sonora ecléctica y fantástica en la que no faltan Os Cempés, Siniestro o Guadi Galego. Y cada capítulo, girando sobre una idea central conductora, va enlazando de una forma original y fluida historias y personajes, consiguiendo que todo tenga sentido y nunca decaiga el interés. Por si no se dan cuenta, se lo estoy recomendando.
Y este programa, que no es solo una sucesión de podcasts, sino que en su página web ofrece bibliografía, música, fotos y enlaces relacionados con cada episodio, es algo más que bonito e interesante: es inspirador. Y miren que me da rabia recurrir a ese calificativo, cada vez más sobreutilizado, pero es que así es.

Como los libros de Philip Roth o la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca: inspiradores, cosas que te dan ganas de ser mejor persona, de aprender arte, filosofía y economía, y de ponerte a arreglar el mundo. Y, antes de arreglarlo, quedarte pasmado con tanta belleza, con tanto talento y creatividad —¡otra!—, con tantas historias bonitas, duras o inauditas, y con tantas, en fin, curiosidades. Yo, por ejemplo, pienso regalarle a mi hijo, por Reyes, un póster de la fotografía Blue Marble, la primera imagen completa de la Tierra vista desde el espacio, para su habitación. Quién sabe si se empapará del efecto perspectiva y el día de mañana hará mejor el mundo. La mirada adecuada para ver todo lo que nos dice esa canica azul flotando en el espacio, la tiene.

Aquella profesora catalana que a mi amiga Cruz, de niña, le insistía: "Contemple los distintos tonos de verde"

La mirada, la curiosidad, la forma de ver. La de mi amigo Jesús, que, durante años, cada mañana se sorprendía con la perfección de los campos de cebada y amapolas que cruzaba. La de aquella profesora catalana que a mi amiga Cruz, de niña, le insistía: "Contemple los distintos tonos de verde". La que convierte una ventana encendida en un misterio, un vagón de metro en una lección, o una conversación en la mesa de al lado en un cuento. La forma de ver el mundo que nos permite viajar o quedarnos en casa y no dejar de maravillarnos con este asombroso espectáculo.

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