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Dos ventanas

El mundo puede ser un lugar infernal. También puede albergar el paraíso. A veces, el mismo día. A veces, en la misma casa.

VOY CAMINANDO por la calle de Fuencarral y paso junto a una cafetería. En la primera ventana dos chicas conversan en una mesa; la que mira hacia fuera, a la única que le veo la cara, se ríe a carcajadas. Dos metros más adelante, en la ventana siguiente, otra pareja de amigas charla, y la que puedo ver, la que tengo enfrente, está llorando. Así es este mundo: tres o cuatro pasos separan la alegría del dolor, la paz del sufrimiento.


Por las calles del centro de Madrid uno asiste a un continuo desfile de modelos: por Salamanca, gente de gesto pausado y ropa que sienta bien, con cabellos de bucles perfectos; por Chueca y Malasaña, jóvenes de cejas perfiladas, culos y tetas que desafían la ley de la gravedad, abdominales esculpidos y bíceps anabolizados. En mi habitación escucho un concierto de Brandenburgo, no sé cuál, de Bach, pero si toco la pantalla y cambio de emisora oiré cuántas personas han muerto hoy en Gaza. Si apago el ordenador y enciendo la tele, en lugar de mi serie veré las imágenes de los inmigrantes llegando a Ceuta, tan desesperados que ya no recuerdan ni por qué —y me llama la atención que comprendamos a Primo Levi cuando nos cuenta que en el campo de concentración dejaron de comportarse como hombres, porque dejaron de serlo, y en cambio no entendamos qué es lo que llega a una frontera—. Y aquí bastaría con coger una línea distinta de metro para ver una ciudad diferente, con gente con otra ropa, con otros cuerpos, con otro pelo; personas que sonríen menos. Supongo que vivir es, en parte, situarnos con respecto a una infinidad de asuntos. En el proceso de madurar vamos decidiendo cuánto mundo, qué fracción de la realidad, estamos dispuestos a contemplar.


Michel de Montaigne, quizá el inventor de la burguesía como actitud, preconizó la búsqueda de la satisfacción aquí y ahora, en el momento. Una satisfacción hecha a base de pequeños placeres, en la que cabía un poco de todo pero donde no debía haber un exceso de nada. Entre otras cosas, porque nada era demasiado importante. Y ese pensamiento, esa filosofía doméstica ha marcado, según algunos, el modo en que en la actualidad buscamos la felicidad. Sin embargo, otro francés, Blaise Pascal, años más tarde, y al mismo tiempo que se convertía en un genio de las matemáticas y la física —y en una vida de solo treinta y ocho años: compárense—, llegaba a la conclusión de que lo único que Montaigne había logrado había sido distraerse. Distraerse de las cuestiones esenciales y, en última instancia, de sí mismo. Y que algo parecido conseguirían quienes lo imitasen, quienes siguiesen su consejo: distracción, pero nada más.


Pero el infierno no está solo en esos otros mundos, al otro lado del mar, en un punto lejano del mapa. Ni siquiera en el barrio al que nunca vamos, y en el que nos cruzaríamos con gente que preferimos no tener tan cerca. El infierno está a veces dentro de nosotros. Y por eso no solo nos cuesta mirar por la ventana, hacia fuera: también hay puertas interiores que no nos atrevemos a abrir, porque conducen a cuartos donde no queremos estar.

Y es comprensible. Es comprensible y lógico que busquemos refugio, o consuelo, o distracción.


Un amigo mío hablaba del aturdimiento. Del aturdimiento como escudo. Del aturdimiento provocado por las innumerables cosas que hacemos, por nuestros planes y proyectos, y por el ritmo frenético que nos imponemos, y cuyo fin último es no pensar. O no pensar, al menos, en todo aquello que no somos capaces de afrontar. Sea lejano o nuestro.


Y es comprensible. Es comprensible y lógico que busquemos refugio, o consuelo, o distracción. Como Montaigne. Que de vez en cuando pidamos un alto, como de niños cuando ya no podíamos más. Porque a veces podemos bastante poco.


Imagino que el punto donde nos situemos, en el que encontremos el equilibrio entre lo que nos preocupa y lo que nos anima, entre lo que nos cuesta y lo que nos impulsa, entre lo que nos quita la energía y lo que nos la da, entre lo que podemos asumir y lo que optamos por no mirar, nos define. Que ese punto marca la diferencia entre nosotros, entre —como dice Silvio Rodríguez—los buenos, los mejores y los imprescindibles. Entre Pascal y los que nos contentaríamos con parecernos al distraído de Montaigne.

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