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Quien bien te quiere, te mentirá

Manuel de Lorenzo (08.12.17)SALÍ A fumar a la puerta del restaurante y lo vi unos metros más abajo, apoyado en un portal, maldiciendo en voz alta la pendiente de la calle, acaso culpando de sus limitaciones cardiovasculares al urbanismo. Se trataba de un viejo amigo. Uno de esos con los que no te apetece cruzarte, ni mucho menos detenerte a conversar, y cuya opinión, en general, no te interesa lo más mínimo. Un amigo de los de verdad. Por desgracia, a diferencia de tantas otras veces, el entorno era demasiado reducido como para fingir que no nos habíamos visto.

Me saludó, se acercó y, sin dar muchos rodeos, comenzó a hablarme de lo mucho que le había gustado un cortometraje para el que hace algunos meses escribí un guión. Me explicó que lo había visto en la casa de una amiga que tenemos en común. Comentó que le había encantado el enfoque. Hizo especial hincapié en "la lectura que se extrae del desenlace". Quién sabe a qué se refería. Lo que el pobre ignoraba es que yo venía, precisamente, de pasar la mañana en casa de su anfitriona y que ésta me había puesto al tanto de lo poco que le había gustado en realidad el corto a nuestro amigo y de cuánto había menospreciado mi capacidad creativa. Todo lo que me estaba contando en ese momento delante del restaurante, por lo tanto, era mentira.

Comprendí entonces, frente a aquel ejercicio titánico de hipocresía, lo mucho que mi amigo me apreciaba. Si nuestra amistad no valiese nada, si le importasen un bledo mis sentimientos, habría sido honesto y me habría explicado sin miramientos lo que realmente pensaba. El hecho de mentirme miserablemente a la cara alabando mis virtudes cuando al resto de la gente le contaba pestes sobre mí, evidenciaba el gran cariño y el profundo respeto que me profesaba.

Porque, al contrario de lo que pudiera parecer, alguien que te pone a parir por la espalda pero se deshace en elogios cuando te tiene delante es un auténtico amigo. Es sobre esa clase de falsedad viscosa e indeseable sobre la que se construyen las más sólidas relaciones de afecto. La sinceridad no entiende de cortesía. Es fría e indiferente. No pretende animarte ni consolarte. Se conforma con exponer objetivamente un punto de vista, sin tener en cuenta las emociones. Tiene algo de inhumano. La sinceridad es un vicio que uno sólo debe permitirse ante enemigos o desconocidos.

Cuando terminó de elogiarme, mi amigo me dio un sentido abrazo

Un buen amigo, sin embargo, se merece la más elaborada mendacidad. Lo explicaba Derrida en la célebre conferencia que pronunció en abril de 1997 en la Residencia de Estudiantes de Madrid, cuando dijo que "lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente. La mentira no es algo que se oponga a la verdad (...). Lo decisivo es el perjuicio que ocasiona en el otro, sin el cual no existe la mentira". Qué sucia y desleal resulta la sinceridad cuando lo que realmente uno espera de sus amigos es que alimenten su ego.

Cuando terminó de elogiarme, mi amigo me dio un sentido abrazo, se despidió de mí y remontó el tramo de calle que le faltaba. A punto de doblar la esquina, se giró y exclamó: "Espero volver a verte pronto, Manuel". Le sonreí desde la puerta confiando en no volver a ver jamás a ese traidor hijo de puta. Menudo bicho. Mira que pensar que mi guión es malo. Hay que ser idiota. "Lo mismo digo, amigo", le contesté. Y regresé al interior del restaurante.

Quien bien te quiere, te mentirá
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