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En casa de un biassanot

Nacho Mojón recuerda un viaje de diálogo imposible y gastronomía feliz a Italia

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A TRAVÉS DE LA ventana llega una risa familiar. Mi Lama y sus primos me observan desde el jardín, burlándose de mis esfuerzos por entender a la abuela. La nonna habla boloñés y yo atrapo palabras sueltas que luego se me escurren, dejándome una estúpida sonrisa de turista. Apiladas sobre la mesa, bandejas con restos de conejo, la olla de los tortellini, los platos manchados de zuppa… Un minuto antes, aquella oronda mujer me había complacido desvelándome el arma secreta de su cocina. Con ojos relucientes como pepitas de oro regresó del dormitorio mostrándome una vara larga, cuidadosamente protegida en una funda. Entre aplausos de su hijo Nerio, la nonna desenvainó el martorello. A sus noventa años, hizo rodar aquella especie de taco de billar sobre la mesa con asombrosa agilidad, enseñando las diferentes técnicas de amasado.

Aquel fue el mejor día del viaje. Un domingo frío y luminoso de otoño, entre colinas suaves de la Emilia Romana, con carteles de venta de castañas al borde de la carretera y a lo lejos la silueta de los Apeninos, las torres de Bolonia y la cúpula naranja de Nuestra Señora de Lucca. En el todoterreno, Nerio destroza Layla de Eric Clapton, agitando los puños, contoneándose sobre el volante. Detrás mi Lama, con sus ojos achinados, intentando completar una noche corta de sueño, dejando a su novio relamerse con su ruta por la tierra del parmesano, el ragú, la mortadela, mientras él reserva su entusiasmo para Milán, con sus tiendas de marcas impronunciables y sus dependientas japonesas.

La carretera asciende entre castaños viejos como columnas. Nerio detiene el coche al lado de una casa en obras, construida con paredes gruesas de piedra, rodeada de nogales y con vistas tan abiertas que, al fondo, como una sombra negra y difusa, se distingue Módena. Aquí construye su refugio para cuando llegue el día de dejar el mármol, un lugar donde beber nocino con amigos, engordar gallinas y recordar historias junto a Choni, queriéndose y discutiendo, que es como se quieren las parejas que no tienen miedo a hacerse viejos.

Luego llegan los ciccioli, el prosciutto… A la salida nos detiene el olor a bolla crujiente y repostería del Pane D’oro.

Bordeando manzanos bajamos a Savigno. La última fruta de la temporada amarillea en los prados. Ese domingo, el pueblo celebra la Mostra Mercato del Vecchio e dell’Antico. Las calles estrechas repletas de familias curioseando entre puestos de muebles, fotografías antiguas y libros de segunda mano. En la Via Liberta entramos en Salumeria Mazzini. Nerio sonríe a las mujeres que despachan, se dicen algo y nos ofrecen finas lonchas de mortadela. Al fin la deliciosa joya de la región. Luego llegan los ciccioli, el prosciutto… A la salida nos detiene el olor a bolla crujiente y repostería del Pane D’oro. Nerio no se resiste y entra a por un zuppa inglese, un bizcocho empapado en licor y recubierto de crema de leche. Entonces mira la hora y apura el paso. El caldo para los tortellini debe de estar listo.

De camino a casa llama a Mateo. Como sospechaba, su hijo sigue en cama. Finge seriedad de padre y le recuerda la comida con la familia española.  «Es un vero bolognese», nos dice orgulloso, “un biassanot, alguien que sabe masticar la noche”.
A la ‘nonna’ le agrada mi atención. Sabe que no la sigo, pero habla sin pausa mientras yo estudio esas manos que amasan pasta desde la edad en la que aprendemos a escribir. Afuera un sol lechoso brilla y no calienta. Me abrocho la cazadora. Sebastian recuerda que debemos subir a Lucca antes de irnos a Milán, pero a Choni le parece un disparate no reposar antes. A través del parabrisas, los últimos rayos de la tarde me adormecen. Arranca el coche, cierro los ojos.

En casa de un biassanot
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