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Betanzos

Santa María del Azogue. EP
Santa María del Azogue. EP
El tímpano de Santa María del Azogue es de un apacible encanto. La Virgen con el Niño, en lo que parece una mezcla de Anunciación y Adoración de los Reyes.
 

Con permiso de A Coruña, que también aspira o aspiraba a ello, la romana Brigantium es la actual Betanzos. Briga (y sus variantes) es una palabra de origen prerromano o, si se prefiere, celta, que significa "sitio alto" y que dio lugar a bastantes topónimos, por ejemplo las portuguesas Braga y Bragança. Impartida su un tanto pedante, lo reconoce, lección de lingüística histórica, el viajero sube hasta la iglesia de Santa María del Azogue de manera pintoresca, en un coche marcha atrás por acusada pendiente, no viene al caso explicar por qué. Esta iglesia, como la de Santiago y la de San Francisco, que también visita, no están nada mal y se deben en buena medida al poderío de los Andrade, en cuyo territorio ya nos movemos y cuyo castillo y torreón visitaremos la próxima parada, es decir, el próximo párrafo.

El castillo de los Andrade domina tierra, mar y aire, magníficas vistas. Luego el viajero baja hasta la villa de Pontedeume. En su mismo centro se levanta un bien conservado torreón, también de los Andrade, cómo no. Y donde están los Andrade están sus símbolos, sus animales totémicos, el jabalí y, en menor medida, el oso, nada de corderos o similares: brava gente, esta estirpe. Da una vuelta por las calles, cruza el puente y se acerca a la playa de Cabanas, que se completa con un buen pinar.

Remontando el Eume, siempre pegado a él, camina, por frondosa fraga, hasta el monasterio de Caaveiro, un lugar digno de toda alabanza. Mientras anda, va escuchando el ruido del agua y el canto de los pájaros, por lo que tiene la tentación de ponerse un poco cursi, pero se refrena. Casi de sopetón y en un alto, surge del bosque el monasterio, como un templo hindú de la jungla, exagerando un poquito. Ahora está restaurado, pero lo recuerda en pleno abandono, en ruinas, con la vegetación avanzando sobre los muros: debe confesar que le gustaba aún más antes que ahora.

La ría de Ferrol estaba vigilada en su estrecha entrada por las fortalezas de La Palma y de San Felipe, una en cada orilla, a ver quién era el guapo que superaba ese fuego cruzado. Llega a San Felipe antes de que abra y espera sentado junto a un gato negro que no le hace ni caso y no quita ojo a la puerta; en cuanto se abre, el gato entra como una centella, sin despedirse ni nada. La fortaleza tiene poco interés para el no especialista, pero la panorámica de la ría, con La Palma enfrente, vale la visita.

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