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Bienvenido a la república independiente de Piñeiro

HABÍA OÍDO hablar de ella, pero me negaba a reconocer su existencia. Su nombre se susurraba con recato en los círculos más privados, a propósito de historias sigilosas que alguna vez se han murmurado en los mentideros de la ciudad. Parecía estar hecha de rumores y de misterio, hasta que la semana pasada, tras contactar con la persona que me serviría de enlace, pude verla con mis propios ojos.

Salimos al día siguiente, cerca del mediodía. En el asiento trasero del coche me sentía como Tom Cruise en Eyes Wide Shut. Durante media hora viajamos por carreteras secundarias que se perdían en caminos que de nuevo conducían a otro laberinto de carreteras secundarias. Al principio traté de memorizar el trayecto, pero me resultó imposible. A día de hoy, no sabría regresar a la República Independiente de Piñeiro. Tal vez esa era la intención.

Nada más llegar, un guía me condujo por los lugares más emblemáticos del lugar. Como su cancha polideportiva multiusos, equipada con un poste y un caldero a modo de canasta. O la casa del cura, en cuya parte posterior hay un jardín que el guía, siguiendo el discurso institucional, comparó con el mismísimo Parque del Pasatiempo de Betanzos. Frente a la cancha se hallaba la «basílica catedralicia», una vieja iglesia donde uno de los vecinos me confesó temer que el presidente estuviese planeando ser coronado emperador. Y a su lado, el fusilatorio, «donde los disidentes de la república de Piñeiro son ejecutados», explicó aquel hombre sin inmutarse.

No se trataba de una invención. Pude comprobar que la república es una realidad. Su presidente, un conocido hostelero llamado José Luis, propietario del célebre restaurante Pingallo, la proclamó orgulloso hace años desde el balcón del palacio oficial —una antigua escuela rural— entre los vítores de sus habitantes.

Fue él mismo quien me enseñó el interior del palacio, así como el despacho presidencial y su magnífica biblioteca. Sobre su mesa, grabado en piedra, se puede leer el lema oficial de la república: «Para beber sempre hai xente, o carallo é dar sulfato». Allí supe que Piñeiro había tenido su propio periódico, editado por él mismo. Me mostró además la letra del himno oficial de la república, que apela a los más puros sentimientos de fidelidad a la patria. También me explicó los pormenores de su sistema nacional de inteligencia, que consiste en una anciana encargada de estar atenta a cuanto sucede en la república. «Desde que ha perdido facultades —añadió—, la seguridad de Piñeiro y la integridad física del presidente están en entredicho».

Al terminar la recepción se celebró una comida y una rifa. Para mi sorpresa, la casi totalidad de los premios se los llevó el propio presidente, quien los recogió sin rubor alguno pese a los tímidos abucheos de algunos súbditos malpensados.

Al cabo de un rato, regresé al coche con la sensación de haber visitado algo más que otro estado: otro universo. Y con la convicción de que si alguien tiene realmente la firme voluntad de proclamar una república independiente, la declara. Sin medias tintas. Todo lo demás —y puede que incluso todo esto también— es puro teatro.

Bienvenido a la república independiente de Piñeiro
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