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Contar la vida

Pocos meses antes de que la pandemia de coronavirus apareciera, la escritora francesa Annie Ernaux, recibía el Premio Formentor de las Letras a su larga trayectoria literaria. Sus libros son intervenciones quirúrgicas en las a que ella y el resto de nosotras/os se nos trata de la misma enfermedad: la vida.

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LAS COSAS me pasan para que las cuente. Y el verdadero fin de mi vida es quizá solo ese: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se vuelvan escritura». El relato comienza en Lillebonne, un pueblo de la alta Normandía, en el año 1940. Allí nació la que hoy es una referencia de la literatura: Annie Ernaux. No obstante, dos años antes de esa fecha, habían pasado cosas. Dos años antes, una niña de seis años moría de difteria y esa muerte sería, a la vez, un secreto y una revelación. Los padres, mientras tanto, tejen esperanzas en torno a la hija que sobrevive. Culpa y vergüenza; desear y trascender. Ella, tan niña, aún no sabe nada. Su infancia transcurre en otra localidad cercana, Yvetot, donde sus padres regentan una tienda-bar, una de esas estampas del pasado, el ultramarinos de siempre, donde comprar un cuarto de esto y de lo otro, y gastar las sobras en un vasito de reconstituyente vital. Era la madre la que se ocupaba de la tienda y el padre el que se encargaba de las tareas de casa y de llevarla al colegio. Roles sobre los que, más tarde, reflexionará y, por supuesto, escribirá. Un día cualquiera para el resto del mundo fue el día del descubrimiento para ella. Tenía diez años y no hacía, en ese momento, nada aparentemente relevante.

Su madre hablaba con una vecina y ella solo pasaba por allí. Entonces lo oyó. Oyó a su madre diciendo esto: «Murió como una pequeña santa». Y esto: «Mi marido se volvió loco». Y también esto: «·Era más buena que esa». Y después, mucho tiempo después, esa escribirá un libro sobre su hermana muerta: La otra hija y dirá esto: «No puedo hacer un relato de ti. No tengo más recuerdo de ti que el de una escena imaginada el verano de mis 10 años, una escena en la que se confunden la muerta y la salvada». Y esto: «Escribirte no es nada más que constatar tu ausencia. Describir la herencia de ausencia». Y también esto: «En consecuencia, tenías que morir a los 6 años para que yo naciera y fuera salvada».

Sus padres se esforzaron en darle la mejor educación. Su madre quería tener una hija escritora. Culpa y vergüenza; desear y trascender. Estudia en la Universidad de Rouen y después en Burdeos. Y entonces pasan cosas que volverá a mudar en literatura. Su primer libro se titula Los armarios vacíos en el que la protagonista, tras un aborto clandestino, rememora su infancia y adolescencia, su aprendizaje en una escuela privada y su regreso a un hogar donde unos padres evidencian la diferencia de clase. Esa grieta, que se irá agrandando y se transformará en desgarro, se convertirá, además, en el futuro, en material para sus libros, no exactamente autobiográficos, sino, según sus propias palabras, «auto-socio-biográficos». Ese primero era un libro de ficción, una forma y un estilo que abandonará pronto. Pero, en el fondo, ya era ella con su vida a cuestas. «Mi madre siempre quiso que fuera escritora. Pensaba que mi progreso en la sociedad vendría por el lado de la cultura. Tanto ella como mi padre estaban orgullosos de que yo perteneciera al mundo que los había desdeñado. Pero al hablar de escribir, mi madre pensaba en las novelas románticas, y al leer mi primer libro se encontró con aquello».

Aprueba la oposición de profesora de instituto. Sus sentimientos, sus pensamientos, serán plasmados en ‘La mujer helada’

En el año 1964, aún en la Universidad, se casa y empieza una vida que quiere y no quiere al mismo tiempo. Reproduce los roles que no había en su casa de infancia y empieza a odiarlo todo. Tiene un niño, da clases particulares, intenta sacarse una oposición. «¡Todo sin hacer! ¡Y son las doce y media! ¡A ver si te organizas mejor! ¡El niño tenía que estar ya comido, para poder tener yo la fiesta en paz a mediodía! ¡Yo TRABAJO, entiendes, esto ya no es la vida de antes!», dice él.  “«Acaso es la misma vida de antes para mí», dice ella. Aprueba la oposición de profesora de instituto y da clase de Letras Modernas. Sus sentimientos, sus pensamientos, serán plasmados más adelante, en otro libro: La mujer helada, en otra vivisección literaria. En alguna parte del libro escribe esto: «La trampa de la mujer total, orgullosa de ser por fin capaz de conciliarlo todo, la subsistencia, un hijo y tres cursos de lengua francesa». Y esto: «Aprobé la oposición de agregado de instituto y no sentí ninguna alegría. Había demasiadas siestas ansiosas, demasiados lavados de ropa de niño, demasiadas ollas exprés vigiladas, demasiadas zanahorias peladas en medio de la historia de una novela moderna o de las teorías teatrales». Y también esto: «Pronto me pareceré a esas caras marcadas, patéticas, que me echan para atrás, de las peluquerías, cuando las veo, volcadas, en el lavacabezas. Dentro de cuántos años. Al borde de las arrugas que ya no puedo ocultar, de las carnes flojas. Yo era esa cara». 

Con ‘El lugar’ escribe sobre sus padres y gana el Premio Renaudot. Ocupar un espacio que no esperas o que sí, un espacio que amas o que detestas pero que, al fin y al cabo, te identifica. Dentro de ella, traición de clase, extrañamiento del lugar al que ha llegado, indecencia burguesa que le recuerda su pertenencia a otra cosa. Tiene otro hijo, se separa. Su exmarido encuentra pronto a otra mujer y entonces pasan cosas. Escribe La ocupación, que es ella devorada por los celos. 

Escribe No he salido de mi noche, que es una frase de su madre perdida en la cueva negra del Alzheimer. Un diario de los días y las noches con ella. Una escritura hecha con lo que queda tras el dolor y la memoria. En forma de diario también se publica Perderse que cuenta la historia ardiente de un amante ruso que resultan ser su historia y su amante. Y cosas que pasaron entonces como el amor y la devastación, la belleza y los finales. Y dice esto: «Me interesa la escritura para hacer visibles las cosas, no para embellecerlas». Y esto: «Y me interesa también mantener cierta distancia, sin imponer una visión sentimental, sin juzgar». Y también esto: «Soy una etnóloga de mí misma. ¿Que cuento intimidades? Lo íntimo siempre es algo social. Es inconcebible un yo puro en el que los otros, las leyes, la historia, no estuvieran presentes».

Ya es una escritora reconocida, ya ha pasado a ser una intelectual perteneciente a la aristocracia de la literatura francesa

En 2008, con el libro titulado Los años, despliega un fresco de la sociedad francesa tras la Segunda Guerra Mundial y, de paso, otro de su interior. Gana más premios. El Premio Françoise-Mauriac de la Académie Française, el Premio Marguerite Duras, el Premio de Lengua Francesa, el Télégramme Readers Prize y el Premio Strega Europeo. Ya es una escritora reconocida, ya ha pasado a ser una intelectual perteneciente a la aristocracia de la literatura francesa. Aun así, no se separa de su línea de acción, que es una escritura que se ha dado en llamar «a cuchillo» y que, por descontado, algunos han calificado de plana. Ella responde: «No estoy segura de que lo sea tanto. Lo que sí es una escritura desprovista de efectismos». «Quiero incluir en la literatura lo duro, lo pesado y también lo violento que existe en las condiciones de vida y las transformaciones del mundo obrero y campesino que me perteneció hasta la mayoría de edad. Las palabras son como un cuchillo, contienen siempre algo real. Tengo la impresión de que la escritura es lo único que puedo hacer como acto político, y como regalo».

En 2019 recibió el Premio Formentor de las Letras, por el conjunto de su obra. Toda una trayectoria dedicada a contarse a sí misma en un contexto lleno de sentidos.  Actualmente reside en la localidad de Cergy-Pontoise, cerca de París. Tiene ochenta y un años y dice cosas como esta: «No mi vida, ni su vida, ni siquiera una vida. La vida, con lo que contiene que es lo mismo para todos pero que cada uno experimenta de manera individual: el cuerpo, la educación, la pertenencia y la condición sexual, la trayectoria social, la existencia de los otros, la enfermedad, el duelo».

Porque entre el exhibicionismo y contar la vida hay solo una cosa, que sigue siendo inmensa: la literatura.

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