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La buena mujer y el auténtico hombre

Manifestación contra la violencia de género. EFE
Manifestación contra la violencia de género. EFE

CONFIESO QUE suelo tragar saliva y agarrarme a la silla con fuerza cuando alguien me cuenta la historia de un hombre atormentado por una penosa relación de pareja, ese supuesto viacrucis afectivo que tan a menudo se utiliza como justificación a la posterior barbarie. Ahí suelen terminar mis señales de repulsa, he de reconocerlo, un poco encogido por una mezcla de cobardía y distanciamiento que me impiden cuestionar gran parte del relato o poner en duda las motivaciones últimas de su protagonista.

Lo intento y no recuerdo una sola conversación sobre violencia machista con aforo cojonero en la que no acabemos compadeciéndonos por algún conocido que maltrata "por amor", enfrentando los números de muertas con el de denuncias falsas o concluyendo que el divorcio está pensado para que la mujer pueda asfixiar al hombre hasta hacerle perder los estribos. Cuesta mucho creer que podamos ser valientes en las reacciones cuando somos tan cobardes en el análisis, quizás ahí resida una buena parte del drama.

Desde pequeño he crecido en un ambiente que justifica casi cualquier tipo violencia hacia las mujeres, desde la pequeña bronca hasta el insulto más grave, pasando por las diferentes intensidades de un buen bofetón. Mil veces he escuchado la molesta cantinela acerca del papel de la mujer en la familia, el cuento de la sufrida esposa y la buena madre, los reproches hacia cualquier hembre que no acepte la normal y agradecida sumisión al macho.

Vale la pena situar el machismo y la desigualdad entre las principales preocupaciones


En el velatorio de mi bisabuela Elvira, apenas terminado el bachillerato, asistí perplejo a las quejas de una vecina que lloraba amargamente porque una de sus nietas había comenzado a fumar. Traté de explicarle que yo también fumaba —creí que su disgusto provenía de la edad de la muchacha— a lo que ella contestó que fumar era cosa de hombres, con tanta aceptación y gestos de conformidad entre todos los presentes que todavía hoy creo haber visto a mi difunta bisabuela mover la cabeza dentro del ataúd. Puede parecer una estupidez, en especial cuando hablamos de un gravísimo problema que acumula decenas de víctimas en las morgues año tras año, pero es una pequeña muestra del caldo de cultivo en el que florecen el machismo, la desigualdad y el maltrato.

Hace unos meses asistimos al relato inclinado sobre Sergio Morate, el asesino de Marina Okarynska y Laura del Hoyo. Cuesta entender con qué intención se aportó como información relevante la insistencia de este en recomponer la relación con su exnovia, los centenares de llamadas y mensajes de texto, su viaje a Ucrania, sus constantes visitas al puesto de trabajo de ella. Había algo en todo aquello que supuraba cierta comprensión o al menos una cierta lógica en la posterior reacción del asesino, una actitud informativa que se ha repetido esta misma semana a raíz del juicio a la ya tristemente famosa Manada.

De repente nos hemos topado con una víctima fiscalizada, una pobre chica a la que cinco animales pisotearon en lo más hondo de su alma y a la que una parte de la opinión pública comenzó a mirar con cierta desconfianza, otra muestra más de que la mujer maltratada sigue despertando recelo en una buena parte de la sociedad que prefiere ahondar en su sufrimiento antes que reconocerse parte del problema.

Uno trata de ser optimista y repetirse que España se adapta rápido a los cambios, como se ha comprobado con la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo: un avance que comenzó con manifestaciones multitudinarias en las calles y que hoy apenas cuestionan unos cuantos inadaptados. El problema principal a la hora de afrontar la violencia machista quizás resida en la negativa de una buena parte de la clase política a plantar batalla sin ningún tipo de concesiones. Se podría debatir sobre si la actual legislación resulta o no suficiente para abordar semejante problemática pero parece evidente que no se están aportando ni los medios ni el mínimo esfuerzo colectivo para poner fin a la desigualdad y al maltrato. Todavía son demasiado los responsables públicos que prefieren centrar su atención en desacreditar los diferentes movimientos feministas, en enfangar el debate con supuestas cifras de denuncias falsas, en tolerar, por acción u omisión, conductas que se podrían erradicar a poco se demostrara un verdadero interés por castrarlas definitivamente. Vale la pena situar el machismo y la desigualdad entre las principales preocupaciones del país porque estoy seguro de que no tardaríamos demasiado años en disfrutar los réditos.

Mientras tanto, habrá que seguir conviviendo con la vergüenza colectiva que produce un país sin horizonte, un país en el que la mayoría de los hombres afrontamos con cobardía hasta el más íntimo debate, incapaces de madurar al ritmo que requiere la urgencia. La violencia machista no es un problema que se vaya a solucionar desde el pataleo propio de los niños y en gran parte depende de nosotros poner freno a esta barbarie: va siendo hora de que empecemos a comportarnos como auténticos hombres, al menos en el sentido estrictamente feminista de la expresión.

La buena mujer y el auténtico hombre
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