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Fulanito y Menganito

YA VERÁS qué bien, cariño, vamos a pasar la noche en una habitación con jacuzzi". Fue lo único que a mi amigo Fulanito se le ocurrió decir para calmar a su hijo de nueve años de camino al motel. Su idea, desde hacía unas semanas, era pasar con él un par de días en las Rías Baixas. Algunos chapuzones en el Atlántico, un par de banquetes a base de marisco de la ría, media novela sobre la toalla, cuatro o cinco siestas y algún partido de palas. Era un plan fantástico para un par de días libres en verano. Fue una verdadera lástima que, por despiste, se olvidase de reservar alojamiento.

Un tanto nervioso, y teniendo en cuenta que ya estaba anocheciendo, que empezaba a refrescar, que el niño no dejaba de repetir que tenía hambre y que en los hoteles de la zona no quedaban habitaciones, Fulanito tomó una determinación y se dirigió hacia un motel de nombre caribeño que recordaba haber visto en la carretera. Lo que ignoraba es que al detener el coche al lado de la cabina del recepcionista para pedir una habitación, su hijo iba a aparecer como una exhalación desde el asiento de atrás gritando: "¡Me dijiste que íbamos a pasar la noche en un jacuzzi!". Fulanito todavía recuerda la cara de asombro y reprobación del recepcionista. Suele juzgarlo como uno de los momentos más bochornosos de toda su vida.


Menganito llevaba dos semanas contándole cómo le había ido el día al informático de la empresa


No es fácil ignorar esa primera impresión que nace de las apariencias. Éstas suelen servir para elaborar un rápido análisis de lo que tenemos delante, pero también acostumbran a reafirmarnos en nuestros prejuicios, conduciendo en ocasiones a conclusiones perversas. Otras veces, por suerte, sólo nos sirven para quedar en ridículo.
Maruxa
Mi primo Menganito trabaja desde hace algún tiempo en una cadena de montaje. Cuando llegó a la fábrica por primera vez,le explicaron que, cada día, al finalizar su jornada, convenía que informase a su capataz de cómo habían ido las cosas en su puesto; acto seguido, le señalaron a unos cuantos hombres que conversaban alrededor de otro vestido de traje.

Todas las tardes, antes de salir, mi primo entraba en el despacho de aquel hombre, lo saludaba y le detallaba los asuntos más destacables de su jornada, a lo que el otro solía contestar con un escueto: "Muy bien, muy bien". Pasaron dos semanas hasta que un tipo vestido con un mono de trabajo se le acercó, se presentó como su capataz y le explicó que le gustaría recibir algún feedback de vez en cuando sobre cuestiones de la producción que estimase necesario comentar. Menganito llevaba dos semanas contándole cómo le había ido el día al informático de la empresa. Al tipo del traje.

Cuando mi amigo Fulanito dejó el motel con su hijo a la mañana siguiente, advirtió que había bastante tráfico en los garajes de las diferentes habitaciones, así que al salir se detuvo junto al recepcionista y le preguntó a qué se debía tanto movimiento a primera hora de la mañana. "Es la hora a la que los padres y las madres dejan a sus respectivos hijos en el colegio y tienen un rato antes de seguir con sus cosas, irse a trabajar o volver a casa con sus parejas".

Fulanito puso rumbo a la playa pensando en aquello. "Seguramente —se dijo a sí mismo— el recepcionista se esté dejando llevar una vez más por las apariencias".

Seguramente se trataba de eso, sí. Seguramente.

Fulanito y Menganito
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