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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Una vida mundial

Ligar a través de una aplicación parece ser malo para la autoestima y a través de un anuncio por palabras, buenísimo

A POCO QUE lo pienses ligar es una cosa rarísima. Practicar tal cosa supone que te vas a ver en un momento dado contando tus cosas a un desconocido. Ya sé que, metida en harina, es un proceso orgánico, al que le encuentras sentido cuando está ocurriendo y en el que una cosa lleva a la otra, que es como realmente pasa casi todo, del Brexit al amor. Pero desde la distancia, desde la mera posibilidad, resulta inconcebible que a las ocho de la tarde no os conozcáis de nada y a las nueve estés confesando aquello. Justamente aquello, menuda perplejidad.

Vienen los usuarios de las aplicaciones del ligar a contarme sus aventuras y son historias desgarradoras. Ojo, que no hablan de sexo, hablan de gustarse, esa ambición. Yo paso unos nervios tremendos porque cada vez llevo peor resistir entera todas las historias de las que no puedo dejar de saber: las caídas de los impostores profesionales, los resultados electorales en cualquier país y las conquistas frustradas de gente que me cae bien. Resulta que, en esta sociedad capitalista, ansiosa y de fraccionada atención, la gente liga sin detenerse, pasando enseguida al siguiente porque las apps te convencen de que puede haber alguien mejor. Las apps no quieren que dejes de usarlas nunca, quién lo hubiera podido predecir. En fin, que son buenísimas noticias para la autoestima.

Hace unos meses que soy testigo (yo quiero escribir testiga, pero la Rae no me deja) de un intento perseverante de ligar. Llevo casi un año suscrita a una revista de libros que empiezo siempre a leer por los anuncios por palabras como uno de mis abuelos empezaba el periódico por las esquelas. Siempre había entonces alguien que se había muerto y siempre hay ahora alguien que busca a otro.

Son estas dos páginas fascinantes, que dan muchísima información de nosotros, los lectores. Por lo visto, somos gente que busca librerías hiperespecializadas, que de repente necesita una obra sobre pájaros o sobre joyas y tiene que saber exactamente a dónde dirigirse. Somos gente dispuesta a vender nuestras novelas de Agatha Christie previas a 1950 pero, para decidirnos, preferimos que un coleccionista se gaste los dineros en un anuncio con foto porque verle la cara nos ayuda a desprendernos.

Somos gente que necesita ayudantes personales para ordenar nuestras bibliotecas y correspondencias, exestrellas de rock que nos compongan canciones o ‘negros’ que nos escriban las novelas que llevamos dentro. Tenemos todos más de sesenta años y unos tremendos problemas de vista, así que necesitamos lámparas con potencia de quirófano para nuestros cuerpos de letra más reducidos. Por lo visto, es casi un milagro que leamos porque no hay forma de dar con un sitio tranquilo para hacerlo, así que nos bombardean con ofertas de casas, chalets y adosados en literarios lugares Tánger, la campiña francesa, las islas griegas— a ver si de una vez encontramos el sosiego para prender nuestra lámpara y abrir el volumen ese de los pájaros que fuimos a comprar a un pueblo acabado en ‘-shire’.

De vez en cuando, levantamos la vista del manual de ornitología, bañado en luz quirúrgica, miramos los campos de lavanda a través de la ventana y suspiramos: nos abruma la soledad. Escribimos entonces un clasificado. A veces buscamos un ‘acompañante para viajes y cultura’, otras ‘un amante de la literatura’ que se una a escribir con nosotras nuestro ‘último capítulo’. Por supuesto, también hay agencias especializadas en buscar citas a los amantes de los libros.

Y luego está ella, la más perseverante de las anunciantes, con la impoluta autoestima de la que elige el papel y no una app, una mujer ‘atractiva, creativa y fascinante’, que busca con quien compartir ‘una vida internacional’, número tras número, mes tras mes, con optimista insistencia.

Visto lo visto, leído lo leído y escuchado lo escuchado sobre el ligar y sus hijuelas creo que no lleva una vida internacional, lo suyo es más bien una vida mundial. Ojalá pueda llegar a saber cómo acaba esa conquista.

Una vida mundial