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Carboeiro

Monasterio de Carboeiro. VIAMAGICAE
Monasterio de Carboeiro. VIAMAGICAE
Los músicos tocan sus instrumentos en la arquivolta, cada uno el suyo. ¿Y qué había en esos dos huecos del tímpano? Se quedó solo el cordero, solo.

Con harta frecuencia, el viajero se da cuenta de que ya tiene unos años. Lo nota ahora al encontrar el monasterio de Carboeiro bastante restaurado, y él lo recordaba hecho una ruina. Pero este es, con los árboles rodeándolo y el agua del Deza corriendo cercana y abajo, encañonada y alborotando. La portada sur es la que primero se encuentra. En ella, algunos rostros esculpidos sufren un acusado deterioro, no solo por la erosión, sino porque antaño los rapazuelos de aldeas próximas se entretenían probando puntería con esas cabezas, a cantazo limpio: esta información es de primera mano, pues se la contó –ya mayor y arrepentido, claro– uno de aquellos tiradores. Ante la noticia no se cabrea y casi comprende a los pequeños vándalos, pues tenían que aburrirse en este aislamiento y en algo tenían que pasar el rato: quizá él hubiera hecho lo mismo. Para compensar la 'desfeita', en la misma portada unos angelitos despliegan sus alas con la misma gracia con que podrían hacerlo unos aguiluchos ensayando su primer vuelo o unos cormoranes secándose al sol de cualquier roca marítima. 

Antes de pasar al interior, echa un vistazo a la portada oeste, que tampoco está nada mal, no en vano es la más importante y tiene una completa banda de músicos en una arquivolta. Ya dentro, le sorprenden las abundantes y robustas columnas que –perdónesele el disparate o la alucinación– por un instante le recuerdan a la mezquita de Córdoba, con la que, evidentemente, este monasterio nada tiene que ver y en nada se le parece, más bien todo lo contrario. 

Baja por una corta y pendiente calzada que merecería ser romana. Y atraviesa el río por la Pontiña do Demo, una de tantas en las que Satán hace una de sus tropelías para quedarse con unas cuantas almas, pero al final no se sale con la suya. Afluente del Ulla, el Deza es, pese a su no muy largo recorrido, un río de recia personalidad que da nombre a toda esta comarca. Y antes de dirigirse a su último destino por hoy, el viajero lo vuelve a contemplar pasando por debajo del curioso Arco da Carixa, que debía haber sostenido un puente que nunca llegó a ser, sabe Dios por qué. 

¡Cómo retumba la cascada o 'fervenza' do Toxa! Tras andar por frondoso paraje se llega a su pie. Es la 'fervenza' más alta de Galicia en caída libre: un espectáculo casi sobrecogedor. Por cierto –y para terminar en plan sabiondo– que el topónimo Toxa parece venir de una palabra prerromana cuyo significado estaba relacionado con el agua.

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