2026, el año de lo blando
No cabe duda de que es difícil ponerle una etiqueta a este año siendo este sólo un recién nacido al que le queda toda una vida por delante. Sin embargo, la lectura del ensayo de Blanca Arias Blandito Blandito, ¿Qué le hacemos les feministas al arte? me hizo reflexionar sobre algo que sí tengo claro de este mi vigésimo séptimo año de vida: necesitamos que "lo blando"se apropie de nosotros frente a lo "duro"y "rígido”.
Blanca Arias es una artista e investigadora que trabaja para varias instituciones culturales como la Fundació Miró (Programación Pública y Social) o el Macba en Barcelona. Con su primer libro pretende hacer un viaje por diferentes prácticas artísticas contemporáneas con un carácter feminista, con el fin de desplegar un paisaje de pliegues frente al mundo de la firmeza. Este mundo, continuamente cuestionado en la obra y de índole patriarcal, se antepone a su propuesta, que no es más que una enumeración de obras y de gestos en el ámbito de lo tierno, visceral y sensorial que pretenden hacer partícipe al lector y espectador por su deformabilidad.
La obra comienza con dos cuestiones principales: ¿Es posible ablandar el museo? ¿Pueden las entrañas imponerse a la mirada? Ella define su carácter, con la teoría de Ursula K. Le Guin, como barro: "Así, cuando las cosas o la gente se marchan, no han cambiado, salvo porque tienen barro en los pies, pero yo sí he cambiado. Tú me cambias. No me tomes por granito"Con este pretexto, se deja influenciar por un listado de autoras y obras artísticas que va detallando, y que, como las personas de su vida que forman irremediablemente parte de su propia constitución, también le han cambiado.
¿Quién no ha querido alguna vez que la silueta de un amante se quede para siempre recogida en las sábanas de su dormitorio? La idea con la que más he conectado es con la serie escultórica After de Valeska Soares, recogida en este ensayo. A través de su arte, el mármol se trabaja para que esos rostros y cuerpos de amantes se queden para siempre atrapados en un instante, viéndose esto en almohadas o sábanas que guardan la figura de quienes durmieron allí, jugando con la rigidez del mármol y la fragilidad de estas siluetas esculpidas. Lo mismo sucede con las rodillas de los oradores en un banco de iglesia, que tras la repetición del gesto han conseguido erosionar la dureza de la madera.
Blanca Arias, además, defiende una mirada hacia nosotros mismos como propia arma de defensa en clave feminista. En una época en la que la introspección queda solo relegada a momentos puntuales, ella ofrece un espacio en la que esta sea una finalidad en sí misma. Los gestos involuntarios que nos delatan como seres humanos sensibles como las mejillas enrojecidas por la timidez o las manos sudorosas cuando las entrelazamos se equiparan a un pez globo que se hincha cuando siente miedo o las focas capuchinas que agrandan su nariz para aclarar con quien quieren juntarse. Abrazar esa vulnerabilidad, que puede ser vista por el resto, es lo que nos hace realmente fuertes.
Si algo está claro, es que, un año más, la cuesta de enero en su plenitud no nos está permitiendo experimentar mucho esta propuesta que nos brinda Blandito Blandito. Tan sólo hemos sido bombardeados con discursos desde la rigidez y la dureza. Permitiéndome el lujo de ser claramente superficial y simplista en esta metáfora, el metal de las armas no deja lugar a la transformación o a la elasticidad, y las amenazas resuenan como ecos de un discurso pasado que nunca nos permitió ser "barro”. Quizás, en la larga lista de propósitos que todos los años nos prometemos cumplir, junto a esa suscripción al gimnasio de la esquina y esa dieta para quemar unas supuestas calorías ingeridas de más (ambos propósitos terroríficos), en este año del caballo deberíamos añadir una meta más, y es seguir el consejo de Blanca Arias y dejarnos llevar por lo blando; abrazarlo y hacerlo parte de nosotros.
Sobre la arena blanda
El otoño pasado recuerdo ir con mi perro familiar a la playa. Tras pasar un agradable día, a última hora de la tarde tras la pleamar, la marea comenzó a bajar y encontramos la ocasión perfecta para divertirnos con el tan antiguo como efectivo juego de "lanzar el palo”. Tras finalizar exhaustos (no sé si corrió más el animal o yo), me di cuenta de que la arena recién humedecida había guardado en su memoria todos nuestros pasos, y evidenciaba perfectamente las carreras que ambos nos habíamos pegado. Los pies llenos de arena nos delataban como culpables de tal divertimento.
Con este ensayo de Blanca Arias, que, sin duda, es una obra para leer a pocos y para tener como un manual de curiosidades y de colección de ideas valiosas, me doy cuenta de la importancia de cambiar y de ser cambiados. A la mañana siguiente volvimos a la misma playa y la marea había devorado nuestras huellas, o, como prefiero pensarlo, se las llevó con ella, puesto que primero tuvo que adentrarse en cada agujero formado por nuestros dedos y diminutas patas para poder recomponer el paisaje.