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El murciélago está en la atalaya

"En cuanto tuve mi diploma, llegaron los ordenadores, así que no recuerdo haber escrito nada a máquina"

EL MURCIÉLAGO está en la atalaya. Pronuncio la frase y el sol de julio abrasa la acera, el capó de los coches arde y yo busco la sombra de los balcones. El murciélago está en la atalaya. La repito y me veo hace más de veinte años, con pantalón corto y flequillo, bajando mi calle camino de la academia.

Mi padre quiso que sus tres primeros hijos aprendiésemos mecanografía. Los gemelos se libraron. Las máquinas se habían convertido en trastos que se olvidan en las buhardillas. Sin embargo, mis hermanas y yo tuvimos que seguir aquellas tediosas clases en la San Roque, donde a través de auriculares escuchábamos "el murciélago está en la atalaya" y otras frases absurdas que debíamos teclear.

En cuanto tuve mi diploma, llegaron los ordenadores, así que no recuerdo haber escrito nada a máquina. Sin embargo, su sonido forma parte de mi infancia. Mi padre, funcionario disciplinado, practicaba cada noche y yo me dormía escuchando el timbre metálico al acabar un reglón o la rosca ajustando un folio. Aquella máquina, pesada y gris, terminó en mi cuarto. Cuando me aburría, colocaba a Tomasa en la punta del carro y pulsaba con furia la barra espaciadora hasta que la tortuga salía disparada.

Las máquinas han dejado de ser útiles, ahora decoran tiendas o cafeterías de diseño, mudas y descolocadas, con esa tristeza pesada de los zapatos viejos.

Una de las primeras exposiciones que organizamos en la Cidade da Cultura se titulaba Typewriter, y presentaba 120 máquinas de la Colección Sirvent, maravillosas Sholes & Glidden, Underwood nº5, Crandall New Modell, algunas usadas por escritores famosos, fabricadas para espías nazis o decoradas con oro y nácar. Hace una semana recibí la Hispano Olivetti M40 de Camila. Cuando la miro, no veo la Academia San Roque, sino el comercio de mi tía. La máquina ocupaba el escritorio donde me sentaba a dibujar. Entonces la miraba sin atreverme a tocarla, negra y brillante, con miedo a que todas esos hierros en tensión saltasen por los aires. De adolescente pensaba que cada escritor debía tener su máquina y estaba seguro de que, en cuanto pusiese mis dedos sobre la Olivetti, me convertiría en una especie de Angela Lansbury. Una mañana le conté a Camila cuánto me gustaba. "Alberto también la quiere", me dijo. Él era su hijo, yo su sobrino, así que entendí que debía retirarme.

En 1929, Olivetti, el gigante italiano de las máquinas de escribir, se instaló en España con la marca Hispano Olivetti. Entonces, la mecanografía no era una cuestión menor. Como estrategia publicitaria se organizaban concursos nacionales en los que llegaron a competir 3.930 mecanógrafas y lo escribo en femenino porque esas máquinas se convirtieron en símbolo del acceso de la mujer al trabajo. En 1930, en el ambiente de progreso que anunciaba la llegada de la República, Hispano Olivetti lanzó la flamante M40, la misma que llegó al comercio de mi tía y a la que, imaginando lo que ha vivido, he decidido llamar La Vieja.

Mi madre, a punto de cumplir setenta, no recuerda cuándo apareció esa Hispano Olivetti. Cree que siempre estuvo en el escritorio y me dice que, siendo niña, veía a mi tío Pepe tecleando a toda velocidad con dos dedos. Con la ayuda de La Vieja y un manual, mi madre aprendió mecanografía. No fue un esfuerzo en vano. A los 16 años ya ayudaba a mi tío con los papeles del trabajo y, a los 19, entró en la caja.

Quizá sea la novedad, pero cuando estos días paso al lado de esa máquina, tengo la impresión de que me conoce. Se me ocurre que, si no hubiese llegado al comercio, las cosas habrían tomado otro camino. Entonces, como si pronunciase un conjuro, digo: "El murciélago está en la atalaya" y aparece mi padre tecleando en el salón, mi madre quinceañera, con su pelo corto y su falda plisada, fantaseando con un trabajo de oficina, y Camila, conservando a La Vieja cuando nadie la usaba, pensando que llegaría un día en que volvería a ser útil, quién sabe si contándole a alguien la historia de esta familia.

El murciélago está en la atalaya
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