Plegaria de los añicos
EL CRUJIDO de ramas al pisarlas, el roce de las hojas de papel, el arañazo de una escoba al barrer, los rebotes de una tuerca contra el suelo. Estas frases remiten a sonidos concretos, nada sospechosos de formar parte de una canción. Sin embargo, si se grabasen y se produjeran con toda su potencialidad, nadie podría negar que funcionan como una guitarra o un piano. La cantante María Arnal hace las paces con estos ruidos anodinos en su disco debut en solitario ‘Ama', esta vez sin Marcel Bagés, con quien ya produjo el espléndido álbum ‘Clamor’.
Arnal no se baja del actual coche del misticismo pop y entrega una obra de hondura, pagano en sus deidades y de coral polifónica por su sonido. En este trabajo, lo espiritual se entrelaza con la cotidianeidad de un corazón roto y la búsqueda de respuestas metafísicas, casi como un método de vida más que como pesquisa real. Dios se repliega sobre cada rincón de su creación y es el pájaro trinando, las flores que le salen al paso o el cuerpo de un ser amado reposando en el cielo. Así, el diálogo puede mantenerse con el Universo al completo, aunque sus respuestas floten en silencio.
El mundo propio generado en ‘Ama’ se relaciona directo a través de sus letras con Irene Solà y sus novelas, o con Walt Whitman. También ese aura natural que todo lo roza parece salido de una película de Alice Rohrwacher, como ‘Lazzaro Felice’. Musicalmente se emparenta con Tarta Relena, Verde Prato y, de modo inevitable, con Rosalía. Es una biología al unísono articulándose en la garganta de María Arnal, mujer y ave cantora tanto como instrumento de viento.
El giro proviene de la artificialidad, sin embargo, que da origen al contenido. Este planeta sonoro que propone la artista está habitado por una forma de vida manufacturada.
Arnal debuta con un proyecto transversal a varios ámbitos, quizá los que ya adelantó en su podcast ‘Cada capa de la atmósfera’. El proceso de investigación y creación se desarrolló durante tres años junto al Barcelona Supercomputing Center y el Intelligent Instruments Lab de Reikiavik. Estas instituciones de lo digital y lo artificial sumaron fuerzas con la cantante para extraer tecnología puntera, una IA que acompaña a la voz para envolverla de otras y dar salida a las emociones puras, no algorítmicas.
Ese alma metálica que aparece de golpe en cortes como ‘Ama', que da título al álbum, advierte de la trampa. La nueva música ceremonial que propone María Arnal es también una película de Cronenberg, dolor y pasión atravesados por el filo del futuro. El llanto de las máquinas el día que aprenden a llorar. En cierto modo, el beso en ‘Blade Runner’ de Rick Deckard con una androide replicante podría ser el cimiento sobre el que se levanta la historia de pérdida y romanticismo del disco.
La existencia de esta vida propuesta por Arnal se presenta inocente, ajena al daño que puede promover el amor y se ensancha por los caminos. Así, en ‘Carta’ se aprecia una canción de ruta y pastoreo, tanto como en ‘Si te asomas’ una plegaria por los añicos tras la muerte. A pesar de los cortes que evidencian la intención pop y rítmica tras el trabajo, sobresale ‘Que me quiten 87’, una pieza penitente y mártir que desafía la voluntad de Dios y la sociedad en primera persona. María Arnal, biónica Juana de Arco ardiendo en la hoguera holográfica.
La corta duración del disco no es sinónimo de ligereza. Las percusiones rebotan de pista en pista alumbrando en golpes de luz las tenues bases, las capas y capas que se tienden como la arena del desierto que da forma a las dunas. La sencillez resulta de un meticuloso trabajo de construcción. La arquitectura sonora que Arnal levanta con ayuda de productores como Alizzz puede considerarse la primera casa de ese planeta propio, entre el símbolo lo proyectado.
En el último capítulo de ‘Cada capa de la atmósfera’, la cantante proponía la fundación de nuevos mitos para erigir una sociedad nueva y lejos de las crisis tanto de fe como de espíritu. Si en otro momento de su carrera había llamado a la sibila, figura del Apocalipsis; ahora se sirve de un nuevo Dios expansivo y tan creado como creador.
Quizás es cierto aquello que proclamaba el filósofo Philipp Mainländer. Dios no murió, como sugería Nietzsche. Se había suicidado al comprender que no existir es más amplio que existir. Entonces este universo en constante crecimiento y explosión no es más que su cadáver, del cual aflora la vida por su descomposición. En el mundo de Arnal, no habría estos hongos que piensan y sienten, es por eso que la hiedra todavía trepa por el metal..