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Por la baldosa del Xacobeo

ALFREDO y Antía llevaban cinco años esperando la gran ocasión. Desde que se habían ido a vivir juntos tras sendas separaciones anteriores, nunca habían podido compartir más que una semana de vacaciones. Siempre soñaban con poder coger los dos el mes entero y hacerlo cuadrar para que fuera el mismo mes.

Así fue al fin. Para facilitar la tarea habían planteado tomar sus vacaciones del 15 de octubre al 15 de noviembre, fecha que sus compañeros no discutieron y a los jefes les pareció bien: raro pero bien. Cuando todo se confirmó empezaron a hacer planes en una tormenta de ideas en la que la única condición era hacer algo diferente, pues las semanas de las que habían disfrutado juntos siempre las habían empleado en hacer el Camiño. Era una buena opción para una semana en la que recuperaban algo la forma física, disfrutaban de su tierra y de su país, conocían nuevos lugares pues hacían rutas diferentes, respiraban aire limpio, conocían gente nueva y llegaban emocionados a Compostela y vuelta a la vida laboral.

Historias del CaminoDespués de media hora de debate, Antía y Alfredo decidieron coger el coche e ir a Sevilla como primer destino. Luego ya decidirían sobre la marcha. Vivirían una road movie sin itinerario determinado. En esa época del año había habitaciones libres en la mayoría de los hoteles y podrían ir recorriendo la península entera decidiendo cada día qué harían el siguiente, en entera libertad, convirtiendo ese mes en una aventura no planeada, dejándose llevar por el instinto o la improvisación.

Así lo hicieron. Dos días tardaron en llegar desde Lalín, su lugar de residencia hasta Sevilla. Fueron con calma, escuchando música, parando de vez en cuando para comer algo y estirar las piernas, turnándose para conducir y durmiendo a medio camino. Estaban disfrutando de aquel viaje diferente y tan anhelado. Al llegar a Sevilla encontraron un hotel encantador en el barrio de Santa Cruz, en pleno centro histórico y se registraron para pasar una sola noche confirmando que, llegado el caso igual pasaban otra noche más.

Al día siguiente, el tercer día, se levantaron tarde, desayunaron sin prisas y se fueron a pasear sin destino, pero en unos minutos se encontraron frente a la catedral. Subieron a la Giralda, conocieron la catedral y se fueron a comer. Volvieron al hotel para descansar un rato y dedicaron la tarde a conocer el Real Alcázar, un hermoso palacio, y sus jardines espectaculares.

-Bueno, fue un buen día -dijo Antía mientras paseaban buscando un lugar donde cenar.

-Sí, ¿y mañana qué? ¿Se te ocurre algo? -preguntó Alfredo.

-Pues no sé. Podemos quedar por aquí un día más. Seguro que hay mil sitios que visitar -dijo sin mucha convicción.

-Puede ser -contestó Antía en igual tono.

Mientras cenaban siguió la conversación. Podrían ir a Córdoba o a Marbella, o acercarse a Mijas, sugerían una o el otro mientras consultaban en sus móviles lugares, distancias, hoteles y restaurantes. No llegaron a ningún acuerdo. "Si acaso, si no se nos ocurre nada –dijeron–, cogemos el coche y a donde nos lleve. Es una aventura, ¿no? Llevamos años esperando estas vacaciones, malo será que no acabamos en un buen sitio". Paseaban luego en silencio cuando vieron en una esquina una de esas baldosas que hay por todas partes con la concha del Camiño, amarilla con fondo azul Sargadelos. Se detuvieron frente a ella. Luego se miraron, sin que en principio ninguno de los dos se atreviese a decir lo que estaban pensando ambos y volvieron la mirada de nuevo hacia la baldosa. Finalmente hablaron los dos a la vez: "¿Cuánto hay de aquí a Santiago?", preguntó Antía mientras Alfredo a su vez sugería: "Podemos hacer el Camiño". Tras la carcajada, fueron a paso ligero al hotel. Dedicaron unos minutos a acordar la mutua rendición.

-A ver, esto es exactamente lo que no queríamos hacer -dijo ella mientras él asentía-. Llevamos años intentando cuadrar nuestras vacaciones para no hacer el Camiño, para hacer algo diferente.

-Ya, ya, eso es verdad. También es cierto que hoy lo pasamos muy bien. Conocimos una ciudad muy diferente a las nuestras, visitamos lugares increíbles, no sé…

-¿Y tú nos ves un mes haciendo esto, de catedral en catedral, de museo en museo? -preguntó Antía.

-No sé. Puede hacerse muy largo este viaje, sí -reconoció Alfredo mientras abría su portátil y lo arrancaba.

-Y total, hacer el Camiño desde Sevilla no deja de ser un reto, y también conoceremos nuevos lugares, no sé, me parece mucho más divertido.

-Ya, y más aventurero también.

-Y más barato.

-Pues eso. A ver -informó Alfredo consultando la pantalla-: de Sevilla a Compostela en una ruta a pie hay exactamente 782 kilómetros. Aquí pone que son 161 horas caminando, o sea que si dividimos eso entre los 26 días que nos quedan de vacaciones nos sale a una media de 26 kilómetros y unas seis horas diarias de caminata. O sea, etapas normales.

-Es perfecto -asintió Antía mirando el mapa-. Y si te fijas, buena parte atraviesa Portugal.

-Tendremos que madrugar mañana y hacer unas compras antes de salir.

-¿Y el coche?

-Ah, pues sí, el coche. Podemos hacer dos cosas. Dejarlo aquí y ya lo vendremos a buscar, o les pagamos a tus hijos unos billetes de avión y algo de dinero para que lo lleven de vuelta. Gasolina, comer, cenar y dormir. Pueden hacerlo en dos o tres días. Pues como nosotros cuando vinimos.

-Seguro que les apetece.

A media mañana del día siguiente estaban en marcha. Habían comprado lo justo para empezar el viaje. Ya se proveerían del resto por el camino. Caminaban sonrientes. Les divertía el cambio de idea. A fin de cuentas habían planeado el viaje como una locura improvisada y eso era exactamente lo que hacían.

-¿Tú crees que el próximo año podremos coger las vacaciones juntos? -preguntó ella.

-Yo creo que sí, si hacemos como este año. Ni en tu empresa ni en la mía son semanas de mucho trabajo y ningún compañero quiere estas fechas. El problema que teníamos es que siempre entrábamos en las peleas del verano, que es cuando todo el mundo quiere disfrutarlas y así era más complicado.

-Es que se me ocurre que podríamos hacer lo mismo. Desde Roncesvalles, yo qué sé, o desde Barcelona.

-Vale, me apunto -dijo Alfredo.

-Lo que es la vida -dijo Antía pensativa tras dos kilómetros de silencio.

-¿Por qué lo dices? -preguntó él.

-Nada, por la baldosa del Xacobeo.

Por la baldosa del Xacobeo
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