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Desplazamientos interiores

Modern Love
Modern Love

HAY OCASIONES en las que, simplemente, sonreír sin más, ya es bastante. Como un respiro. O un retiro momentáneo. No todo ha de ser complejo, sesudo, enmarañado. Si no fuera porque, efectivamente, todo lo es, tendríamos más opciones de ir por la vida de otra forma. Modern Love. He aquí el resultado de apartar a una esquina aquello que podría perturbarnos para dejar a la vista únicamente lo que nos complace o, al menos, no nos desagrada demasiado. Estas ocho historias de amor son todo lo contrario al devenir caótico, pasional, arrebatado y loco de las historias de amor o, son, por decirlo de otro modo, la versión de aquello contada en tono ligero, muy ligero. No existen aquí zonas en sombra porque la sombra que bordea algunas tramas está tan desdibujada que es susceptible de convertirse en cualquier otra cosa. A saber qué. A pesar de que algunos capítulos están más elaborados y discurren sin tropiezos, la opción por la que se ha optado para elaborar el guion y contar estas historias es la de quedarse en la superficie y pasar rápido por ella, para no hundirnos irremediablemente en la realidad.

Así que es un poco amor y magia, un poco amor y candidez, un poco unión de almas angelicales. Y como hay veces en las que no apetece nada más, pues se ve, y, con la misma, se olvida.

El planteamiento que viene al caso es si no deberíamos ser más exigentes. No es una cuestión de géneros, ni de formatos, ni de estilos, sino de calidad artística e intelectual. Lo que trato de decir es si no deberíamos demandar excelencia e intentar alcanzarla. O si eso es algo que también ha de tener sus momentos y tanta aspiración de perfección cansa mucho y son necesarias estas vías de escape alternativas. Estas que jamás podrán dañar, porque nada pasa tan tremendo, y, por el mismo motivo, nada queda después. No es —tampoco— la meta a la que queremos llegar. Nadie quiere ser lastimado viendo series de televisión ni haciendo cualquier otra cosa. Sin embargo, en la medida en que las series son historias, algo, al verlas, al escucharlas, al conocerlas, debería pasarnos, y no tiene exactamente que ver con el dolor, pero sí con un cierto temblor ancestral, con una punzada más o menos aguda, más o menos siniestra, inquietante, abrumadora, deslumbrante, poderosa, reveladora. Un algo que toca otro algo y lo desplaza. Ese movimiento, muchas veces, se llama arte. Sólo tenemos que echarnos un vistazo por dentro y si todo sigue igual, es que, con casi absoluta probabilidad, no haya habido ninguna alteración reseñable. ¿Es eso malo? No exactamente. ¿Acaso es bueno? En rigor, tampoco.

Podemos ver Modern Love sin problema, sin peligro de variaciones internas, sin amenazas de grandes ni pequeñas transformaciones de nuestra manera de mirar el mundo y a las personas del mundo. Me viene a la cabeza, ahora mismo, la filmografía de Woody Allen, que estoy revisitando con enorme placer. Alguna de sus películas se encuentran en mialtar cinéfilo. Las veo, una y otra y otra vez, sé las secuencias, sé los encuadres, sé la composición y la luz y los diálogos. Sé con tremenda exactitud en qué punto saltará el gag y en qué parte de la estructura irrumpirá el clímax y sé los arranques y conozco los cierres. Y todo eso no me impide volver a reírme, volver a encantarme, volver a impresionarme, volver a entristecerme un poco y a sentir, de nuevo, esa corriente de esperanza que se siente cuando, de pronto, la belleza surge, de algún plano, de alguna palabra, de algún planteamiento diferente de las cosas.

Existen modos de mirar distintos, unos nos trasladan, a veces sin querer, a terrenos fértiles en ideas, a paisajes desconcertantes que nos impulsan a seguir preguntándonos, a seguir buscando lo que sea. Otros, nos mantienen en el sitio, nos dejan donde estamos. No es una opción que nos vaya a perjudicar, simplemente, esa ausencia de movimiento va a hacer que permanezcan todas las puertas cerradas. Y hay tanto por descubrir tras ellas, que es una pena quedarse en el sitio esperando que nadie ni nada nos altere lo bastante como para impulsarnos hacia otra cosa, que puede que dé un poco de miedo, pero que siempre resulta una verdadera tentación.

Vemos Modern Love y seguimos siendo lo que somos.

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