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La España variopinta

LA ESPAÑA del sofá y la mantita, la tranquila, la que no cree en el apocalipsis ni en la pureza de la raza, la que no sale a los balcones envuelta en banderas e inflamada en llamas, ha ganado las elecciones. Y sobre todo las ha ganado Pedro Sánchez, el más vilipendiado por unos rivales que tiraron de todas las lindezas presentes en el diccionario para descalificarlo y al que las urnas solo le han devuelto piropos. Aquel hombre que un día abandonó la sede de la calle Ferraz apuñalado por sus propios compañeros de partido, cabizbajo y por la puerta de atrás, ha regresado de los infiernos con un resultado inapelable bajo el brazo, reforzado en un liderato que va más allá de la propia izquierda: a Sánchez le ha pedido España que siga siendo Sánchez y no Alfonso Guerra.

El terremoto electoral se ha dejado sentir, también, en una sede del PP a la que se le desplomó parte de la fachada durante la campaña y en la que ahora se impone una urgente revisión de los cimientos. Decidió separarse Pablo Casado de la moderación que representaba Mariano Rajoy para abrazar el bigotismo sin bigote de José María Aznar, y las urnas lo han colocado en una situación tan precaria que hasta el famoso robot al que García Egea pidió el voto podría aspirar a su sucesión. Todavía debe estar preguntándose el candidato conservador cómo puede ser que su promesa de bajar el salario mínimo interprofesional no le haya reportado una marea de votos, o por qué tantas mujeres se resisten a viajar de su mano al utópico 1985. Pero por encima de todo, se preguntará Casado qué ha hecho tan bien para que todo haya salido tan mal.

La mala noticia de los comicios celebrados ayer es la irrupción de Vox, aunque su resultado final rebaje la euforia de sus altas expectativas. La anunciada Segunda Reconquista se quedó en guateque de nostálgicos y niños bien, una cacería con perdigones de plástico y pistolas de madera que tan solo les sirve para seguir haciendo ruido, su gran especialidad. Ahora ya sabemos cuántos son los españoles que se sienten ungidos por el mandato divino que pregonan sus líderes a voz en grito, los autodenominados patriotas verdaderos. Para ellos debe gobernar también Pedro Sánchez, que antes deberá conformar un gobierno que se parezca a la España variopinta dibujada por las urnas, esa que solo parece asustarse de la vieja España en blanco y negro. 

La España variopinta
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