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La luz de las estrellas muertas (o volver a casa en Navidad)

MI MADRE me llamó y me preguntó si podía acercarme a su casa. Quería que la ayudase a colocar la decoración de Navidad. A simple vista, me pareció un pretexto inocente para que fuese a hacerle una visita, por lo que acepté sin vacilar. Hay excusas tan evidentes que, a fin de cuentas, son verdad.

Hacía tiempo —seguramente demasiado— que no volvía a casa. Que no pasaba una tarde entera en casa de mi madre. Este año he ido a comer con ella algún día, hemos salido a hacer recados, hemos dado algún que otro paseo, pero no recordaba la última vez que había pasado unas cuantas horas en el que, durante tantos y tantos años, fue mi hogar.

Al llegar tomamos un café, discutimos muy seriamente sobre asuntos totalmente irrelevantes y enseguida nos pusimos a decorar el árbol y a colocar algunos adornos en la mesa y la puerta del salón. Al terminar salí a fumar al balcón, llevé las tazas a la cocina y, de regreso al salón, me detuve casi por inercia en la puerta de mi habitación.

Puede que la luz de las estrellas muertas tan solo sea una ilusión

Desde que me mudé, hace ya muchos años, he estado muchas veces en casa de mi madre —mi casa, en definitiva—, pero nunca me había parado a observar mi habitación. Por primera vez me di cuenta de que estaba intacta. Tal y como yo la había dejado. Abrí el armario y allí estaban mis antiguos abrigos y chaquetas, acaso esperando una última oportunidad. En el cajón de la mesilla había varios teléfonos intachables, de esos que, prácticamente, sólo servían para telefonear. Estuve unos minutos mirando mi cama, recordando el protocolo nocturno que consistía en quedarme dormido sobre la colcha con un libro cualquiera e ir metiéndome en sueños entre las sábanas, de un modo casi mecánico e inconsciente. Y contemplé embobado mi viejo ordenador, provisto ya del esplendor de los fósiles, y recordé las muchas horas que pasé frente a su pantalla fingiendo que tenía alguna idea de lo que significa escribir. Exactamente igual que ahora. 

Volví a la puerta, me giré y examiné la habitación en su conjunto, convencido de que, mediante alguna clase de grieta efímera, estaba observando el pasado. Me estaba viendo a mí mismo regresando del instituto, saludando a mis padres, escuchando música sobre la cama. Durante unos instantes sentí una extraña nostalgia, triste y feliz, acompañada de la certeza de que se trataba de una sensación pasajera. Supongo que, en ocasiones, volver a casa no sólo supone recorrer un trayecto en el espacio, sino también el tiempo.

Dicen que, al observar el cielo durante la noche, algunas de las estrellas que vemos se extinguieron, en realidad, hace muchos años. Ya no están ahí, ya no ocupan ese hueco, pero nosotros seguimos contemplando su luz, que llega hasta nuestra retina desde algún lugar en el pasado. Mientras permanecía allí de pie, en la puerta de mi habitación, con la vista clavada en otra época, tuve la impresión de estar presenciando una realidad que hacía mucho tiempo que se había extinguido, aunque su luz, de alguna manera, todavía era capaz de alcanzarme.

Puede que la luz de las estrellas muertas tan solo sea una ilusión. La más bella y extraordinaria de las ilusiones. Resulta agradable pensar que, ahí donde ya no hay nada, todavía sigue habiendo algo. Y que seguirá habiéndolo durante muchos, muchos años.

La luz de las estrellas muertas (o volver a casa en Navidad)
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