Primera y única persona

Fernando Pessoa, á dereita /AEP
Fernando Pessoa, á dereita /AEP
En Lisboa se acostumbraron a la extravagancia de un vecino. Aunque su timidez lo aislaba, especialmente fuera de las tabernas, de vez en cuando una sacudida lo alteraba. Colocaba las manos simulando ser un ave y gritaba: “¡Soy un ibis!”.

VARIOS DE LOS TEXTOS más relevantes de la literatura europea del siglo pasado surgieron por acción de la misma mano, no así de los mismos autores. Las biografías y los nombres de esas personas insisten en la diferencia entre ellos. Sin embargo, el trazo de Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos o Bernardo Soares conducen sin remedio hasta Fernando Pessoa (Portugal, 1888-1935), un artista total, casi proveniente del futuro y canal de expresión para decenas de voces distintas. El escritor Richard Zenith viene de publicar ‘Pessoa. Una biografía’, un estudio amplio y fecundo sobre la figura del gran autor portugués.

Hablar de Pessoa supone atravesar varios contextos simultáneos. Por un lado, la ciudad de Lisboa y las colonias lusas, por otro, el cambio de siglo hacia las Vanguardias; al frente, la decadencia de un país desmotivado; en medio, la convulsión política y social que dispara tanto la creatividad como la falta de equilibrio.

El 13 de junio de 1888, una muchacha nativa de Azores daba el nombre de Fernando António a su hijo. Llevaba encima la santidad del patrón, con el cual la familia reclamaba compartir linaje, y el día de la festividad. Su padre le entregó el apellido: Pessoa. Se traduce como persona, pero llevado hasta el origen y la intención, esa palabra también podría significar ‘nadie’. Aquella joven y su marido, funcionario de justicia y crítico musical para el histórico Diário de Notícias, acababan de entregar a su país a un salvador, como siempre se sintió el niño.

De la infancia quedan notas que indicaban tanto su genialidad como un fuerte carácter antisocial, fruto de una timidez hermética. Compartía casa con dos tías y su abuela Dionísia, afectada por un enfermedad mental agravada con el tiempo y germen del gran miedo del poeta: perder la cordura. La demencia y el ambiente cerrado que flotaba en el hogar contribuyeron al enclaustramiento radical del niño.

En la mañana del 24 julio de 1893, el Diário de Notícias notificó a la familia el fallecimiento del padre a consecuencia de la tuberculosis. Fernando superaba los cinco años y su hermano Jorge, recién nacido, no llegaría al año de edad. Estas dos pérdidas abaten al niñ. Después de subastar gran parte de sus pertenencias, la viuda y la familia se mudaron a una casa más modesta.

En esas circunstancias aparece la primera voz dentro de Pessoa que no responde a sí mismo. El inicio del juego identitario del poeta se sitúa tras el momento de la pérdida y la aparición del Chevalier de Pas, un caballero que escribe al muchacho largas misivas.

Las segundas nupcias de su madre solo unos meses después de enterrar al padre pillaron de imprevisto al muchacho. Se casaría con el comandante João Miguel Rosa, cónsul de Portugal en Durban, Sudáfrica. Hasta el final del continente africano se desplazaría Pessoa, por entonces todavía colonia británica y llamada Natal, en compañía de sus hermanastros, quienes acaparaban toda la atención maternal. La soledad se le aferra para no soltársele nunca.
El nuevo matrimonio consuma y da cuatro hermanos a Fernando, del que solo sobrevivirá uno. La muerte lo acosa rozándolo. Mientras tanto, su incorporación al sistema educativo británico supone un desafío. Debe aprender y perfeccionar el idioma para seguir el ritmo. Recibe la formación primaria por parte de monjas irlandesas y su capacidad fuera de lo común permite que complete cinco cursos académicos en solo tres años, superando a los nativos.

Al conocer y dominar el idioma, la literatura inglesa se dispone para él como un nuevo mundo. Absorbe a Dickens, Shakespeare y Allan Poe, sucumbe a John Milton, Lord Byron, Percy Shelley y John Keats y, ante todo, interioriza la poética de Walt Whitman. Durante toda su educación en diferentes instituciones destaca como primero de promoción.

Después de 9 años en territorio africano, Pessoa toma la determinación de regresar solo a Lisboa. 

Varias huelgas estudiantiles y el desencanto hacia la institución fuerzan su abandono universitario. Una especie de delirio de grandeza lo ronda en su juventud, casi desde la niñez. Pessoa se siente llamado a ser un genio de las letras, aspira a ello con entrega absoluta. Creía responder a una emergencia mesianática, el retorno de un hombre capaz de restablecer la autoestima y el honor de su país.

Portugal arrastraba el deterioro de su imperio. Esa autoestima nula afectaba a la sociedad. Pessoa concluyó que ese héroe de la patria debía ser él y el método, una revolución cultural.

De entre todas las firmas destacaría la de una persona superior a quien denominó ‘superCamões’, es decir, una versión superior del autor de ‘Os Lusíadas’. Pero ni ese literato excepcional ni los otros existían a sus ojos, mucho menos para el exterior o sus conciudadanos. Pessoa asumió el desafío en primera persona: sería todos.

La muerte de su abuela en 1907 provoca que herede una importante suma. Según le explican, con las inversiones adecuadas y el gasto controlado podría llegar a vivir solo con ese dinero, en el peor de los casos alcanzaría para 15 años. Desoye cualquier consejo y funda Íbis, una editorial desde la que traducir literatura portuguesa al exterior y viceversa. Sin embargo, quiebra a los pocos meses y toda su fortuna queda ahí. Guardará las miles de hojas marcadas con el símbolo del pájaro como único beneficio y en ellas escribirá gran parte de su obra.

Pessoa se incorpora a una oficina para desempeñar el oficio de corresponsal extranjero, es decir, traductor de misivas. Le consumía poco tiempo y reportaba el suficiente dinero para sobrevivir sin renunciar a ningún vicio, aunque arrastraría deudas hasta su muerte. Dedicaba el resto de su semana, días y noches, a la literatura. Bebía y escribía por los cafés, sus lugares predilectos frente a las tabernas populares, y desde 1909 profesó adoración por el aguardiente Águia Real. Encontró en la intelectualidad lo más similar a la familia y en Mario de Sá Carneiro, su mejor amistad. Ambos introdujeron las vanguardias en el país a través de la revista Orpheu.

La firma de Pessoa aparece por primera vez en 1912 al final de un artículo sobre poesía portuguesa contemporánea. El medio forma parte del movimiento Renascença Portuguesa, con ideas de regeneración nacional, e introduce corrientes como el simbolismo o el paulismo en el país. Múltiples revistas a partir de entonces recogen sus ensayos, críticas, artículos y pensamientos.

Aunque pasaba por un tímido extremo, Pessoa se expresaba con energía y sin pudor sobre el papel. Aprobaba el escándalo y la lengua combativa; siempre a favor de la libertad de expresión y de los derechos de los homosexuales. Se consideraba liberal y republicano, aunque confiaba en la monarquía como única respuesta posible a gobernar su país.

Su individualismo exacerbado lo ubicaba en las antípodas del comunismo y el socialismo, que consideraba una lacra. Su crianza en colonias deja en él un poso de racismo que por momentos desaparece o camufla, al igual que su misoginia. Visualizaba para su país un Quinto Imperio, una nueva era global, y rechazó el catolicismo como vía impulsando un misticismo nacional, que rozaba lo reaccionario. Por oposición al caos de la República, Pessoa apoyó la dictadura de Salazar, hasta que la censura entró en juego.

La intensa vida interior del escritor se manifestaba en la fragmentación de su identidad en otras personas, además de en su gusto por el ocultismo. A lo largo de los años, Pessoa estudió a fondo el hermetismo, el misticismo, el gnosticismo, la alquimia, la magia, la astrología, la cábala, la teosofía o la masonería, en la cual se inició. Estos procesos terminaron por convertirlo, según su confesión por escrito a una de sus tías, en médium. También confiaba en el horóscopo y llegó a realizar más de 1.000 cartas astrales a personas, eventos y momentos históricos, con las que tomaba todo tipo de decisiones.
El año clave para Pessoa y su misión fue 1914. El 8 de marzo alcanzó el éxtasis e imbuido en un delirio creativo, subido a una cómoda, escribió 36 poemas seguidos en voz de un autor bucólico casi taoísta y ajeno a cualquier dios. Se llamaba Alberto Caeiro y encontró en él un maestro, el autor de ‘El guardador de rebaños’. A continuación, bajo su firma, redactó ‘Lluvia oblicua’, un poema en seis partes.

Caeiro pasó a existir con entidad dentro de Pessoa y a influenciar a otras dos de sus voces, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, fervientes admiradores del primero. Los cuatro habitaban el pulso de un solo hombre, aunque desde lugar opuestos. Vanguardia y neoclasicismo colisionaban para fortalecerse. Estos desdoblamientos se denominan heterónimos y Fernando Pessoa es su ortónimo.

Actualmente se estudia la existencia de más de 100 heterónimos. La diferencia con un simple pseudónimo es la dimensión filosófica de estos autores. Existían con biografía y voz propia, en su particular circunstancia social y se relacionaban entre ellos dentro de él y sobre el papel. Es la desconexión absoluta del autor y la experiencia, que ya no debe ser vivida, solo diferenciada o contrapuesta.

“El origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante hacia la despersonalización y la simulación. Estos fenómenos —felizmente para mí y para los demás— se mentalizaron en mí; quiero decir, no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de contacto con otros; hacen explosión hacia dentro y los vivo yo a solas conmigo”, explicó el propio Pessoa en una carta en 1935. Logró, incluyendo a Bernardo Soares, concentrar y cumplir su objetivo, aunque solo se le reconociese tras su muerte. Pessoa fue el primer portugués en figurar en la prestigiosa colección ‘Biblioteca de la Pléiade’.
Gracias a su trabajo de oficina conoce a Ofélia Queiroz, única pareja acreditada. La muchacha, doce años menor que él, se cartea durante años y logra una relación platónica que consiste en miradas, paseos y escasos gestos. Pessoa rechazó el matrimonio con la joven en múltiples ocasiones y sus heterónimos la despreciaban. La fantasía terminó cuando la relación se interpuso con el arte. Según sus biógrafos, el autor murió virgen y con casi total seguridad era homosexual.

La única relación longeva la mantuvo con el alcohol. A partir de 1920 se acreditan fallos en su cuerpo e ingresos en hospitales. Empieza a sufrir colapsos digestivos, episodios ansiosos, insomnio y depresión. Pierde peso y la fatiga se apodera de su cuerpo. En 1933 publica ‘Messagem’, único poemario portugués firmado en vida, y después, en 1935, falleció ingresado en el hospital a los 47 años, aunque los informes recogen el aspecto de alguien de 80.
Fernando Pessoa legó un baúl y varias estanterías llenas de folios escritos por todos sus heterónimos. Se estiman en más de 27.000 documentos, que todavía están bajo estudio, muchos editados en ‘Libro del desasosiego’. Ya revalorizado, el gobierno de su país compró a la familia toda su herencia. Él, nacido bajo la influencia de Géminis, se había fragmentado para representar el futuro del humano cosmopolita, tan insignificante y solo, y en el lecho de muerte otro yo tomó su mano. Sus últimas palabras las escribió en inglés, “No sé qué me depara el mañana”, y al día siguiente murió.

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