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Un aguijón punzante

Hace poco más de siete años moría Tom Sharpe que, con su humor loco y certero, juzgó a la sociedad a base de carcajadas
Tom Sharpe.

EL 30 DE MARZO de 1928 nacía al sur de Londres, al menos, un niño no deseado. Lo llamaron Thomas Ridley Sharpe. Sus disgustados padres, George y Grace, de 56 y 40 años respectivamente, hubieran querido dedicarse a una actividad distinta a la crianza, pero el destino, a veces, se presenta burlón e incomprensible. George era pastor de la Iglesia Unitaria, un hombre tenso, irritable en exceso, notable contador de historias a juzgar por los numerosos fieles que acudían a escucharlo a la humilde iglesia de Croydon y con una cierta tendencia, a lo largo de los años posteriores, a descargar su ira contra aquella criatura.

Bien es cierto que no había nadie más en casa. Papá, mamá y él, un niño solitario. Sus hermanos, mucho mayores, hacía tiempo que habían abandonado el hogar familiar y Tom aprendió, desde muy temprano, a desarrollar mecanismos de defensa adecuados a la situación que le había tocado en suerte. También Grace era nerviosa y, aunque procedía de una familia privilegiada  afincada en Suráfrica, donde su padre había hecho fortuna y la vida de los blancos ricos podía desenvolverse de forma tranquila, había decidido dejar todo aquello para trasladarse a Inglaterra, casarse con el pastor y convertirse en ama de una casa en la que la autoridad y el rigor eran leyes inviolables.

A ambos progenitores les gustaba leer y Tom tenía acceso libre a la biblioteca. Puesto que no había mucho más en lo que fijarse, pronto adquirió el hábito de la lectura. A los ocho años ingresó en una escuela preparatoria, continuó su periplo en una escuela pública y acabó su formación preuniversitaria en el Lancing College, institución de cierto prestigio cuyos costes fueron sufragados por una tía generosa, que residía en Suráfrica.

Sin embargo, a sus 17 años, todo cambió. Hubieron de pasar una guerra mundial, un holocausto y una muerte, la del propio George

George viajaba a menudo, a predicar. El año en que nació Tom se fue a Alemania y, de algún modo, se sintió reconocido, se encontró entre sus pares, rodeado de prosperidad e idealismo. Sus afectos socialistas fueron transformándose en una adhesión cada vez más firme al nazismo. Se unió, a su regreso, a organizaciones fascistas perseguidas por la ley y comenzó un proceso de mudanzas continuadas por temor a ser detenido. Grace y Tom iban tras él. Creían en él. El Tom adolescente soñaba con convertirse en un joven miembro de las SS con el beneplácito de su padre. Sin embargo, a sus 17 años, todo cambió. Hubieron de pasar una guerra mundial, un holocausto y una muerte, la del propio George. Ocurrió en una sala de cine, en 1945, en la que proyectaban un noticiario sobre la liberación por parte de tropas aliadas del campo de concentración de Bergen-Belsen. Décadas después, el famoso escritor Tom Sharpe, al rememorar ese momento, diría: "Era una visión espeluznante, imborrable. Cambié de opinión ipso facto… Lo más traumático que me ha ocurrido jamás".

Tras finalizar sus estudios en Lancing, entró en los Royal Marines a hacer el servicio militar. Allí, sin haberlo planeado, aprendió dos cosas que serían de gran valor en el futuro: a resistir las duras y sórdidas condiciones de la instrucción, y a familiarizarse con las múltiples aplicaciones del lenguaje vulgar que, más tarde, integraría tan acertadamente en sus novelas.

Ingresó en Cambridge, estudió Historia Parte 1 y Antropología Parte 2, y con eso sacó su título tras lo cual se trasladó a Johannesburgo a casa de unos tíos maternos. Quería adquirir experiencia laboral y comenzó a trabajar como contable en una corporación financiera creyendo sus empleadores, al parecer, que Cambridge ofrecía un conocimiento universal. A los tres meses fue necesario llamar de urgencia a un experto en matemáticas para cuadrar los balances.

Primero quiso ser poeta, pero no le salió. Después probó con la dramaturgia. Tuvo oportunidad de convertir la realidad en ficción armando historias que se correspondían con sus numerosas experiencias en su nuevo trabajo como funcionario público. «Mi trabajo consistía en ir a los hospitales, recoger a los negros enfermos de tuberculosis en fase terminal, y llevarlos a su domicilio para que se murieran allí. Sus casas estaban siempre, no hace falta decirlo, en los barrios de chabolas. En ellos conocí unos niveles de pobreza inimaginables». Corría el año 1951, y el Apartheid era un sistema legal, construido y fomentado por los blancos. Allí Tom aguantó un año, y pidió un ascenso. Le dieron un puesto que le obligaba a supervisar a los superintendentes a cargo de cada barrio de chabolas. Estos se quejaron a la autoridad. Entonces lo nombraron superintendente. Su papel consistía en decidir si los negros acusados de —más que dudosos— crímenes que se personaban ante él, debían ser condenados. Tom tenía 24 años. Aguantó otro año. Y se hizo profesor en internados para niños blancos. Para entonces, su labor como escritor se hacía más regular, escribía obras de teatro, reportajes periodísticos y se inició en la fotografía, que adquiriría estatus de profesión, tras abandonar las clases. Abrió un estudio y combinó su tiempo entre la pluma y la cámara. Después vino la deportación.

Aunque, de las nueve obras teatrales, solo una se estrenaría en Inglaterra, la noticia llegó hasta Suráfrica. Era crítico con el sistema, con la actuación de la policía, con la injusticia. No se había convertido en un activo opositor, ni en un comunista, ni en un subversivo, era, digamos, un elemento molesto para el buen funcionamiento de la maquinaria del Apartheid. Buscaron en su casa, revolvieron sus pertenencias, lo detuvieron en alguna ocasión. A raíz de la demanda que él interpuso a un periódico por difamación, decidieron sacarlo de allí. Tenía 33 años cuando volvía a Inglaterra para empezar de nuevo.

Tenía 56 años y mucho, mucho dinero. Pero se le había ido el humor o las ganas de reirse o las ansias de contarlo


Decidió hacer un posgrado en educación en su antiguo college de Cambridge. Se sacó el título y solicitó plaza en una escuela de formación profesional porque estaba mejor pagada. De allí saldría el material para la novela que le haría famoso: Wilt. Pero antes de eso, se casaría, tendría dos hijas y publicaría cuatro libros.

El tono lo encontró en el primero, Reunión tumultuosa y definió su estilo. Dijo en alguna ocasión que el hallazgo fue accidental. "Me ví a mí mismo carcajeándome… Había empezado a escribir un relato breve y se transformó en un enloquecido libro contra el Apartheid. Yo calificaría aquello de accidente". Después vinieron Exhibición impúdica, Zafarrancho en Cambridge y El temible Blott. Y entonces llegó Wilt. Se dedicada ya únicamente a escribir y hasta 1984 no dejaría de hacerlo. Tras ese intensa producción hubo un parón. Tenía 56 años y mucho, mucho dinero. Pero se le había ido el humor o las ganas de reirse o las ansias de contarlo. Once años después volvió a las librerías y se instaló en  un pueblo de Girona donde completaría la serie de Wilt y cerraría su obra con Los Grope, en 2009, a los 81 años. En junio del 2013, Tom Sharpe moría en Llafranc.

Morir, sí; descansar, no exactamente. Su historia póstuma resulta tan disparatada, truculenta y negra como su obra completa. Su deseo era ser enterrado en Thockrington, lugar de donde procedía su familia paterna, pero, por algún motivo, fue incinerado. Sus cenizas, entonces, se dividieron. Su mujer y sus hijas se llevaron una parte a Cambridge, y Monserrat Verdaguer, presidenta de la Fundación Tom Sharpe y médica personal del escritor, las llevó al cementerio de su pueblo. Algunas, porque con otras fue al cementerio de Thockrington, y, según la Iglesia de Inglaterra, las enterró junto con unos objetos. Por este hecho fue denunciada y condenada a una multa y a retirarlo todo. Aunque Verdaguer afirmó habérselo llevado, siempre negó que en la urna hubiera cenizas. Fue, al parecer, un acto simbólico. Por su parte, la viuda de Sharpe fue avistada esparciendo lo que parecían cenizas de las que le quedaban en los alrededores del cementerio inglés. Una prueba más de que el humor no tiene por qué morir.

Un aguijón punzante
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