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Los rezagados

Portada Camino

Así como empezaron a caminar, Idoia y Jon tuvieron las primeras dudas. 54 años tenían ambos, pareja desde los 20. En todo aquel tiempo habían hablado en muchas ocasiones de hacer algún día el Camiño, uno de esos planes recurrentes que por lo general nunca se cumplen. Con la pandemia, el confinamiento, los cierres perimetrales, los toques de queda, los parones de la hostelería, habían pasado mucho tiempo juntos en el último año y medio. Demasiado. Un día de aburrimiento se pusieron a hablar y de puro aburrimiento volvieron al asunto del Camiño y se prometieron hacerlo, esta vez en serio, en cuanto las condiciones sanitarias se lo permitieran. "No vale rajarse", dijo ella y él asintió convencido.  

Lo cierto es que no estaban en las mejores condiciones. Ni él ni ella habían sido nunca grandes deportistas, ni siquiera buenos caminantes y tras tanto tiempo de nula actividad durante el que apenas se habían movido de casa más que para hacer un recado o tomarse una caña en el bar de abajo, él en Erte y ella teletrabajando, llegó el momento y como no valía rajarse ninguno de los dos se atrevió a dar el paso de suspender una vez más el proyecto, así que ahí estaban, caminando desde Zubiri a Compostela para hacer casi entero el Camiño francés. 

Ni cinco kilómetros llevaban cuando se dieron cuenta de que no podían seguir el ritmo. Aún así se esforzaron y caminaron un poco más en silencio, esperando uno que la otra se rindiera de una vez y viceversa.

-Dicen que a medida que avanzas y pasan los días, en cada etapa te encuentras mejor -dijo Jon al fin resoplando.

-Dirán, dirán -fue todo lo que Idoia pudo contestar sin ahogarse.

-Teníamos que haber fumado menos estos últimos meses -reconoció él.

-Ya lo sé -asintió ella. Idoia se quitó la mochila de la espalda, la dejó en el suelo y se sentó junto a ella.

-¿Qué haces?

-Descansar.

-Pero no vale rendirse -recordó Jon esperando que ella lo contradijese.

Idoia no contestó, así que Jon se sentó a su lado y sacó una botella de agua. Así estuvieron un buen rato en silencio, pensando en cómo salir airosamente de aquella situación. Acababan de salir y ambos, cada uno por su cuenta, estaban pensando que habían tomado una mala decisión. Mientras estuvieron allí sentados pasaron unos cuantos peregrinos apurando el paso y uno más, de edad más avanzada, a lo lejos, que iba demasiado lento. "Otro que no puede", pensó Idoia mientras el hombre se acercaba a paso de tortuga. Al llegar a su altura, se sentó sin decir nada y así permaneció un buen rato.

-¿Principiantes? -preguntó al fin-. No os preocupéis. Llevo más de veinte caminos. Suelo hacerlo todos los años, un verano el francés y al siguiente el portugués, o sea que he aprendido a reconocer situaciones. Os lanzasteis a lo loco y aquí estáis pensando en cómo tirar la toalla. Alguna gente lo hace. Se toman cada etapa como una carrera, como esos chicos que pasaron antes. Salieron con retraso y quieren recuperar el tiempo. Yo empecé así, hasta que me di cuenta que los que mejor llegan y disfrutan el Camiño son los rezagados. ¿Queréis probar?

-¿Rezagados? -preguntó Idoia.

-Exacto. Cada día se forma un grupo de rezagados. Los que se van quedando atrás porque se les atraviesa la etapa, los que se detuvieron a visitar a un conocido, los que se entretuvieron haciéndose fotos en un lugar hermoso, los que pararon en un bar a refrescarse y tardaron más de lo esperado, los que están de resaca porque la noche anterior en la cena tomaron un vino de más. Y luego están los derrotados, como vosotros. Yo soy el rey de los rezagados. Voy haciendo de hombre escoba recogiendo todos esos despojos y acompañándolos hasta el final de cada etapa, charlando con ellos, animándolos, enseñándoles algún truco de experto, cosas así.

-¿Y por qué lo haces? -preguntó Jon.

-Bueno, no sé, por varias razones. Me entretiene, eso por un lado; y luego porque yo creo en el Camiño. Soy muy religioso y también algo supersticioso, así que atrapo la magia y utilizo mi fe para evitar que otras personas se rindan. Sé lo que se siente al llegar al destino, y eso no es comparable a ninguna otra sensación. Me gusta decirle a la gente que Dios acompaña a los peregrinos, se lo crean o no. Yo lo creo y así lo transmito.

-Eso de Dios, perdona, no sé si funcionará para nosotros -dijo Idoia mientras Jon asentía.

-¡Eso da igual! Funciona para mí, y le agradezco a Dios cada vez que llego al final de una etapa acompañando a uno que cojea o a dos infieles como vosotros -sonrió- que están tirando la toalla nada más empezar. Así que hago una cosa. Me siento aquí, si me lo permitís, mientras tomáis una decisión. ¿Que resolvéis continuar? Pues vamos poco a poco, a vuestro ritmo, yo os acompaño y os asisto en lo que pueda. ¿Que optáis por rendiros? Bueno, será un pequeño fracaso para los tres, pero la vida seguirá y yo os tendré en mis oraciones.

-Llevamos poco más de 5 kilómetros -se excusó Jon-. Faltan casi 15 y así cada día durante semanas.

-Sí, y hay etapas duras. La entrada en Galicia es dura y las últimas etapas cuestan, pero os aseguro que cada día es un gran triunfo y que terminar el Camiño es una experiencia inolvidable. Y si no conocéis la tierra gallega no hay mejor manera de hacerlo. ¿Qué me decís?

Jon e Idoia estuvieron pensándolo un rato.

-Bueno, pero no vale rajarse -dijo Idoia riendo.

-No, no vale rajarse -repitió Jon.

No volvieron a ver a su acompañante de aquel día, el rey de los rezagados, ni llegaron a preguntarle el nombre, algo que siempre lamentarían, pero desde que llegaron a Compostela y en adelante lo recordaron toda su vida como San Rezagado.

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