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Discutir por discutir

Qué sería de los lunes sin el fútbol. Y qué sería del fútbol sin los lunes

ENTRÉ EN EL bar de siempre y unos clientes discutían sobre fútbol. Por el tono parecía política, pero era fútbol. Dos de ellos afirmaban enérgicamente que el gol de Luis Suárez debería haber subido al marcador. Un jugador del Celta —no debía de tener nombre y apellido, pobriño— evitaba la posición antirreglamentaria del delantero. Otros tres se reían, acaso conmovidos por la rabieta, mientras un cuarto contestaba que el gol estaba bien anulado. Tras media hora de alegaciones y réplicas que en nada hicieron cambiar a nadie de parecer, todos terminaron comentando lo necesaria que es la implantación de un sistema de vídeo que resuelva in situ las dudas sobre las jugadas problemáticas.

Yo no intervine. Permanecí en silencio, removiendo el café, con la mirada perdida en algún lugar al otro lado del pocillo. No podía estar más en desacuerdo con ellos. El fútbol, entre otras cosas, consiste en defender que el árbitro vio lo que no vio, aunque ni siquiera sucediese. En levantarte del sofá y explicarle al televisor en voz alta que esa tarjeta no es tarjeta. Consiste en revolverte en tu cama el domingo por la noche preguntándote por qué está el universo en tu contra. Qué cortos serían los partidos si durasen solamente noventa minutos. Qué sería de los lunes sin el fútbol. Y qué sería del fútbol sin los lunes. Sin los enfrentamientos irreconciliables sobre lo que fue o no fue. Sin una polémica irresoluble y estéril que no sirva para cambiar nada.

Un sistema que zanje la controversia en el campo, que imponga el silencio al volver del estadio, que reduzca el café del lunes en el bar a un triste café, es cualquier cosa menos provechoso. Porque la esencia del fútbol es esa. El fútbol consiste, sobre todo, en discutir sobre fútbol. Si media una buena discusión, una discusión acalorada y sin solución, una de esas en las que no posible determinar quién tiene razón, el partido es lo de menos.

Porque esas son las discusiones interesantes. No se me ocurre nada más tonto que discutir sobre un asunto fácilmente dilucidable. Sobre una cuestión para cuya resolución baste con realizar una consulta en Google. ¿Es más alta la catedral de Estrasburgo o la de Riga? ¿Tiene más calorías la mayonesa o la mantequilla? ¿Está más lejos Pontevedra o la Luna?

Las discusiones que merecen la pena son aquellas que no se pueden finalizar con datos objetivos. Las discusiones inagotables. Como las que enfrentan a generaciones enteras de familias gallegas debido a las lindes de un terreno. O la que mantienen dos buenos amigos míos, ambos matemáticos, y antes que ellos los propios Newton y Leibniz, sobre el verdadero inventor del cálculo diferencial. En el pueblo de mi padre, en Badajoz, hay un señor y una señora que llevan toda su vida viéndose a escondidas porque sus familias, enemistadas por una discusión centenaria, no tolerarían una relación entre ambos. Una vez le pregunté a un primo de ella en qué consistía la disputa. Ya nadie lo recuerda.

En el bar todos coincidían en lo mucho que urge un sistema de videoarbitraje en el fútbol español. Es la única forma de acertar con un gol fantasma, con un fuera de juego dudoso, con una falta complicada. Después de escuchar hablar a todos, decidí pronunciarme: "Yo creo que el videoarbitraje en el fútbol es totalmente innecesario". Todavía hoy seguimos discutiendo sobre el tema.

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