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El respeto

La imagen de Paula Dapena ha dado la vuelta al mundo varias veces esta semana. Es la futbolista que se sienta de espaldas mientras sus compañeras y rivales guardan un minuto de silencio en honor a Diego Armando Maradona, definitivamente fallecido la semana pasada en Mar de Plata. Había amagado unas cuantas veces el dios del fútbol pero esta vez se murió de verdad, en silencio, sin la habitual legión de fanáticos pidiendo un nuevo milagro a las puertas de un hospital y con las cámaras apagadas: permítanme que lo considere su último regate. 

Ilustración para el blog de Rafa Cabeleira. MARUXADesde entonces, y como cabría esperar, los homenajes se han ido sucediendo a un lado y otro del Atlántico, figura indiscutible del deporte mundial e icono cultural para distintas generaciones de argentinos, italianos, españoles, irlandeses, chinos, indios, japoneses y extraterrestres. Maradona era un poco de todos porque cualquiera podía encontrar un atajo que lo emparentase con Maradona: los orígenes humildes, los colores de un club, el comunismo de tatoo, un primo en Buenos Aires, el odio al inglés, los excesos nocturnos, los diurnos… A su manera, poco glamurosa y desencajada, el Diego era una especie de Lady Di para brutos, un ídolo machacado por la fama para gloria del cotilleo, de ahí que el mundo entero le llorara desconsolado hasta que apareció la imagen de Paula para cortarnos el rollo, incapaz de honrar al deportista sin tener en cuenta a la persona. “Hay vídeos suyos pegando a su pareja, imágenes con niñas desnudas a su lado”, se explicaba la gallega. Para aquellos que nos lanzamos al elogio infinito sin reparar en las sombras del figurón, su denuncia funcionó como una bofetada. 

Por espantarme las vergüenzas, diré que no había visto ninguna de esas imágenes hasta que Paula Dapena puso el acento sobre ellas. Había leído algunas cosas, pero nada que me pareciese determinante. En uno de sus últimos viajes a la capital de España, invitado por el Real Madrid para un acto promocional, la policía acudió a su hotel alertada por su pareja de entonces. Se habló de malos tratos pero ella se apresuró a negarlo todo enseguida, zanjando el incidente como una discusión de borrachos que se querían demasiado. También recuerdo la denuncia de Claudia Villafañe, en 2016, que aseguró haber sufrido maltrato psicológico y emocional un año después de que Maradona la acusase a ella de fraude, estafa y malversación de patrimonio. Un poco por no creer y otro poco por no querer, las acusaciones contra Maradona siempre me habían parecido algo muy distinto a lo que, en realidad, sí parecían ser. 

El vídeo en el que borracho, graso y malhumorado agrede a una de sus novias resulta incontestable. Y están las fotos con las chicas cubanas, menores según todas las informaciones que las acompañan, lo que tampoco parece ser una excepción en la conducta vital del Diez. La madre de su último hijo biológico reconocido, obligado a regañadientes por la justicia italiana, también era menor de edad en el momento de la concepción. Y así, tirando del hilo que nos ofreció Paula con su gesto, es como algunos hemos descubierto una cara oscura del genio que permanecía un poco difusa entre tanta cocaína, tanto alcohol y tanto aprovechado. Nos bastaba con defender su libertad para ser un yonki y espantamos -a manotazos, supongo- todo lo demás. 

Las reacciones contra el gesto de Paula no se hicieron esperar. Declararse feminista, hoy en día, sigue siendo la espoleta que algunos necesitan para despreciar buenos argumentos y deshumanizar cualquier postura incómoda. Es posible que Paula haya cometido el error de acusar a Maradona de ser un violador, delito gravísimo con el que no se debe jugar tan a la ligera, máxime cuando el señalado está muerto y no puede defenderse, pero basta con atender al contexto de sus declaraciones para comprender el alcance real de sus palabras. Equiparar -o no- a un putero con un violador es otro de los debates pendientes que nos plantea la lucha feminista, demasiado complejo para despacharlo a la ligera con un sí o un no, pero suficiente para comprender la postura de la futbolista. 

Y miren por dónde, la fotografía de Paula me ha llevado a otro descubrimiento, en este caso mucho más amable. Porque Paula Dapena ha resultado ser la nieta de otro icono futbolístico, al menos para los aficionados del Pontevedra Club de Fútbol. Eduardo Dapena Lis, Cholo, fue el capitán de aquel mítico equipo del Hai que Roelo, el hombre que conducía un trolebús durante la semana y dejaba el sábado -o el domingo- para secar a figuras de talla mundial como Di Stefano. La leyenda cuenta que los soviéticos del Pravda le dedicaron un extenso reportaje en su momento, aunque no se conservan pruebas de tal cosa y mejor será para Paula, tal y como pinta la actualidad en esta revancha de país. 

Recuerdo cierta mañana, en el bar de mi abuelo, enzarzado en una discusión futbolística con un señor mayor que solía venir a comerse unas nécoras. “Usted no tiene ni puta idea de fútbol”, le espeté en el momento más acalorado de la disputa. Fue entonces cuando otro de los presentes me agarró por un brazo, me metió en la bodega y me dijo: “Pero tú, anormal… ¿Sabes quién es ese señor? ¡Es Cholo, el capitán del Hai que Roelo!”. Aquello sí que fue una falta de respeto hacia un ídolo y no lo de su nieta Paula, que simplemente se ha limitado a exponer sus dudas sobre nuestras íes. 

El respeto
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