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Vi la puerta del garaje, el rincón donde parió Rula y la esquina donde aparcábamos el 850

VOLVER ES siempre una prueba. Hoy he ido a la que fue mi casa hace treinta y tres años. No había vuelto nunca. Allí vivimos mis padres, mi hermano y yo desde que tenía doce hasta que cumplí los quince, y allí nació mi hermano pequeño.

Al acercarnos, me iban sonando cosas sueltas en medio de lo nuevo. Donde antes todo era campo ahora había árboles, más jóvenes que yo. Llegamos y vi los mismos edificios y las mismas calles donde tanto anduvimos en bici. Vi la capilla donde bautizamos a Carlos, la piscina a la que íbamos aquellos veranos eternos y la pista de tenis donde mi padre y yo jugamos, seguramente, cientos de veces, para volver luego andando a casa, bajo la helada de noche en invierno, a menudo yo enfadado porque todo me había salido mal. Hoy me acerqué a aquella pista y nos vi a los dos como si hubiera sido ayer, y sentí con toda claridad cuánta vida nuestra había quedado allí.

Y fui a nuestra casa. Entré en el jardín, que estaba igual, con el primer olivo que toqué en mi vida. Vi la puerta del garaje, el rincón donde parió la Rula y la esquina donde aparcábamos el 850. Se me saltaban las lágrimas. Y entré y recorrí el salón, la cocina, nuestra habitación y la de mis padres. Y aún quedaba algún mueble nuestro. Aún quedaba vida nuestra.

Y siempre esta reacción confusa, entre el cariño y el dolor, entre la alegría de recordar y la pena del tiempo pasado. Como mi madre, como mi padre. Y a la vez, aumentando ese desconcierto, en un sinsentido que al fin y al cabo no es sino el reflejo de lo difícil que puede ser conciliar sentimentalmente la vida, todo el tiempo veía a mis hijos allí, ocupando nuestro lugar. Me encantó ir y me entristeció.

Volver tiene dos consecuencias. Por una parte, te pone ante lo que una vez fuiste; por otra, te coloca, de un modo mucho menos consciente pero directo y descarnado, frente a lo que eres ahora. En esta segunda prueba hoy no salí mal parado: no hay demasiados lamentos ni frustraciones en el hombre que se comparaba con aquel niño… aunque algunos haya. Aquel chaval, creo, no se sentiría demasiado decepcionado conmigo. Fue lo otro, fue la otra mano la que me dio el golpe que me hizo tambalear. Lo que ya se ha ido: ser un niño, vivir juntos y aquella felicidad de la que no nos dábamos cuenta. Y algo más. Algo que me asaltó con una fuerza que no esperaba y resultó ser lo que más me faltaba, la presencia que echaba de menos al mirar a cualquier sitio: mi hermano Pablo. Mi hermano jugando fuera, de rodillas en el jardín, con la perra, mi hermano sonriendo desde la otra bici, mi hermano Pablo hablando conmigo en la cama de al lado.

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