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Demasiados buenos recuerdos

Suelo pensar que los recuerdos, en realidad, no nos pertenecen

HAY ALGO estático e inmortal en los bares cerrados hace años. Contemplados desde la calle, dan la impresión de haberse detenido en el tiempo. En un día concreto. En un minuto concreto. Como esas fotos de alguna Nochevieja en las que tus amigos levantan sus copas hacia la cámara y detrás de ellos se puede leer: "Feliz 1996". Al observar el interior de un bar cerrado hace tiempo, uno tiene la sensación de que la gente se volatilizó de repente un buen día, dejando todo como estaba. Billy Wilder recordaba la capacidad de Raymond Chandler para la descripción citando una de sus frases: "No hay nada tan vacío como una piscina vacía". Supongo que no hay nada tan cerrado como un bar cerrado hace años.

En septiembre pasé por delante del bar en el que mi pandilla solía reunirse por las tardes, al salir del instituto. Hacía tres o cuatro años que no me acercaba por allí y, por lo que pude comprobar, debía de llevar otros tantos cerrado. Ese había sido mi primer bar. En sus mesas aprendí a jugar a las cartas y en sus mesas olvidé cómo se jugaba. Allí me bebí mi primer Larios con Coca-Cola y, probablemente, también el último. Fue en los sofás del fondo donde me di el lote por primera vez con una chica, que en el acto pasó a ser el amor de mi vida durante por lo menos una semana. Mientras echaba un vistazo a través del cristal, no pude evitar pensar en que todos aquellos recuerdos, de alguna forma, todavía seguían allí dentro, adheridos a la barra y a las sillas y al fondo de algunos vasos.

No es la primera vez que me ocurre. Suelo pensar que los recuerdos, en realidad, no nos pertenecen. No existen en nuestra memoria. Se quedan atrapados para siempre en las cosas que nos vinculan a ellos. Cuando paseo cerca de algún piso en el que viví, por ejemplo, tengo la sensación de que todavía forman parte de él las cenas con los amigos, las tardes en el balcón, aquella novela estupenda que comencé a leer en el sofá una mañana de sábado y no pude soltar hasta el domingo por la noche. Todo eso sigue allí. Porque los recuerdos permanecen almacenados en las cosas. Esa es la razón por la que nos cuesta tanto desprendernos de ellas. Por eso hay objetos que nos resistimos a tirar. Por todo lo que se iría con ellos.
Imagen para el blog de Manuel de Lorenzo (29/12/2017)
Cuando esas cosas desaparecen, cuando ese edificio en el que viviste es derribado, o pintan de nuevo esa pared en la que dejaste tu firma con un rotulador siendo adolescente, o decides llevar al desguace tu viejo coche, ese en el que hiciste tu primer viaje, todos los recuerdos que permanecían encerrados en ellas también desaparecen. Se van desvaneciendo poco a poco, alejándose en el tiempo, hasta que un día, sin que te des cuenta, caen para siempre en el olvido.

Anteayer quise pasar otra vez por delante de aquel bar de mi adolescencia, pero cuando doblé la esquina ya no estaba. En su lugar, había una heladería. Ni rastro de las mesas donde aprendí a jugar a las cartas. Ni rastro de su barra, que ahora es un mostrador con una vitrina expositora. Sin embargo, dirigí la vista hacia el hueco que solían ocupar los sofás del fondo y seguían intactos. Con el mismo tapizado que tenían cuando yo era un chaval.

Me di cuenta entonces de que seguramente no volveré a entrar en ese local. No mientras sigan allí esos sofás. Me temo que todavía me traen demasiados buenos recuerdos.

Demasiados buenos recuerdos
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