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Rebeldía y talento

Pocas dudas caben sobre la singularidad de la figura de Emilia Pardo Bazán en el ambiente social y literario de su época. Mujer y escritora, orgullosa de ambas condiciones que reivindicó contra viento y marea frente a una sociedad llena de prejuicios ante las actividades que una mujer podía desarrollar en ámbitos alejados de los destinados a ella. En el año del centenario de su fallecimiento su figura protagonizará numerosas actividades a las que se les suma el futuro de la que también fue una de sus creaciones: las Torres de Meirás.
Emilia Pardo Bazán
Emilia Pardo Bazán

EN MAYO se cumple el centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán (1851-1921) y todo este año parece destinado a hacer de la escritora coruñesa la protagonista de homenajes, exposiciones y reediciones de sus obras. A su indudable poder literario, desde la novela al ensayo, desde el teatro a los libros de gastronomía, desde el periodismo a la crítica literaria o la literatura de viajes, se une el atractivo de su papel como mujer rebelde, llena de contradicciones con su carácter cristiano, monárquico y tradicional, pero empeñada en hacer de su condición femenina una permanente reivindicación en un tiempo en el que todavía eran muchas las desconsideraciones y desprecios que sufrían las mujeres. Los caprichos del destino han querido que la reciente integración en el patrimonio público de la que fue no sólo un refugio veraniego sino una parte importante de su propio proyecto creativo: las Torres de Meirás, por ella diseñadas, ponga de actualidad a esta mujer a la que ya se ha comenzado a zaherir por el uso que debe tener esa vivienda o por la interpretación de su feminismo, en el que muchos yerran al interpretarlo desde el feminismo de 2021 y no en el contexto, donde por lo que se luchaba más por espacios íntimos y profesionales, que por una revolución colectiva.

En 1851 nace Emilia Pardo Bazán en el seno de una familia acomodada, con títulos nobiliarios, buenas rentas y el respeto social de la comunidad coruñesa. Lectora apasionada desde niña, satisfacía esa pasión en la biblioteca de su padre, al que siempre estuvo muy unida, y con quien contó como apoyo ante sus proyectos vitales. La Biblia, la Iliada y lecturas más ruborizantes, como las de Victor Hugo, Sand o Dumas, fueron componiendo el espíritu literario de esta mujer que se casó a los 17 años en un matrimonio que tuvo tres hijos y que se fue ajando, deshaciéndose de manera íntima al ser lo que ella define como «un matrimonio mal orientado», tal y como recoge en su completa biografía Isabel Burdiel, a la que se le puede sumar la escrita por Eva Acosta ‘Emilia Pardo Bazán. La luz en la batalla’.

Siempre fue su deseo participar de la vida pública de aquella España de la Restauración y del cambio de siglo, en la que los nombres de los Pereda, Clarín o Benito Pérez Galdós -con el que tuvo una especial relación como se ve en lascartas de ella en el libro Miquiño mío. Cartas a Galdós (Turner)- marcaban no sólo el espacio literario sino mucho de la atención de una sociedad que comenzaba a volcarse en los medios de comunicación y en la novela como entretenimiento pero también como conocimiento propio.

Su carácter decidido la hizo intervenir desde numerosas tribunas para analizar los acontecimientos del país. Conocedora de varios idiomas, con París como uno de sus destinos habituales, repartía su vida entre su vivienda coruñesa de la rúa Tabernas, la Granja de Meirás —donde se construirían las Torres en las que viviría entre 1908 y 1921— y Madrid, su objeto de deseo por estar donde se manejaba el destino literario de la nación. El nombre de Emilia Pardo Bazán comenzó a sonar con fuerza gracias a una polémica, la publicación de un ensayo, La cuestión palpitante, en el que se adentraba en la moda literaria de la Europa del momento, como era el Naturalismo francés encabezado por Zolá. Pardo Bazán se aleja del determinismo de ese movimiento y apuesta por el realismo, algo así como un menos Zola y más Cervantes, lo que la acerca a la novelística de Galdós y eso se comenzará a ver en su novela La tribuna (1883), ambientada en la fábrica de tabacos de A Coruña y en la que se atisba ese realismo social que también busca ahondar en las condiciones de trabajo de las mujeres en dicha fábrica. Esta fue la segunda novela de Emilia Pardo Bazán, con la que comienza a adquirir fama literaria.  Años más tarde, otro ensayo sobre La Revolución y la novela en Rusia, venía a demostrar su conocimiento de las corrientes literarias europeas y su afán por divulgar sus conocimientos en España.

Su interés por opinar de todo cuanto sucedía en España provocó la reacción de muchos hombres como Clarín, Pereda, Murguía o Zorrilla,

En 1884 se separa de su marido, José Quiroga, y ese mismo año lucha como escritora por la profesionalización de los derechos de autor desde la Asociación de Escritores. También desde la prensa, en la que participó de manera habitual durante toda su vida: El Imparcial, Heraldo, Blanco y Negro, ABC, La Ilustración Artística, evidenció esa construcción propia de la intelectual y era constante su interés por opinar de todo cuanto sucedía en España, lo que provocó la reacción de muchos hombres como Clarín, Pereda, Murguía —con el que tuvo una malísima relación— o Zorrilla, que la calificó como La Insoportable.

Lo que parece claro es que a muchos les molestaba aquella mujer corpulenta, emperifollada con plumas y sombreros, amante de la moda, capaz de debatir con cualquiera de ellos y de la que nadie pudo poner en duda nunca ni su talento literario ni su capacidad de trabajo, que la llevó a una larguísima producción que sólo en cuentos breves se cifra en más de seiscientos. A esa narrativa breve es el momento de sumarle sus dos grandes novelas, publicadas de manera sucesiva: Los Pazos de Ulloa (1886) y La madre naturaleza (1887). Todo un éxito aplaudido por Galdós y por Pereda.

En ese tiempo en el que comienza la cercanía entre Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós, una relación amorosa que tendrá su reflejo en toda una serie de cartas. Las de él a ella se debaten aún entre las teorías de que ardieron cuando Carmen Polo las descubrió en Meirás alteradísima por su fogoso y pecaminoso contenido o las recientes informaciones de que están en manos de la familia de un antiguo académico. Esa relación fue pasando por numerosas fases hasta la muerte del canario un año antes de Emilia Pardo Bazán. Ella nunca ocultó sus deseos por los hombres, conocida también es su aventura con Lázaro Galdiano y en sus personajes literarios hizo gala de los deseos sexuales de la mujer a la misma altura de los masculinos. Su novela Insolación (1889) es un ejemplo de la libertad de la mujer frente a la moral de la época. Su siguiente novela, Morriña, forma una suerte de pareja con la anterior, con la mujer como centro del relato y el destino y el cruce de clases como motor de la acción.

A estas alturas Pardo Bazán es un personaje asentado en la escena cultural española. Su jaulón madrileño recibía a personalidades de todos los ámbitos, desde lo literario a la política y sus artículos en La Ilustración Artística eran una radiografía del pulso del país. Siempre deseosa del fomento de la cultura, de instruir en lo público, se alimentaban así su apuesta de años atrás por el Krausismo y todo lo que esa forma de educar, que derivaría en la Institución Libre de Enseñanza. Esa labor alienta un nuevo proyecto de dos años de duración, una revista que ella redacta en su totalidad Nuevo Teatro Crítico.

Pelearía por entrar en una Real Academia de la Lengua que le cerraría las puertas una y otra vez

Ese avanzar en el papel de la mujer la lleva a ser la primera responsable de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid y a pelear por entrar en una Real Academia de la Lengua que le cerraría las puertas una y otra vez. Traduce ‘La esclavitud femenina’ de Stuart Mill, un texto fundamental en cuanto a la igualdad de sexos, y sus relatos no dejarán de mostrar a la mujer ante situaciones de desamparo frente a los hombres, en unos textos llenos de violencias, abusos y degradaciones que hoy podemos rastrear en el volumen El encaje roto (Editorial Contraseña). También su visión empresarial tiene cabida de manera casi pionera en el mundo de las letras. Editará sus obras completas y crea la Biblioteca de la Mujer en la que incluirá dos libros sobre recetas gastronómicas.

El mundo avanza y los nuevos tiempos aceleran su ritmo de vida mientras  va llegando a su fin. Sus compañeros de viaje fallecen año tras año: Clarín (1901), Valera (1905), Menéndez Pelayo (1912) y su querido Galdós (1920). El tiempo se agota y en 1905 Emilia Pardo Bazán publica su última gran novela, La Quimera, basada en la vida del pintor Joaquín Vaamonde, muy próximo a la familia. El refugio de Meirás ya está acabado y allí se instalará para otear el horizonte de las mariñas coruñesas, fieles compañías hasta su muerte el 12 de mayo de 1921.

Su universo, entre el Madrid al que aquella niña lectora soñaba llegar y A Coruña de la que nunca se despegó, quedaba reducido al impacto en la sociedad de su época durante los años siguientes a su muerte y a un posterior olvido. Si algún valor tienen estos años conmemorativos es el de poder recuperar lecturas y conocimientos de aquellos a quien se recuerda y para ello pocos homenajes mejores que volcarse en sus escritos. La Biblioteca Nacional abrirá una amplia exposición sobre su obra el 21 de mayo, que posteriormente se trasladará a A Coruña. La Real Academia Gallega, de la que fue presidenta de honor y donde se guarda buena parte de su legado, prepara un congreso sobre su figura al igual que la Universidade da Coruña. Editoriales como Alianza ya han anunciado la reimpresión de títulos y una selección de textos sobre la situación subalterna de la mujer en la sociedad del momento. Este año tendrá a Emilia Pardo Bazán y a su redescubrimiento uno de los focos de atención mientras aguardamos al futuro de las Torres de Meirás,  repleto de lecturas de sus obras, de símbolos en capiteles y ornamentaciones hace de este conjunto arquitectónico una obra más de su producción, una parte más de Emilia Pardo Bazán: genio y figura.

Emilia Pardo Bazán de Isabel Burdiel
Isabel Burdiel recupera la figura de Emilia Pardo Bazán mostrando sus múltiples facetas, rastreando sus paradojas, lo que la convirtió en una mujer repleta de contradicciones estéticas, emocionales y políticas que se sintió a la vez cosmopolita, europea e intensamente nacionalista española; reaccionaria y progresista; excéntrica, subversiva y amante del orden pero sobre todo fue una de las grandes novelistas del siglo XIX europeo, extraordinariamente popular y traducida en vida a numerosas lenguas.

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