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Huye

Una chica joven, seguramente aún estudiante, llora en inglés por teléfono. Le dice que se ha portado mal con ella

SE QUEJA con mucha pena. Suena tristísima. Está desconsolada. Luego habla en castellano con su madre. Sigue llorando, pero se enfada, le dice que aun encima no le eche la bronca y le pregunta que qué quiere que haga. Se lo dice con mucha angustia e impotencia: que qué quiere que haga. Horas más tarde la vuelvo a oír y todavía está igual.

No sé si siempre he sentido lo mismo, pero desde hace años, cada vez que veo algo así, cada vez que veo a alguien llorar, o desesperarse, o apretar los puños de rabia y de hartazgo por alguien, pienso lo mismo: vete. Me dan ganas de ir a su asiento, o pararme en la calle, o acercarme a su mesa y decirle: dile que se acabó, di adiós y vete.

Y hablo de desamor, claro, de amores no correspondidos: también a mí me dejaron una vez, y me hundieron como pocas veces en mi vida, y viví eso tan terrible, habitual y, en mi caso, incomprensible, que es la pérdida absoluta de la autoestima. Pero, tras un largo calvario, aprendí que ninguna relación vale más que tú. Que una relación solo se convierte en esa cosa maravillosa e incomparable que puede llegar a ser, cuando quienes la forman la colocan, juntos, ahí arriba; y que, en cuanto alguno de los dos deja de empujar, ya no vale la pena.

Pero no me refiero solo a eso, al no querer y a los dramas que lleva aparejados. Hablo también de parejas en las que, aunque hay amor, no hay alegría ni luz. De relaciones que transcurren en un sufrimiento aburrido. Relaciones oscuras y tristes, que no animan, ni consuelan ni alivian. Relaciones en las que se quiere de un modo que no ayuda a vivir. Donde todo se desarrolla en un escenario de devoción sacrificada, padeciendo. Y no se puede querer padeciendo.

Hay que huir de ellas. Hay que huir de las personas que aman con agonía y quieren amantes agónicos. De quienes, porque se sienten víctimas o, como mínimo, acreedores de algo, consideran que deben ser salvados, o al menos resarcidos de su sufrimiento. Es como si quisiesen con resquemor, dejando claro que no es tan fácil, que bastante hacen. Quieren un cobijo con ambiente de velatorio, sin risas ni bromas, doliente. El amor no puede consistir en tomarse las manos y mirarse fijamente con angustia. Son amores preconciliares. Son como un dios que valorara solo los sacrificios, y demandan una devoción de mártir a su lado. Y hay que huir de ellos.

Unos y otros eran amores que amargaban a los amantes. Amores con una cadena con una bola.

Y fíjense con qué cuidado he usado frases donde no se especifica el género. Porque, por cada llanto femenino que he visto, me he encontrado un estar hasta los huevos muy masculino, y en ambos casos estaba igual de claro que aquello no iba bien. Unos y otros eran amores que amargaban a los amantes. Amores con una cadena con una bola.

Esas relaciones no te aligeran ni te empujan. Te encierran y ensombrecen tus días. No te dan alas ni te elevan, como no sea a una columna de estilita a seguir penando. Son amores parásitos, rémoras, vampiros. Cuando el amor debería ser, antes que casi cualquier otra cosa, generoso.

Naturalmente, se puede sufrir juntos. De hecho, hay que poder sufrir juntos, enfrentarse a las desgracias y a los obstáculos. La pareja debe servir también para eso. Quererse en la luna de miel y entre desayunos de hotel y cenas románticas es muy fácil, para eso vale casi cualquiera; pero, si no se resisten otros escenarios más realistas, malo. Pero el dolor y los problemas, comunes como son, han de venir de fuera. Se pueden sumar fuerzas para arrastrar una bola, siempre y cuando la cadena no te la enganche el otro.

Una relación de amor tiene que alegrarte y servir de refugio, iluminado y bien ventilado, ante casi todo.

Por eso, me daban ganas de acercarme a esa chica y decirle que no llorase más, convencerla de que nadie es tan importante, que nadie se merecía que ella lo pasase tan mal. Acercarme y decirle que dejase de sufrir por él, que hay miles de tíos, literalmente, que podrán y querrán hacerla feliz. Y, si no, que tranquila, que tampoco pasa nada.

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