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Las novias y el ladrón

Elena y Lúa caminaban de la mano. Nunca se habían atrevido a hacerlo. Fueron al principio bebés del mismo vecindario, casa con casa; luego compañeras de guardería, de colegio y de instituto. Ahí se convirtieron en una pareja secreta. A su edad de quinceañeras y en su época, no estaba bien visto que dos mujeres se convirtieran en novias y así fueron pasando los años. Ellas mismas no sabían cómo manejar aquello. Había parejas homosexuales que empezaban a hacerse visibles en los años ochenta, pero el lesbianismo quedaba tan lejos de aquella época, de su pueblo y de su vida, que jamás lo hicieron público durante los primeros años de su madurez. Por eso decidieron hacer el Camiño, para vivir una experiencia real sin complejos ni reproches. Algo tan sencillo para cualquier pareja como caminar del brazo o cogidas de la mano era para Lúa y Elena una experiencia tan única como maravillosa. Y tras tantos años de secretos a voces en el pueblo, comenzaron el Camiño.

Tania SollaCuando se hartaban de caminar, paraban en una fuente o sacaban algo de la mochila para comer y reemprendían el viaje, siempre de la mano o cogidas del brazo, como la pareja que eran. Estaban felices por no tener que esconder su amor por primera vez en años. En toda la vida. Allí, les habían dicho, había tal diversidad de gente que nadie era más raro ni más diferente que nadie, y comprobaron que así era.

Aquél día estaban descansando una sentada sobre el muro y la otra en el suelo utilizándolo como respaldo. Estaban a pocos metros del albergue donde pensaban ducharse, echar una siesta y salir luego a comer y a conocer un poco el pueblo. Ni una ni la otra estaban acostumbradas a recorrer kilómetros caminando cada día, pero eran tan felices como nunca lo habían sido en la vida por el simple hecho de comportarse al fin como una pareja sin sufrir por esconderse.

Se acercó un hombre maduro, de unos sesenta años, calcularon a ojo y si decir palabra se aposentó sobre el muro, encendió un cigarrillo y les tendió el paquete ofreciéndoles fumar.

-Sí, gracias -dijo Elena mientras Lúa rechazaba la invitación con un gesto, aclarando que había dejado el tabaco hacía más de un año. 

-Contadme vuestra historia -pidió el hombre.

-¿Cómo? -respondieron ellas a la vez.

-¿Cuál es vuestra historia? Todo el mundo tiene una, que cada persona, cada pareja, cada familia, cada pueblo es diferente. Os he visto caminar delante de mí todo el día preguntándome…, se ve que sois pareja, que vais de la mano, pero eso es cosa vuestra. Hagamos un trato: me contáis vuestra historia y os cuento la mía, que creo que es más formidable. ¿Va?

Elena y Lúa se miraron durante unos segundos a los ojos y se pusieron de acuerdo sin necesidad de más gestos. Fue Lúa la que empezó a hablar.

- Somos novias -dijo-. Sólo lo sabemos nosotras aunque creemos o tenemos la certeza de que otra gente lo sospecha. Somos de un pueblo donde cuando los secretos no se saben se convierten en rumores. El caso es que cuando íbamos a ir a la Universidad, Elena para hacer Historia y yo Periodismo, mi padre enfermó de gravedad. Uno de esos cánceres interminables que acaban mal, así que yo tuve que quedarme a cuidar la tienda de la familia mientras mamá atendía a papá. Una agonía. Al cabo de poco tiempo murió también mi madre: el covid éste maldito. Y ahora no sé qué hacer con mi vida. Puedo vender mi casa con el local de la tienda y con eso irme a Compostela con Elena, pero no sé. Me da pena malvender la herencia de mis padres, con el trabajo que les dio. Y esa es nuestra historia.

-Yo soy ladrón -dijo para sorpresa de ambas-. Me llamo Antonio, por cierto. Me especialicé en el arte sacro. La gente no tiene ni idea de los pequeños tesoros que se guardan en ermitas e iglesias, a menudo olvidadas en armarios de sacristías o de casas rectorales. Cálices y copones de oro y plata, tallas de santos y santas, cuadros… Son fáciles de vender pues no suelen estar ni siquiera catalogadas, y con eso voy tirando.

-Pero esas piezas son de los feligreses -dijo Elena-. Es a ellos a quienes robas.

-Esas piezas, queridas amigas, fueron en su día adquiridas con el sudor de los feligreses, pero no son suyas, sino de la Iglesia, que las desprecia hasta el punto de que cualquiera puede robarlas. Yo en ocasiones ayudo a gente que creo que lo necesita con el producto de esos robos. No soy un Robin Hood, eso que quede claro, ni pretendo justificarme pero no todo lo que robo es para mí. No necesito tanto. El caso es que, si lo hacéis disimuladamente podréis ver a esos dos hombres que están pocos detrás de nosotros. Son policías. Llevan todo el día siguiéndome y me detendrán en cualquier momento.

-¿Y por qué no escapas? -preguntó Lúa.

-Nah, no tienen nada. Se habrá denunciado algún robo y como me tienen fichado vienen a por mí. Me detendrán, me interrogarán y me soltarán, como siempre. Soy muy cuidadoso. Nunca guardo nada ni llevo nada encima. Robo, vendo, cobro y pongo el dinero a buen recaudo en cuanto tengo ocasión. Ya está hecho. Os dejo, que esta gente va a empezar a sospechar que este encuentro no es casual. Ha sido un placer conoceros. Sois buenas personas y os auguro un buen futuro. Entrad en el albergue y registraros. En cuanto salgáis de aquí vendrán a por mí.

-Pues mucha suerte, Antonio, aunque no creo que la merezcas -le dijo Elena con una sonrisa.

La pareja se alejó y en efecto, a los pocos segundos los policías se pusieron en marcha para detener a Antonio. Elena y Lúa se ducharon, se cambiaron, descansaron media hora y se dispusieron a salir a comer. Lúa cogió su mochila para sacar la cartera. Al abrir la cremallera vio un sobre de buen tamaño. Lo abrió extrañada y comprobó que estaba repleto de dinero. Entre dos fajos de billetes había una nota: "Queridas amigas, espero que esto os sirva para empezar la vida que queréis vivir". Cerró otra vez la mochila y comprobando que estaban solas le dijo a su novia lo que ocurría.

-¿En serio? ¿Pero cuánto dinero hay?

-No lo sé, pero un montón. Muchísimo -contestó Lúa.

-¿Y qué hacemos?

-Lo que dice Antonio: empezar a vivir nuestra vida -y pasados unos segundos de silencio, Lúa preguntó-: ¿Pero cuándo escribió la nota y puso la pasta en mi mochila.

-Es un ladrón. Supongo que sabe hacer esas cosas discretamente.

-Es un bendito. Un bendito ladrón. Y muy generoso. 

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