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Dos mochilas y un destino

Maita se perdió en el paisaje. Aquel fondo de lejanas montañas verdes que parecían surgir unas sobre las otras y se perdían en el infinito y aquel cielo limpio sobre el que volaban unas nubes nada amenazantes. Se escuchaba apenas la llamada de algún pájaro y el suave crujir de alguna rama entre conversaciones ajenas de peregrinos.

Le pareció un lugar esplendoroso, uno de tantos que había visto a lo largo del Camiño, un buen recuerdo para llevarse la imagen. Odiaba los selfies. Para Maita, un selfie es un autorretrato mal hecho, con una sola mano y una pose forzada, antinatural. Apoyó la mochila en la base de un árbol y pidió al primer peregrino que pasó que le hiciera una foto.

-¡Ah, por supuesto! -accedió José Luis mientras dejaba su mochila junto a la otra.

José Luis había decidido hacer dos etapas nada más, aprovechando un fin de semana libre. Todos lo fines de semana y el resto de los días eran libres para él, que estaba jubilado, pero trataba de organizar su vida para tener siempre algo que hacer, fingiendo ante el espejo que era un hombre ocupadísimo.

-Pues bien elegido ese fondo - dijo-. Hasta esa alambrada y esos postes de madera le dan un aire atemporal. Luego me haces una foto a mí -añadió mientras cogía el móvil de Maita.

Hizo varias fotos desde distintas perspectivas y luego cambiaron el turno. Estuvieron un par de minutos presentándose y compartiendo experiencias, el tema recurrente entre peregrinos.

-¿Tú crees en el destino? -preguntó él.

-Buf, así de golpe me pillas desprevenida. No suelo pensar en estas cosas. Todo el mundo me dice que soy demasiado práctica. No sé… -dudó Maita.

-Bueno, no es mala solución, lo digo en serio. Yo es que no soy capaz. A mi edad ya no me queda más remedio que buscar algo en lo que creer.

-¿El destino no es algo así como la suerte?

-Puede ser, pero prefiero verlo como algo decidido de antemano por…, por el destino.

José Luis dijo que iba a descansar allí unos minutos perdiéndose en el paisaje y Maita se despidió. Las mochilas eran iguales, misma marca y modelo. Maita cogió por error la de José Luis, se despidió deseando buen Camiño y siguió su andadura. En una bifurcación del camino, eligió una ruta un poco más larga y complicada. Llevaba varios días cogiendo tono muscular y ritmo, así que como iba bien de tiempo decidió poner a prueba sus piernas.

José Luis llegó al albergue, se registró, se duchó y decidió darse una vuelta por el pueblo, buscar un lugar en una terraza, picar algo y beberse una cerveza helada. Al abrir la mochila para cambiarse, advirtió el error. Se asustó al principio, pero pronto se repuso y se convenció de que no era un error en absoluto, sino una cosa del destino, idea que se reforzó cuando se puso una minifalda de Maita y comprobó que le sentaba divinamente, pues era de su talla. Luego se puso un top rojo fuego y unos zapatos de medio tacón que también parecían hechos para él.

Encontró un bolso, lo abrió para estudiar su contenido y a los dos minutos ya estaba maquillándose. Se lio un poco con el pintalabios a causa de su poblado bigote, pero finalmente quedó a gusto con el resultado. Cuando volvió a cerrar la mochila advirtió que tenía una chapa con un símbolo feminista. Definitivamente, el destino había querido que Maita se confundiese.

A pocos kilómetros de distancia, Maita también descubrió en su albergue el error. Saldría a comprar algo de ropa, pero para ello tuvo que ponerse unos pantalones de tergal, una camisa blanca y unos zapatos de de un negro brillante y con discretos cordones igual de negros. Sintiéndose como un enterrador, salió a todo correr sin pensar en que era hora de comer y todas las tiendas estaban cerradas. Muy enfadada por el cambio de las mochilas, pensó en el pobre José Luis y en lo mal que lo estaría pasando, a su edad y con la mochila de una chica.

José Luis, por su parte, estaba feliz. Cumpliendo con su destino, paseaba con la ropa de Maita y no tardó mucho en llevar el bolso con total naturalidad. Paseando por el pueblo, pidió a algunos vecinos que le hicieran fotos y algunos posaron con aquel señor tan simpático que iba vestido de chica porque, decía, no podía llevársele la contraria al destino.

Al día siguiente tras desayunar, José Luis retomó el Camiño. Unos metros atrás, Maita reconoció al instante su chándal ajustado a las piernas de José Luis y echó a correr tras él.

-José Luis, perdóname. Me llevé tu mochila sin querer lo juro. ¡No veas la mala tarde que pasé, y de la noche ni te cuento! No pegué ojo.

-¡Ah, estás aquí! No te preocupes. Yo viví una de las experiencias más emocionantes de mi vida, y mira que es larga. ¡Lo pasé Bomba!

-¡Pero qué dices! ¡Si te dejé tirado con mi mochi…!

-¡Mira, mira! -José Luis ya estaba con el móvil enseñándole las fotos-. Mira qué bien me sienta tu ropa. Y es mucho más cómoda de lo que hubiera imaginado. Mira, ésta es una pareja encantadora, peregrinos también, de Badajoz. Me invitaron a una caña.

Maita no pudo evitar una marea de carcajadas.

-¿Pero de verdad has ido así por ahí?

-Así lo decidió el destino, no yo

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