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Kafka, una muñeca y un soldadito de plomo

EN ALGUNA parte hay un trastero en el que, poco a poco, todos vamos acumulando viejos pedazos de nuestro pasado. Algo de ropa. Una antigua bicicleta. Dos o tres besos, no muchos más. Aquel atardecer en la playa. Algunas decepciones. Un par de gafas de sol. Lo describía con destreza Mario Beramendi no hace mucho en su blog. El pasado es eso que se va almacenando en un desván. Quizá por eso a veces, cuando regresa de improviso, suele levantar tanto polvo.

La semana pasada me perdí un rato en el trastero de mis padres. Estuve abriendo algunas cajas, visitando paisajes remotos, reconciliándome con viejos traumas. Un trauma es algo que uno no puede permitirse olvidar. Al terminar, mientras recorría el camino de vuelta al presente, me pareció ver algo encajado detrás de una estantería. Me arrodillé torpemente, como se arrodilla todo el mundo, alargué el brazo, y entre el mueble y la pared, a unas tres décadas de distancia, en ese estrecho abismo en el que algunas cosas se abandonan para siempre, encontré un antiguo soldadito de plomo que mi abuelo me había regalado cuando yo era apenas un chaval.

A mi memoria acudieron de golpe las imágenes de aquellos días tristes que me pasé buscándolo por toda la casa. Había desaparecido de repente un día cualquiera y nadie parecía saber dónde se hallaba. Pero acudió también otro recuerdo, uno mucho más reciente, sobre un episodio en la vida de Kafka ocurrido durante su estancia en Berlín en 1923, un año antes de su muerte. Sé que Jordi Sierra i Fabra dedicó un libro a esta anécdota en 2006. Paul Auster también la menciona en Brooklyn Follies. La primera vez que yo me crucé con ella fue en el año 2004, en una columna de César Aira en El País.

Compadecido, le explicó que él era cartero de muñecas



La historia la contó en su día Dora Diamant, última pareja del autor checo. Kafka se encontraba paseando por el parque Steglitz cuando se encontró a una pequeña niña que lloraba porque había perdido su muñeca. Compadecido, le explicó que él era cartero de muñecas, y que la suya, que no se había perdido sino que estaba de viaje, le había escrito una carta que él mismo se encargaría de llevarle al parque al día siguiente. Esa noche redactó la carta de la muñeca. «Entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba frente a su escritorio», explicaba Diamant.

Todos los días, durante tres semanas, Kafka le entregó a aquella niña la correspondencia que enviaba su muñeca desde diferentes partes del mundo, en la que detallaba las muchas aventuras que estaba viviendo y añadía lo mucho que la echaba de menos. En la última carta le contaba que se iba a casar, y aunque aquella circunstancia anulaba cualquier posibilidad de regresar a casa, le pedía que no estuviese triste, ya que ella era muy feliz. La niña halló por fin consuelo.

Hoy el soldadito de plomo se encuentra en mi casa, en una repisa al lado de mi escritorio. Cuando de pequeño le pregunté a mi madre si había visto mi juguete, ella, que había olvidado dónde lo había guardado, me contestó con pena que a lo mejor se había perdido. Recuerdo aquello como un doloroso final. Me habría gustado que alguien me hubiese escrito entonces con buenas noticias, contándome el destino último del soldadito, treinta años después, descansando junto a mi mesa. Puede que ese sea el motivo, al fin y al cabo, por el que hoy me haya decidido a hacerlo yo.

Kafka, una muñeca y un soldadito de plomo
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