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Rajoy, del Prestige a Cataluña

Fotografía de archivo del petrolero Prestige. AEP
Fotografía de archivo del petrolero Prestige. AEP

HACE QUINCE años la dirección del periódico coruñés para el que trabajaba me encargaba que fuese a cuanto acto protagonizase José María Aznar en Galicia, en plena crisis del Prestige. Cuando volvía a la redacción me solían asaltar a preguntas sobre qué me había parecido el marido de Ana Botella y, sobre todo, acerca de la figura que comenzaba a abrirse paso en la política española, tres lustros después de haber sido una de las que más objeto de chanzas suscitaba en la gallega, el vicepresidente primero del Gobierno Mariano Rajoy. Respondía que, comparado con el primero, imbuido por la ira que le causaba el hecho de que se le estropease en las calles la que había concebido como una legislatura imperial, casando a su hija en El Escorial, jugando a la geopolítica en las Azores y retirándose después casi como Carlos V a Yuste, el segundo parecía un razonable señor de derechas de Pontevedra.

Esa comparación con Aznar, con el Aznar de la segunda legislatura más que con el Aznar que pactó con CiU en el Majestic, Rajoy siempre la ha alimentado todo lo que ha podido, porque le beneficia. Aún lo hace implícitamente en la crisis catalana, cuando en sus mensajes institucionales presume de actuar con moderación o como cuando le comentó a la alcaldesa socialista de Hospitalet, Núria Marín, que resistía a las presiones para actuar con más mano dura en Cataluña. Lo que quiere decir es que si estuviera en La Moncloa el dueño del dedo que le nombró todo sería peor.

También le favorecería la catástrofe que supuso la gestión inicial del Prestige a cargo del temible tándem formado Álvarez Cascos en el Ministerio de Fomento y Arsenio Fernández de Mesa en la Delegación del Gobierno. El primero fue condecorado con Fraga y el segundo, todavía lo es por Mariano, ahora como consejero de Red Eléctrica.

Así, Rajoy también consiguió que con el Prestige prevaleciese la idea de que con él todo iba, como mínimo, menos mal. E incluso tuvo la fortuna de que la muy deficiente lectura que se efectuó de los resultados de las municipales de 2003, sobre todo desde la prensa de Madrid, hiciese creer que los populares habían logrado un éxito. En realidad el PP sufrió en Galicia su primera derrota de la era Fraga ante la suma de PSOE y BNG, el anticipo de la de 2005. Pero los que insensatamente pensaban que un imperio electoral como el del PPdeG se podía derrumbar en un día pusieron el foco en su poco representativa victoria de Muxía.

Cuando hace quince años se hundió el Prestige Fraga mandaba en la Xunta, con Cuiña aún soñando con la sucesión, y en el BNG lo hacía Beiras, con Quintana ya de segundo, y Touriño, en el PSdeG. Al frente del PSOE estaba Zapatero, con Blanco de segundo. El líder de IU era Llamazares, mientras Rajoy, Rato y Mayor competían por suceder a Aznar. En Cataluña Pujol tenía en marcha la sucesión en favor de Mas, que truncó en 2003 el PSC de Maragall, con la ERC de Carod y la ICV de Saura. Todos pertenecen al pasado, menos Rajoy, con quien en la crisis del Prestige ya empezaba a curtirse como escudera Saénz de Santamaría, mientras Iglesias estudiaba Políticas, faltaba cuatro años para que eligiesen a Albert Rivera presidente de C's por orden alfabético y la CUP solo existía en algunos ayuntamientos.

Ahora Mariano se la juega el 21-D, con Soraya. Nada indica que se vaya a producir el milagro de que el unionismo pase de 52 escaños a 68. Así, lo máximo a lo que puede aspirar Rajoy es a superar en escaños a los indepes, lo que parece difícil y no asegura nada. Los otros escenarios son inquietantes para él, con los comunes de bisagra y los indepes por delante del unionismo o con éstos de nuevo con la mayoría absoluta en escaños e incluso también en sufragios.

Caballero II (r) va a por todas en las taifas del PSdeG

LA LARGA mano de Dolores Villarino comienza a verse a distancia en las decisiones del, salvo ella, bisoño nuevo núcleo duro del PSdeG-PSOE. De la factoría de la expresidenta del Parlamento gallego y antigua cercana colaboradora de Emilio Pérez Touriño parece salida la decisión de la dirección gallega para aprovechar el vacío de poder y poner gestoras en las provincias de A Coruña y Ourense a fin de afrontar los congresos de estas dos demarcaciones con la ventaja de controlar los respectivos aparatos, o de que al menos no lo hagan los rivales.

De este modo, Gonzalo Caballero, Caballero II (rebelde), confirma que ha entendido que los congresos provinciales son incluso algo más que una segunda vuelta del gallego y que en ellos se juega en buena medida su de momento precario liderazgo al frente del partido. Esa debilidad procede, por una parte, de su muy reducida capacidad de integración en el cónclave gallego, en el que no solo no incorporó a las huestes del candidato derrotado Villoslada, sino que dejó en una posición residual a los partidarios de su aliado Xoaquín Fernández Leiceaga, quien, al ocuparse solo de lo suyo, demostró de nuevo que, por más que le pueda disgustar, lleva en política el código genético de Xosé Manuel Beiras Torrado.

Pero la precariedad de la posición de Caballero II (r) no procede tanto de las intrigas de la noche congresual y los movimientos para confeccionar la nueva dirección según la clásica fórmula socialista tan nocturna como trasnochada, sino de la propia condición actual del secretario general del Partido Socialista de Galicia desde que en 2009 se crearon las estructuras provinciales. Si desde la sede de la compostelana Rúa do Pino nunca se mandó mucho, pues quien más lo hizo en los últimos lustros al frente del PSdeG, Touriño, ya estaba asentado en Montepío cuando su poder se convirtió en total, ahora menos.

Para paliarlo, los dos antecesores de Caballero II (r) llegaron al liderazgo desde su propio feudo, el de Ourense en el caso de Pachi y el de Lugo en el de Besteiro. Caballero no domina su territorio, mientras tiene ante sí el reto de volver a derrotar a su tío Abel Caballero en el congreso provincial de Pontevedra, lo que le va a resultar a priori bastante más difícil que en el gallego. Por eso necesita algún comodín en otra provincia, principalmente en la otra atlántica, en A Coruña. Al frente de la gestora ha puesto a su número dos, Pablo Aranguena, para socavar la baronía que hasta ahora tenía el presidente de la Diputación y alcalde de As Pontes, Valentín González Formoso, que todo apunta a que va a intentar mantener el control a través de una persona interpuesta, como hizo en los últimos años con el ya retirado alcalde de Culleredo. En Lugo la dirección gallega asume un elevado riesgo a través de la candidatura de la burelesa Patricia Otero, tras la que se ve la mano del secretario de Organización, el diputado lucense José Antonio Quiroga. En Ourense todo es más flexible y el que gane, será de Ourense en primer lugar y mientras le convenga podrá pactar con la dirección gallega.

Mientras no se ven trazas de que pueda resolver su otro reto, el de entrar en el Parlamento gallego, Caballero II (r) sabe que se la juega en las provincias.

El intento de regreso de Pachi y el estado de la política y de la Justicia

En el nuevo intento de regreso a la primera línea provincial de Pachi Vázquez, con su candidatura para dirigir el PSOE de Ourense, se entrecruzan el cachondeo actual del PSdeG, dividido en cuatro cacicatos impermeables a la regeneración; el de la Justicia, en la que el de O Carballiño tiene desde hace dos años y medio pendiente su juicio, y el de su propia manera de entender la política

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