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"Cuando llegan aquí empiezan a sentir que pueden volver a respirar"

María Jesús Gutiérrez y Ana Núñez. VICTORIA RODRÍGUEZ
María Jesús Gutiérrez y Ana Núñez. VICTORIA RODRÍGUEZ

Cruz Roja posee en diversas ciudades gallegas un programa de refugiados al que llegan solicitantes de asilo procedentes de países de todo el mundo

Si hubiésemos sido torturadas, violadas o vendidas, si en nuestra carrera por huir de nuestro país hubiésemos llegado a España y si Interior derivara nuestro caso a Lugo, las caras de María Jesús Gutiérrez y Ana Núñez serían de las primeras que nos encontraríamos. La psicóloga y la educadora social del programa de refugiados de Cruz Roja forman parte de un equipo multidisciplinar que comenzó a recibir en 2016 a personas que solicitan al Gobierno Protección Internacional.

"Lugo les encanta porque es un lugar donde hay paz, es pequeño y tranquilo, no sienten ningún peligro. Llegan de estar en una situación de alerta constante, con gritos, ruidos, disparos... Aquí empiezan a sentir que pueden respirar y eso es lo que más valoran", explica María Jesús, una veterana en el ámbito de la psicología clínica. Al otro lado de su escritorio en Cruz Roja se sientan personas "divididas". Toda su vida ha quedado atrás y empiezan desde cero, muchas veces, solas.

"Es un mundo desconocido para ellos, a lo mejor es la primera vez que salen fuera de su pueblo", describe esta profesional, encargada de evaluar si es necesaria una intervención terapéutica.

Su trabajo forma parte del programa de Protección Internacional por el que han llegado a Lugo personas procedentes del Congo, Ucrania, Rusia, Mongolia o Venezuela. Ana Núñez es una de las encargadas de recibir a los solicitantes de asilo y explicarles el funcionamiento del sistema.

Los pensamientos sobre sus situaciones traumáticas son lo que más les perturba, les impide centrarse y avanzar

El programa, que dura 18 meses, es nuevo y "se está creando día a día", explica la educadora social. La sociedad lucense "es receptiva a la situación de los solicitantes de asilo, reciben apoyo, en general se vuelcan con ellos", señala para agradecer de manera especial la respuesta de Educación con los menores: "Contamos con mucha ayuda por parte de los profesores y orientadores".

DEPRISA. Los niños funcionan como motores de cambio dentro de las casas y hacen que toda la familia aprenda más rápido. Existe esa necesidad de ir deprisa. El año y medio que dura el programa de Cruz Roja puede parecer mucho. No lo es.

Por un lado, arrastran los sucesos violentos que les llevaron a abandonar sus países; por otro, el comienzo de una vida nueva en un lugar que no situaban ni en el mapa. Por ello, Ana Núñez incide: "En el campo de la integración necesitamos ampliar el número de voluntarios, necesitamos una mayor implicación de la sociedad". Es ahí donde más se les puede ayudar, porque su adaptación emocional la viven en soledad.

En la integración, necesitamos ampliar el número de voluntarios, necesitamos una mayor implicación de la sociedad

"Los pensamientos sobre la situación traumática que vivieron son lo que más les perturba, les impide dormir, centrarse en las clases, en el aprendizaje. Esa perturbación es algo que tardan mucho tiempo en resolver", relata la psicóloga.

La mayoría padecen alteraciones del sueño, trastornos de la alimentación, miedos, inseguridad, soledad... Su objetivo es conseguir que le confíen su historia y expresen sus emociones: enfado, dolor, rabia... Pero para aquellos que no son hispanohablantes, el idioma es un obstáculo más para normalizar su vida.

"En la medida en la que consiguen frenar los pensamientos recurrentes sobre lo que les ocurrió, consiguen relacionarse mejor y aprender a conectar más fácilmente consigo mismos y con los demás", relata María Jesús.

Ese proceso interior lleva su tiempo y tiene que compatibilizarse con los plazos del programa. Realizar ese acompañamiento profesional y comprobar su progreso supone una satisfacción para la psicóloga de Cruz Roja: "Estamos agradecidas de poder conocer a personas de otros lugares, su experiencia, acercarnos a una realidad que estamos muy lejos de imaginar, lo que pueden llegar a vivir algunas personas, sobre todo de países como África donde la vulnerabilidad de la mujer y de los niños es total".

Encontrarse un día cualquiera por una calle de Lugo con algún usuario de este programa de protección, que les cuente cómo es su vida ahora, ver a sus niños contentos, que digan que tienen amigos aquí... Es algo que hace a Ana sentirse orgullosa. Esas veces, piensa: "Lo hemos conseguido".

"Cuando llegan aquí empiezan a sentir que pueden volver a respirar"
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