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viernes. 01.07.2022
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Un pliegue en el párpado

Me encuentro con una amiga que en los dos últimos años he visto poco. Se ha quitado la mascarilla y de repente su cara ya no es la que era. Se ha hecho mayor.

TENGO cincuenta y un años, y ella me lleva siete u ocho, así que hace ya mucho que dejó de ser una chica; pero tampoco era una señora, lo que es una señora mayor. Hoy, sí. Es un cambio sobre todo en la mirada, en los ojos, en la caída de los párpados, pero también en las comisuras de los labios y en el gesto. Como el día que yo levanté la vista mientras me lavaba las manos y me vi el pliegue en el párpado de mi padre, de mi abuelo. Eres ya un adulto, pero solo un adulto, hasta que te conviertes en un señor. Tú, poco a poco, lo ves en las fotos o si el espejo te pilla por sorpresa. Los demás, de repente, en un reencuentro.

Ahora, si todo va como debe, si la vida sigue su curso normal, a esa amiga le queda otro cambio más dentro de quince o veinte años: se hará vieja, entrará en la tercera edad, será anciana. La cara, tras un tiempo sin vérsela, volverá a ser otra. Y al levantarse caminará como con miedo. Será otra. Seremos otros.

Lo curioso, lo extraordinario, es que, bajo todo eso –estos párpados, estas arrugas, estos dolores de espalda–, yo sigo viéndome el mismo. En concreto, el mismo que cuando tenía once años. Hace tiempo que creo que aproximadamente esa fue la edad a la que yo ya era yo, el de ahora. Tal vez porque fue cuando empecé a razonar más, o es al menos cuando yo lo recuerdo. Pero creo que en esencia soy el mismo; y cuando pienso en, digamos, mi imagen arquetípica, es la del niño que fui en nuestros últimos años en la casa de la Avenida de la Paz. Todos los cambios desde entonces me parecen circunstanciales, secundarios, superficiales, de las capas visibles, del envoltorio; porque lo de dentro ya estaba allí y poco o nada ha cambiado. 

Y a veces creo que mi vida ha consistido y consiste, en cierto modo, en cuidar de ese niño. No sé si eso es un problema, si sería mejor ir arrancando las páginas que pasamos. Pero a mí me gusta. Y poder volver hacia atrás a releerlas. Cuando me pregunto cómo nos las apañamos para orientarnos, regreso una y otra vez a la imagen de un ancla que no se mueve, en la que sujetarme. A la idea de una o unas referencias vitales que permanecen. Y me recuerdo arrodillado en la alfombra de mi habitación, leyendo, o sentado con mi hermano en el sofá de la sala, viendo la tele, mientras mi madre calceta y mi padre lee, o andando, me veo andando no sé dónde, solo, con un jersey blanco de pico con una raya azul y roja en el cuello, y consciente de mí mismo, de repente consciente de mi pensamiento. Y todo eso ya soy yo. Y nada sustancial ha cambiado.

Acabamos de desayunar y veo, de espaldas, a mi hija Paula cantando con una canción del móvil

La imagen del ancla probablemente sea acertada. Porque te impide ir a la deriva, pero también avanzar. Algo bueno y algo malo al mismo tiempo. Como tantas otras cosas. Supongo que al final lo decisivo es qué tipo de persona eres: de las que al andar no miran atrás y consideran cualquier lazo una atadura, y probablemente lleguen muy lejos –literalmente, lejos–, o de las que damos unos pasos, no muy rectos ni decididos, nos giramos a mirar las huellas que hemos dejado, seguimos un poco más y acabamos por sentarnos a pensar qué estamos haciendo.

Es domingo por la mañana, una semana antes de que usted lea este artículo. Acabamos de desayunar y veo, de espaldas, a mi hija Paula cantando con una canción del móvil. Les doy mucho la lata con los móviles: creo realmente que están poseídos, y ya no hacen nada, nada más que mirarlos. Pero eso se le pasará, y se dedicará a otras cosas, y dentro de mucho tiempo vendrá aquí y puede ser que se acuerde de estos días, de estas mañanas de domingo.

Yo me acordaré. Me acuerdo ya, de hecho, me acuerdo de hoy, me veo recordándolo en unos años. Y así, en el colmo del masoquismo, del pesimismo o de la lucidez puñetera, soy capaz de echar de menos esto que está pasando ahora, esta mañana en la que nos da el sol y a Paula le brilla el pelo.

Un pliegue en el párpado
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