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La cena del adiós

EL 17 DE MAYO DE 1983, el escritor Donald Barthelme organizó en un restaurante de Nueva York una cena con un puñado amigos, todos escritores experimentales como él. Podía parecer un encuentro más, pero con el paso del tiempo se convirtió en un acontecimiento histórico, con aires de adiós generacional. Entre los autores convocados estaban Thomas Pynchon, William Gaddis, Robert Coover, John Hawkes, William Gass, Kurt Vonnegut, John Barth o Walter Abish. Susan Sontag fue la única escritora invitada. Pynchon, al final, no pudo asistir. Se excusó por carta diciendo que para cuando recibió la invitación era demasiado tarde y se encontraba en algún lugar cercano a Arkansas. "¿Es probable que sea la última cena con esos escritores que se celebre? Dime que no es así. Prefiero pensar en esa cena como la primera de una cita anual", escribió Pynchon. Pero aquella fue una cena irrepetible, con el tiempo bautizada como La cena de los postmodernos.

Barthelme preparó la cena durante semanas, a conciencia, elaborando con cuidado la lista de invitados y eligiendo bien el menú y el restaurante, en un loft del SoHo, que resultó especialmente caro. Cada comensal pagó su plato, destaca Tracy Daugherty en la biografía que le dedica a Donald, Un hombre escondido. "Fueron alrededor de 75 dólares por cabeza y el menú era fijo", le dijo a Daugherty uno de los invitados, Walter Abish. Barthelme se ocupó también del orden en que debían sentarse. "A su derecha estaba Coover…. Aunque bueno, Coover eligió su propio lugar. No se le dice a Robert Coover dónde sentarse. Gaddis estaba a su izquierda, junto a su compañera Muriel Murphy. Enfrente se sentaron Vonnegut y su esposa, Jill Dremeztz, así como Hawkes y Barth. La agente literaria de Donald, Lynn Nesbit, también estaba por allí. "Todos dieron un breve discurso sobre su trabajo y glosaron su amistad con el resto de asistentes", evocó Abish.

La cena coincidió con la mudanza de Barthelme a Houston, después de veinte años viviendo en Nueva York, donde ejerció en cierto sentido de cabeza del canon postmodernista. En sus mejores años fue colaborador estrella en The New Yorker, que publicaba sus relatos nada ortodoxos a pesar de ser una publicación, narrativamente, más bien conservadora. En 1967, su novela Blancanieves ocupó prácticamente todo un número de la revista. Fue una cena de despedida, y también una forma de final. Por esa época, la generación de escritores que formaban estaba entregando la hegemonía a la siguiente.

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA

En los sesenta, los postmodernos habían revolucionado la ficción estadounidense. Se volvieron dominantes y se escribían sin parar tesis doctorales sobre su obra, su significado, su alcance. Al llegar los ochenta, cuando se reunieron para cenar, parecían ya estar desfasados. Su experimentalismo, sus técnicas mixtas, quedaron relegados ante la fuerza que mediados los setenta desarrolló de nuevo el minimalismo. Un minimalismo que muchos de los invitados a la cena creían que habían dejado muerto años antes. En algún caso lo habían combatido con dureza dando una vuelta de tuerca al lenguaje. "El arte no es difícil porque quiera ser difícil", había dicho Barthelme, "más bien porque quiere ser arte. Por mucho que el escritor desee ser directo, estas virtudes ya no están disponibles para él. Descubre que siendo simple, honesto, directo, no pasa gran cosa".

Pero aparecieron escritores con una propuesta de realismo alejada de artificios, libre de la densidad y el intelectualismo anterior, y que remitía a experiencias claras y precisamente directas, a menudo en primera persona, que conectaban con las vivencias de la gente común. Empezaba la hegemonía de Raymond Carver, Richard Ford, Mary Robison, Tobias Wolff o Ann Beattie. Esta vez fueron ellos quienes reaccionaron contra los postmodernistas, demostrando que nada dura para siempre. De hecho, al cabo de los años el interés por la experimentación regresó. La gran rueda gira.

La cena del adiós