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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Un hombre en España

Está Villarejo onmipresente, como un Wally de la corrupción

Maruxa2ME SORPRENDE que la crisis de la prensa coincida con esta época noticiosa. Quiero decir que creo que los periódicos pueden seguir adelante mientras Villarejo continúe entre nosotros. Si las historias de un espía como ese, un Wally de la corrupción que aparece en cada uno de los momentos claves del pasado reciente, no nos hacen leer, qué puede hacerlo.

Villarejo es el típico caso de persona habilísima con actividad deleznable, toda esa energía dedicada a intrigar, la dedicación criminal absoluta. Parece de ficción. Evidentemente, no nos recuerda a un espía inglés, sino a Alexis Carrington, la mala de Dinastía a la que interpretaba Joan Collins y que se pasaba el día en bata o en trajes de chaqueta con hombreras de quarterback ideando maldades. Dormía medio incorporada con almohadones a la espalda, como haces tú cuando tienes congestión nasal para poder respirar, pero ella con el objetivo de que que no se le echara a perder el peinado ni el maquillaje, pues era Alexis de sombra irisada y labio lacado desde las siete y cuarto de la mañana y todo aquello precisaba un mantenimiento.

Podría ser que también se parezca al Frank Underwood de House of cards, que igualmente pasa sus días intriga que te intrigarás y con el efectivo disfraz de una gorra de visera se traslada al metro y empuja a las vías a una periodista molesta, aprovechando el benéfico ángulo muerto que hay en las estaciones de todas las series en las que se asesina. Nadie lo reconoce y ninguna cámara lo capta. Acaban dos temporadas y dice Clinton lo asombrado que está de cuantísimo se parece a la política real. Mi corazón taquicardea mientras escucha ese veredicto.

Pero es, además, la encarnación de una cosa españolísima: el hombre que lo hace todo, en este caso el que lo espía todo. Eso es el resultado de gente distinta pidiéndole a la misma persona que haga lo mismo, una y otra vez, cómo forzamos la especialización del crimen a base de ofrecer nuevas oportunidades para la experiencia, cómo tenemos poca imaginación y cómo funciona el boca-oreja.

He llegado ya a un punto de acumulación en el que, cada vez que se publica algo nuevo de Villarejo me da la risa tonta. Ese es un tic que tengo, y que me molesta mucho porque resulta demasiado revelador para mi gusto. Es una mezcla de estupefacción y nervios extremos, no es una risa relajada sino ansiosa, es una risa de "qué país, madre", mano extendida tapando los ojos, movimiento cabecil de negación, mundo que se me cae encima como a un niño, como a alguien que quiere parar una circunstancia y no puede hacer nada para lograrlo. Es la certeza de verme superada.

Sin tener experiencia en espionaje siempre creí que una de sus claves era la compartimentación de la información. Todo el mundo puede saber un poquito, pero nadie o muy pocos pueden saberlo todo porque eso supone vulnerabilidad y peligro. Se ve en las películas clásicas, donde los agentes de la CIA o del MI6, trabajan con límites: uno está autorizado para saber hasta aquí, otro hasta allí, uno no puede acudir a esta reunión, otro no puede leer aquel papel.

El sistema parece funcionar y se aplica ahora a otros ámbitos. En Bad blood, el libro sobre la startup Theranos se explica cómo su fundadora, Elizabeth Homes, era la única que lo sabía todo de la empresa y de la tecnología que supuestamente estaba poniendo en marcha. Desde luego no contaba a sus inversores millonarios la mayoría de detalles, pero tampoco a su equipo, para que no pudieran tener claro hasta qué punto ese aparato que supuestamente era capaz de hacer un panel analítico de hasta 300 tests con una sola gota de sangre fallaba estrepitosamente. Incluso tenía grupos haciendo la misma cosa, enfrentados sin saberlo, compitiendo a ciegas por ser los primeros en sacar adelante una parte del proyecto.

Sin embargo, a Villarejo nadie le limitó acceso alguno, todo lo contrario. Político tras político, empresario tras empresario, le encargaron cosas, a cada cual más espantosa y extrema, y dejaron que, al final, él fuera el hombre en España que lo espíaba todo y, por tanto, el hombre en España que lo sabía todo, que lo amenazaba todo, que lo chantajeaba todo. Cómo se puede pensar que era un tipo de fiar, al que se le podían encargar los trabajos sucios de la fontanería política, se me escapa. Quizás son nuestros gobernantes más tontos de lo que yo pensaba.

No Villarejo. Todavía sin alcanzar mi límite de escándalo, aún capaz de impresionarme con sus intrigas, lo que más me sigue maravillando es su uso del trío gorra/barba/cartera. Yo, que he visto decenas de fotos incluidas algunas en las que no usa la carpeta para taparse el mentón como una tímida alumna de Eso, sé que si algún día se desprende de las tres cosas simultáneamente no daría con él ni en una rueda de reconocimiento. Es también un hombre en España que lo oculta todo.

Un hombre en España
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