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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Querido desconocido:

HACE UNAS semanas me agregaste en una red social. Con la reciprocidad que se exige en la actualidad, yo acepté. Es esa la primera red social en la que me abrí una cuenta y durante años me propuse interaccionar en ella solo con quien hubiera estado en un bar. Si apenas nos conocíamos de vista, si nos saludábamos con levantamiento de ceja y a veces incluso te hacías el loco fingiendo que no me habías visto porque hasta ese movimiento muscular mínimo te daba pereza no podías ver las fotos lamentables en las que me etiquetaban otros amigos con los que sí había tomado una caña. No te perdías demasiado.

A ver, ojo, que todo lo quieres saber. No, nunca he tenido un seguimiento masivo en las redes. Ni masivo, ni casi seguimiento. En momentos que me pierdo deben de aumentar los seguidores a cuentagotas, dos o tres, de forma que cuando sí me fijo tengo la oportunidad de ver bajar el contador, sin llegar nunca a los números negativos. Es casi lo que estoy esperando, deberle a Palo Alto unos seguidores.

Cambié de política. Huy, política, cómo me pongo. Por lo visto nadie, pero muy especialmente ninguna periodista debe tratar una red social como si no fuera justamente eso y sí un bar en el que ha quedado. Mi experiencia, aunque limitada, está siendo bastante buena. Veo cosas muy interesantes que hacen o dicen otros, de vez en cuando charlo con alguien, he vivido reencuentros ilusionantes, de gente que parece no haberse ido nunca. Pero sí, hay años en los que no estuvo y ahora vuelve a estar. Como soy cauta, hasta miedosa, y sobre todo vaga, comparto poco. No acabo de pillarle el punto. Me gusta leer a los demás pero me da apuro pasarme yo. A quién le va a interesar. Luego pienso que si lo de otros me interesa, a alguien puede interesarle lo mío; luego pienso que no, luego pienso que sí...Así pasan los días. Si me acuerdo del libro de Jon Ronson cerraría todo. También me espanta convertirlo todo en una obligación.

Tienes un nombre masculino, pero en la foto de perfil aparece la cara de Gene Tierney, la actriz de ‘Laura’. Me encanta esa película. En una escena, Tierney lleva un impermeable con sombrero, como el Facebook. MARUXAdel osito Paddington. Ahora se vuelven a llevar pero no nos va a quedar como a ella. Para asegurarme de que escribo bien su apellido consulto el Google. Salgo de allí media hora después y me entero de que al crítico del New York Times Tierney era la única que le chirriaba de toda la película, que le parecía decepcionante que ella fuera la Laura que estuvieran buscando. Nunca lo hubiera imaginado, con esa cara lumínica que tiene, tan delicada. Cómo no la va a buscar Dana Andrews, actor de pelo compacto como el de un click de Famobil.

Cuando di a aceptar me enviaste una mano amarilla que se mueve a derecha e izquierda a modo de saludo. Parecía un envío automático. Veo ahora que, a la mañana siguiente, enviaste un buenos días como mensaje privado acompañado de dos imágenes acuáticas: la vista de una ría que no reconozco y lo que parece ser un largo verdoso, que tampoco. Finalmente, pasadas dos horas y también por privado me dices que tu saludo no obtuvo respuesta, que cortas. Así lo dices: "Corto".

Mira, qué fugacidad la tuya y qué ignorancia la mía. Leo por primera vez estos mensajes salutatorios y recriminatorios semanas después de que se enviasen y no acabo de entender. Por eso te escribo, desconocido, para preguntarte ¿qué te he dejado a deber? ¿cuál ha sido mi ofensa? ¿en qué me he metido yo sin enterarme de nada?

Me pregunto qué obligación se contrae en una red social, si es que se contrae alguna, si tengo yo que responder rápida y privadamente con fotos de paisajes o emoticonos en movimiento; si alguien sigue a alguien solo para tener esa interacción liviana.

En el mismo lugar en el que encuentro los mensajes de Gene Tierney se me abre una cueva llena de correspondencia ignorada durante años, lustros en algún caso. Hay mucha publicidad que no ha logrado su objetivo pero también contactos de completos desconocidos y de algún exnovio, incluidas disculpas. Las leo como se leen los diarios de la adolescencia, un tercio de condescendencia, otro de benevolencia y otro de cariño por la joven que fuiste. Después llamo a una amiga para preguntarle qué había pasado con aquel exactamente, a ver si ella se acuerda. Se ve que no trabajo bien el rencor. Gracias a ti, desconocido, acabamos hablando de ‘Laura’. Qué película, eh. En eso coincidimos todos. Corto.

Querido desconocido:
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