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Discusiones

Una buena discusión es como ir al podólogo de la mente

ESO DIJO mi amigo Róber después de que este sábado nos pasásemos más de una hora discutiendo por las calles de Ferrol, a medianoche. Tiene razón: cuando acabas, o más aún al cabo de un rato, cuando ya la has dejado reposar, te das cuenta de que te ha quitado algunas durezas y callos, y que estás más suave, más flexible. Sales de ella mejor.

Pero, evidentemente, no siempre ocurre esto. De hecho, yo creo que es más bien excepcional. Hay discusiones que no conducen a nada, que solo cansan, disgustan y nos dejan mal. Ese mismo sábado, desde por la mañana, había estado discutiendo por escrito –primer error- con un grupo de amigos y, en lugar de al podólogo, aquello fue como ir al dentista: por mucha anestesia que te pongan no dejas de estar molesto todo el tiempo, y hasta que se te pasan los efectos, bastante después de acabar, no te relajas. Comí pensando en la discusión, por la tarde tomé un café con mi padre y la mitad del tiempo tuve la cabeza en ella, y hasta bien empezada la cena no conseguí olvidarla. Imagino que la diferencia estriba en el adjetivo del principio: que sean buenas.

¿Pero cuándo nos parece buena una discusión? ¿O cuándo me lo parece a mí? Hay requisitos casi obvios. Unos de forma y otros de fondo, aunque acaben por entremezclarse. Los relacionados con el cómo son tal vez más fáciles de identificar, y el primero que se me viene a la cabeza es el tono, que para mí puede ser airado, no tengo ningún problema con eso ­—quizá porque yo enseguida me exalto, sin que eso signifique que me enfado—, pero nunca agresivo, ni condescendiente, ni faltón: nunca buscando callarte, y menos descalificarte. Ha de ser un tono que demuestre buen talante y respeto, que, por mucha pasión que se le ponga, deje ver una predisposición constructiva, voluntad de llegar juntos a algún sitio, no de ganar. Y, si hay cariño por medio, que no se le olvide.

También agradezco que los argumentos se expongan racionalmente, con cierto orden lógico, para al menos saber dónde empiezan y dónde acaban; pero sin pararse demasiado, sin pasarse de pedagógicos al explicar cualquier tontería, porque me impaciento y me cuesta esperar a que terminen de desarrollar lo que entendí hace media hora. Por último, que me escuchen, claro; pero la verdad es que, si alguien no escucha, no hablo con él ni del tiempo.

Porque somos nosotros quienes a menudo incumplimos el manual del buen discutidor. No discutimos con una actitud receptiva ni estamos dispuestos a dejarnos convencer.

El fondo es más complejo. Cómo no. Aunque en gran parte solo se trata de que ese tono que busco se corresponda con la intención. Es decir, que la persona que me discute no lo haga únicamente para ganar; aunque prefiera ganar. Que, aun partiendo de una opinión clara, sea capaz de cambiarla si yo le doy motivos, que esté dispuesta a dejarse convencer. Es difícil, es muy difícil; sobre todo porque casi todos parecemos haber comprado un pack ideológico completo, y nos sentimos obligados a defender hasta el último de sus postulados, por tonto que sea y ajeno que nos resulte, para que no se nos desmorone la coherencia del chiringuito: donde hay ideologías, suelen encajar mal las ideas propias. También pido que se sepa lo que se dice, que no se digan muchas tonterías. Y no me refiero a ideas que me escandalicen o indignen, o que me rompan los esquemas, que es a lo que solemos llamar tonterías cuando discutimos, sino a que se hable por hablar, a que no se razone con un mínimo de rigor. Ya se sabe lo de no dejarse arrastrar al terreno de las estupideces, para no perder pie.

Vistos la forma y el fondo, debería estar todo dicho. No parece muy difícil encontrar discusiones así; y, en todo caso, bastaría evitar las que no cumplan las condiciones. Y en última instancia, si no podemos librarnos de ellas, tener claro que la culpa es del otro siempre facilita las cosas: puedo cabrearme, pero será algo momentáneo y superficial, poco más que una molestia.

Lo malo es que eso no es cierto. Hay muchas discusiones que pasan ese casting y sin embargo me dejan mal, me ponen de mal humor y a veces hasta me disgustan durante un tiempo. Porque solo he hablado de cómo tienen que discutir los demás, pero no de mí. Y, queridos míos, ese es el verdadero problema: nosotros somos, casi siempre, el verdadero problema.

Porque somos nosotros quienes a menudo incumplimos el manual del buen discutidor. No discutimos con una actitud receptiva ni estamos dispuestos a dejarnos convencer. A lo mejor no nos hace falta ganar, pero sí, como mínimo, no perder. Y es que la discusión deja de ser solamente tratar un tema, en el momento en que en ella ponemos y exponemos más que nuestras ideas: nos ponemos y nos exponemos a nosotros mismos. A veces, porque nos identificamos excesiva y absurdamente con una determinada postura, que nos ofrece seguridad y confort, y hasta un propósito en la vida, y la defendemos como quien defiende su casa, su refugio, su credo, pues sin ella perderíamos también nuestra tranquilidad. Otras, sencillamente, porque fiamos nuestra autoestima a cosas tan ridículas como tener razón, y necesitamos tenerla, en todo. Y, tanto en un caso como en el otro, una vocecilla interior, allá en el fondo, nos dice que nos tambaleamos, que, por mucha seguridad que demostremos, algo está fallando.

Y no hay conflictos más desasosegantes que esos, que los que tenemos con nosotros mismos.

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