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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Contar sin decir

Kissinger fue un maestro del ‘off the record’, una precisa arma de manipulación

Sin nombreSe acaban de publicar dos libros sobre la figura de Kissinger y, por lo visto, en ambos los autores se preguntan cómo puede ser que se siga escribiendo de ese señor. Yo también. Durante la carrera me leí su Diplomacia para la clase de Relaciones Internacionales de Calduch y con esto quiero decir que arrastré metro arriba, metro abajo, de la cama al sofá, del sofá a la silla, y le susurré improperios —con ese mascullar cuellocamisero que se dedica a lo que te tiene hasta el moño— a ese ladrillo. Como la vida es así de mágica, de una magia vulgar y diaria, me encuentro poco después de recordar eso un pasaje en Ya sentarás cabeza de Peyró sobre las tremendas siestas que le debe a ese libro, a esas memorias melatonínicas.

Leyendo las reseñas caigo ahora en que sus dos trillones de páginas me ahorraron lo que más me intrigaba que es justamente cómo se puede pasar alguien cuatro décadas siendo tan influyente sin cargo público alguno, comportándose exactamente lo contrario a un jarrón chino y dedicándose con tanto éxito a eso que ahora se enseña en cualquier cursillo básico de márketing: sacar rendimiento económico a tu reputación.

No es que se me revele ahora su prestigio. He tenido pruebas y pruebas a lo largo de los años. Por ejemplo, el hecho de que una de mis estafadoras favoritas, Elizabeth Homes, que decía haber ideado un sistema para extraer un panel analítico completo de una sola gota de sangre, le convenciera para meter dinero en su proyecto y luego captara a otros inversores simplemente mencionando su nombre.

O que el suplemento de un periódico le dedicara a él, señor gordo de noventa años, su sección de estilo. Esa es una lectura jocosa. Le hacen unas fotos saliendo de su restaurante habitual. "¿De quién es el traje que lleva?", preguntan. "Mío", contesta. Fin de la entrevista.

Quizás estas dos nuevas biografías algo sí me expliquen. Recogen cómo sus novias lo consideraban un auténtico desganado mientras él cosechaba fama de seductor. Vivía en un apartamento con cero personalidad o toque humano y tirando a sucio, pero era el alma de la fiesta y uno de esos hombres que está a gusto donde lo pongas, en una cumbre internacional o en el último tugurio del país más extranjero de todos, que entiendo que para Estados Unidos debe de ser alguno de Oriente Medio.

Era manipulador, brillante, sabía escuchar y dar respuestas neutras para encajar verdaderos insultos y, aquí lo que más me interesa, era un maestro del on the record y off the record. Esa característica es una con la que he sufrido bastante a lo largo de mi vida profesional. Molesta a muchos, no soy la única, esa idea de que un periodista vale tanto por lo que cuenta como por lo que calla porque, en realidad, nos pagan por contar. Yo me he pasado media vida aceptando con tremenda alegría cada propuesta de off the record porque saber, aún sin poder contar, es lo que quiero, lo que siempre he querido y la razón de que siga aquí. El off the record es, se supone, una prueba de confianza, de lealtad, la piedra angular de la relación periodista-fuente, que hay que respetar sin excepción. Lo que te cuentan no lo puedes contar, pero, evidentemente, te influye, te da información que modela tu opinión sobre las cosas, te aporta nuevos hilitos de los que tirar, te modula la escala de grises donde pasa la vida toda. Pero también es el terreno pantanoso donde se te manipula, donde se te dirige, donde se te apunta hacia qué contar pero sabiendo que será otro el que dispare, donde se te dice sin tener que asumir después ninguna responsabilidad sobre lo dicho.

Sigo diciendo que sí a cualquier insinuación de off the record, a ninguno me resisto, pero una parte de ellos me pesan y me cansan. A menudo me tienta negarme a escuchar secretos que no quiero guardar y pasar a aceptar solo firmes declaraciones, atribuibles con nombres y apellidos, a forzar que todos seamos dueños de nuestras palabras y que, si alguno es esclavo de ellas, no sea yo.

En el mundo hay un solo Kissinger, pero mil artistas del off the record. Lo que no me puedo creer es que me vaya a tener que leer dos inmensos mamotretos a ver si aprendo de una vez a detectarlos.

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