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Las diputaciones, ¡qué maravilla!

Las primarias socialistas de Lugo y Pontevedra demuestran, como ya había sucedido en el PP de Ourense, que los gobiernos provinciales desequilibran las elecciones internas de los partidos

LA DIPUTACIÓN de Pontevedra es "una maravilla", afirmó el concejal vigués David Regades al día siguiente de imponerse con claridad como candidato de Caballero I al aspirante patrocionado por Caballero II (el rebelde) en las primarias del domingo pasado del socialismo pontevedrés. Este escudero del alcalde de Vigo se refería al según él prodigioso cambio que se registró en el gobierno provincial desde que en 2015 llegó a la presidencia la socialista Carmela Silva, la primera mujer y progresista que dirige la institución desde "los romanos", como acostumbra a decir Abel. Regades aseguraba que todo cambió radicalmente y que ya no hay caciquismo. En realidad, su declaración, como todas las que se hacen en relación con el clientelismo en la administración en general y en las diputaciones muy en particular, hay que traducirla como que se acabó el caciquismo que no sea a su favor.

La palabra "maravilla" es en cualquier caso la adecuada para referirse a la diputación tras un proceso electoral de un partido que ganó, como no podía ser de otra manera, el candidato apoyado por el aparato de esta institución. Los simultáneos triunfos en las votaciones socialistas del pasado domingo del candidato de Caballero I en Pontevedra y el patrocionado por el gobierno provincial en Lugo, Álvaro Santos, confirman que las diputaciones sirven, sobre todo, para esto, para desequilibrar la competición interna dentro de los partidos, especialmente si esta se libra en su territorio, el provincial.

El 1 de marzo de 2009 cayeron muchos mitos en la política gallega, como el de que la alta participación favorecía al centro-izquierda, pues el PP de Feijóo triunfó con la mayor afluencia a las urnas de la historia autonómica, descontando el voto exterior. También cayó el de que las diputaciones eran decisivas, sobre todo en las provincias orientales, ya que el PP tuvo la mayoría de escaños en Lugo pese a llevar dos años desalojado del palacio de San Marcos.

Y es que aunque el caciqueo con el punto de luz, el saco de cemento o los mágicos empleos y subvenciones para nuevas tecnologías puedan influir en unas elecciones, resulta muy difícil que las decidan, ya que afortunadamente las diputaciones no tienen tanto presupuesto para maniobrar. 

Sí cuentan con capacidad para desequilibrar las elecciones internas de los partidos, que tienen censos pequeños y constituyen además el campo en el que se reparten las prebendas de empleos y dinero que se manejan con discrecionalidad. No fue casual que Feijóo no lanzase su candidatura para sustituir a Fraga hasta que tuvo asegurado el respaldo de Rafael Louzán y con él, el del gobierno provincial de Pontevedra. Y en las primarias del año pasado del PSdeG para elegir al candidato a la presidencia de la Xunta Leiceaga ganó en Lugo y A Coruña, los territorios donde le apoyaban las diputaciones, y Méndez Romeu venció donde le ocurría lo mismo, en Pontevedra. En Ourense, donde el PSdeG no tiene el gobierno provincial, se quedaron igualados. En octubre, en cambio, en el duelo para liderar el PSdeG entre Caballero II (r) y Díaz Villoslada el peso de las diputaciones se dejó sentir menos, lo que demuestra que en el ámbito gallego su poder no es absoluto, sino relativo.
Caballero JR
Sí que lo es en el caso de las organizaciones provinciales de los partidos, como se vio en su día en el congreso de la sucesión del PP de Ourense, que Baltar I ganó desde su despacho de la diputación para Baltar II, y como se comprobó de nuevo el domingo pasado en el PSdeG. Quizá no resulte del todo imposible derrotar en unas primarias provinciales al candidato de la diputación, pero sí es muy difícil y más con los flojos aspirantes que postuló Caballero II (r).

Ecos gallegos de las elecciones del lejano este

LOS vínculos genéticos de la Marea Atlántica con el partido de Ada Colau, del que nació casi como una réplica gallega, pesaron menos para los de Xulio Ferreiro que el pulso que mantienen dentro de En Marea con Luís Villares. Este defendió el domingo pasado en el consello de la formación apoyar a Catalunya En Comú el 21-D, como la devolución del respaldo prestado por Ada Colau en la campaña gallega de hace un año. Villares tenía en contra al sector nacionalista que le apoya, partidario de la neutralidad, pero podría haber ganado la votación con el concurso de los representantes de la Marea Atlántica que se abstuvieron de participar para no romper la cohesión del sector crítico y dentro de su línea de no reconocer la legitimidad de la actual dirección. El episodio muestra la complejidad de la batalla interna de una En Marea la que la cuestión catalana divide todavía más.

De momento quien hizo campaña en Ca taluña ha sido Feijóo, alineándose con el sector más duro del PP y encomendándose a una Cataluña real que según él no es independentista. Esa cuestión, la del apoyo con el que cuenta hoy el secesionismo, es una de las cuestiones que se ventilarán en las urnas el próximo día 21, bajo una gran incertidumbre, por la excepcionalidad de las elecciones y las dudas sobre la enorme participación que anuncian los sondeos, que precisamente suelen patinar por estimar mal la afluencia a las urnas.

Vistas desde Galicia, a través del relato de los medios de comunicación que más se consumen aquí, decididamente escorado en favor de Ciudadanos, PSOE y PP, las elecciones del 21 de diciembre son las del lejano este, un territorio del oriente de la península ibérica al que se percibe con aún mayor distancia ante la desazón, incredulidad o indignación que causa el hecho objetivo de que, por más que se quiera ocultar, una parte significativa de la población no quiere continuar en España.

Es un lejano este en el que ha aparecido un sheriff decidido a imponer la ley, que es el Gobierno central en el uso del 155. En este punto quizá sea en el que se percibe más debate en los medios, no sobre la controvertida aplicación del citado artículo de la Constitución, muy criticada incluso por académicos contrarios al independentismo, sino sobre si fue demasiado blanda, al convocarse las elecciones inmediatamente y no intervenir TV3.

Son las elecciones del lejano este porque se cuentan cual película de buenos y malos, como un western sin matices, en el que Arrimadas es la heroína, Albiol el necesario tío duro e Iceta, el bueno dialogante, que no acaba de ser del todo fiable. Los comunes aparecen como una secta pacifista, como unos gandhianos perdidos en el desierto americano.

El hombre bueno y justo según el relato dominante en España y Galicia es el juez Llarena, sin tampoco discutir si, como se sostiene en un manifiesto de un centenar de profesores de Derecho Penal, es incompetente en un caso que debería instruirse en el Tribunal Superior de Cataluña y no en el Supremo. En el bando de los malos destaca el pulso entre el huido, Puigdemont, y el presidiario, Junqueras, así como la CUP en el papel de forajida, sin que esta vez se le dé mucho crédito a los hechiceros de las encuestas.

Las diputaciones, ¡qué maravilla!
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