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La Manuela, el bar del futuro

"Espinillo, Medioquilo y yo descubrimos embobados a personajes clave en nuestra educación, como un tal Stallone, capaz de masacrar a un ejército sin más ayuda que un cuchillo de sierra y algo de pintura en la cara"

El futuro entró en Montederramo por algún sitio, fue a través de sus bares. A principios de los sesenta, la Acacia compró la primera televisión. Aquel café, desde el que muchos vecinos vieron al hombre llegar a la Luna, cerró antes de que yo naciese, pero otros tomaron el testigo. En mi época, por ejemplo, las novedades aparecían en La Manuela. Fue ella quien trajo al pueblo el vídeo, un VHS que hizo más llevaderas las tardes lluviosas de invierno. Arrimados a una estufa de butano y devorando pipas como hamsters, Espinillo, Medioquilo y yo descubrimos embobados a personajes clave en nuestra educación, como un tal Stallone, capaz de masacrar a un ejército sin más ayuda que un cuchillo de sierra y algo de pintura en la cara.

Poco después llegó la primera máquina recreativa con videojuego: el Green Beret. Un joystick y un botón rojo bastaban para transformarnos en soldados de élite. Aquella máquina de La Manuela, hoy considerada un clásico, destrozó mi bolsillo. Cuando nos quedábamos sin blanca, no quedaba otra que ayudar en misa. El cura soltaba una propina rácana que luego completaba mi tía, de manera especialmente espléndida si me había animado a hacer una de las lecturas. Poco imaginaba don Manuel que la motivación de sus monaguillos era conseguir ‘cash’ para dilapidarlo haciendo la guerra.

El futuro volvió a asomarse a nuestro bar en los noventa, esta vez en forma de cadena de música. Pronto descubrimos que aquella torre incorporaba un discman, maravilloso aparato que permitía escuchar una canción en bucle sin la pesadez de rebobinar. Lamentablemente, el único CD disponible aquel verano era Luz Casal y eso la convirtió en nuestra pesadilla. Sin saber por qué, Roseta llegaba al bar y pinchaba la cinco, una y otra vez, con esa obsesión insana de los quince años. Al final, consiguió grabarnos a fuego la letra de Es por ti, como si fuese un depresivo himno generacional. Más tarde llegarían Sabina, Extremoduro…, pero aquel verano solo escuchamos a Luz y mi Lama todavía me mira raro cuando suena y le digo que me recuerda tanto a Roseta, como si le ocultase una inesperada historia de amor.

Hace semanas, me enteré de que Manuela había fallecido. Pese al tiempo que pasé en su bar, no podría contar demasiado sobre ella. La recuerdo al otro lado de la barra, callada y vestida de negro. Mis amigos y yo nos convertimos en clientes fijos antes de que nos saliese el primer pelo del bigote. Ser clientes rentables nos llevó más tiempo y es que, durante años, pipas y coca-cola fueron todo nuestro gasto. Supongo que, en cuanto dejamos atrás la edad de las mirindas, lo compensamos con creces.

Lo cierto es que nuestros padres tenían el Bodegón; los primos y hermanos mayores se atrincheraban en el Galicia, pero la Manuela era nuestro bar. Allí pasábamos tardes enteras, desde la siesta hasta la madrugada, veranos en los que uno sabía la hora porque veía a Manolo volver con el chimpín, al carnicero pasar tambaleándose sobre la bici o a mi tía y el resto del 'comando viudas' con su caminata diaria hasta el cementerio. Como el vídeo, el discman o los videojuegos, también nosotros formábamos parte de ese futuro que llegaba al pueblo a través de La Manuela.

La Manuela, el bar del futuro
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