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Aquilino, que no emigró

Aquilino Barreiro, ampliamente octogenario, ocupó buena parte de los últimos años de su vida reflexionando sobre su pasado. Sobre un instante concreto de su pasado, el que desencadenó el resto de la vida que había sentido, llorado y reído. 

También hizo durante aquella última etapa un trabajo paciente entre familiares y amistades para convencer a alguien de que le acompañara a revivir aquel remoto instante. Su problema era que no sabía cómo explicarlo, o no se atrevía. Durante casi una década dejó caer en cada reunión familiar, como cada vez que se juntaban más de cuatro en su vieja taberna, que le encantaría hacer otra vez el Camino, pero algo le impedía sincerarse sobre los motivos. Nunca se atrevió a explicar el porqué de la vida que había vivido por mucho que se lo preguntasen o se lo recriminaran. Temía que no lo entendieran, que todo sonara a excusa, que lo tomaran como a un anciano lunático con una idea delirante fijada en su mente. Sentía vergüenza de compartir aquel viejo instante.

Con el transcurrir de los años comprendió que el tiempo que le quedaba, como a todos los de su edad, se comprimía como un peso sobre un globo al que no le queda otro remedio que explotar más pronto que tarde, así que empezó a perder toda esperanza. Podría intentar hacer el Camino solo, pero no sabía si tendría fuerzas. Dejó de insistir hasta olvidar el asunto. Era consciente de que su insistencia se convertía para los demás en una chanza. El fracasado que no había sido capaz de emigrar para prosperar, la excepción del pueblo. 

Así pasaron un par de años hasta que un buen día, sin venir a cuento, su nieta Maruxa, con toda la familia rodeando a un cocido, le dijo las palabras mágicas: "Abuelo, va, hacemos el Camino tú y yo". Aquilino miró de uno a otro lado. A su edad sabía que lo más práctico ante situaciones inesperadas era observar a los demás, no por aprender nada de ellos, sino por comprobar cuántos estaban a favor o en contra, para medir sus fuerzas. Sabiéndose vencedor, dejó que lo discutieran.

Maruxa no tenía especial interés en hacer el Camiño. Lo hacía por el abuelo Aquilino. Nunca le había prestado mucha atención y fue su manera de compensarlo: quería además tener una vivencia compartida, un recuerdo, algo que contar en el futuro. Lo dijo casi sin pensarlo y sin venir a cuento: "Abuelo, va, hacemos el Camino tú y yo». Se acordó que harían etapas cortas, al ritmo del anciano, que estaba en buena forma para su edad pero no para hacerse 30 kilómetros de un tirón. Donde no hubiera albergues dormirían en pensiones o en hoteles y la mochila de Maruxa pesaría más de lo habitual para no cargar la espalda de Aquilino.

Y así fue. Caminaban algo a ratos y hablaban mucho; se detenían cada poco, en cada fuente, frente a cada iglesia románica o a cada árbol que albergara un nido. "Más que el Camino estamos haciendo el Paseo, abuelo", decía mucho Maruxa y hacía reír a Aquilino.

Así transcurrió más de una semana. Aquella noche habían dormido en un albergue. Cuando Maruxa despertó le dijeron que Aquilino había madrugado, desayunado y había salido. Maruxa salió a buscarlo, preocupada. Lo vio a lo lejos, alejado de la senda, sentado sobre una pequeña roca. A paso apurado se dirigió a su encuentro.

-Siéntate -dijo Aquilino dando unas palmadas sobre la piedra-. Aquí mismo, sentado aquí, fue donde empezó todo. Yo tenía tu edad. Todos iban a América. Unos llevaban a otros. Algunos volvían para casarse y regresar, para montar allí una familia; casi todos luego empezaron a pasar el verano. Muchos prosperaron allí y se hicieron ricos, o millonarios. Cuando llegaban compraban un Mercedes, arreglaban la casa o construían un chalet. Pasaban aquí un mes o dos y se volvían a Argentina, a México, a Brasil, a los Estados Unidos, a donde fuera que tuvieran su vida y sus negocios. En fin, mis padres decidieron que me tocaba emigrar. Un hermano de mi madre, bien situado en Buenos Aires, me ofreció un trabajo y mandó el dinero para el pasaje. En la carta que recibimos en casa, recomendaba de forma insistente que antes de mi gran viaje vital peregrinase a Compostela.

-A ver, abuelo, bebe un poco, anda, que te estás deshidratando de tanto hablar -dijo Maruxa mientras le ofrecía su cantimplora. Aquilino sonrió mientras daba un trago.

-Gracias, Maruxa. ¿Sigo?, sigo. Pues hubo debate en la taberna entre los que decían que el peregrinaje daba suerte y citaban varios ejemplos de vecinos que se habían enriquecido en América tras recorrer el Camino; otro grupo, igualmente combativo y equilibrado en número, exhibía a otros tantos que se habían enriquecido igualmente sin perder el tiempo en peregrinar antes del viaje. En América, decían, cada día que se pierde es dinero que no se gana. Como siempre, triunfó la tercera vía, la de los filósofos de la parroquia, Herminia y Xosé, los líderes naturales, quienes tras escuchar atentamente a todos los demás dictaminaron que peregrinar a Compostela daño no me iba a hacer.

-Abrevia, Aquilino -sugirió la nieta posando su brazo sobre los hombros del abuelo.

-No abrevio, no, que esto llevo toda la vida esperando para contárselo a alguien -respondió el abuelo tajante-. No falta mucho. Me fui a Tui como pude y empecé a caminar, como ahora contigo. Por aquella época no peregrinaba mucha gente y menos cuando no había Año Santo, y los caminos no estaban arreglados ni señalizados, o sea que fui solo y casi a ciegas, pero avanzando. Un día, como hoy, igual a este día, me levante y me senté aquí, sobre esta misma roca y vi esto que estás viendo tú. Fíjate, el sol está detrás de ese monte de ahí, pero ya nos entrega su luz. Si miras un poco hacia la izquierda verás una cascada, escúchala -hizo una pausa-. ¿La oyes? No es muy alta ni caudalosa, pero con esta luz el agua brilla al caer. Y mira a lo lejos, qué preciosidad de montañas. Y huele, Maruxa, la hierba recién regada por el rocío.

-Sí, es hermoso -reconoció ella tras una larga pausa en la que todo lo vio, lo escuchó y lo olió. Tomó al abuelo de la mano-. ¿Y qué pasó?

-Pues pasó que comprendí que nunca, en ningún lugar del mundo vería algo tan hermoso, y que toda Galicia es así, pero nunca me había fijado. ¿Qué iba a hacer yo en Buenos Aires? ¿Dejar esto para siempre? Así que a la vuelta anuncié que me quedaba y nunca expliqué el motivo. ¿Cómo explicas algo así? Por eso siempre quise volver a este lugar, porque mi camino, el de mi vida, empezó aquí mismo, sobre esta roca, y ahora ya puedo un día morirme porque ya lo he completado. Gracias, Maruxa, por traerme. De corazón te lo digo.

Maruxa no contestó. Sólo abrazó a Aquilino muy fuerte.

Aquilino, que no emigró
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