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Otra cultura política

QUIENES PIDEN para Cataluña la creación de puentes en la política catalana y de esta con el Gobierno de España y la renuncia a maximalismos, programa de máximos, deberían encontrar eco y acogida. La primera y fundamental conclusión que habría de seguir a la jornada del jueves es la necesidad de un cambio en la práctica política dentro de Cataluña y también, y necesariamente, en la forma de abordar la ‘cuestión catalana’ dentro de la política española. O este cambio se produce o estaremos condenados todos, no a conllevar como dijo Ortega como si de una enfermedad crónica se tratase, sino a sufrir y a ver agravadas las consecuencias negativas económicas y sociales de un problema no afrontado.

Parece evidente que algunos diagnósticos sobre Cataluña son erróneos y perjudican los intereses de todos. Diagnósticos tales como la opción unilateral, independentismo, que llegó al absurdo de la consulta del 1 de octubre, tras esperpentos parlamentarios, o tales como los que bajo el paraguas de la Constitución pretenden introducir recentralización pura y dura y uniformismo que borre las realidades diferenciadas. Por eso el cambio de cultura política es necesario dentro del secesionismo —un nacionalismo que se quiere imponer a toda una sociedad— y entre quienes entienden España y su unidad como un nacionalismo uniformista. O esto deja de ser un choque de nacionalismos o el diálogo va a resultar muy problemático, con el consiguiente freno para la normal evolución de la economía y la sociedad española.

Podrían empezar por un cambio del imaginario que alimentan a diario los medios públicos tanto estatales como autonómicos catalanes. Estos deberían trasladar a positivo los esfuerzos que dedican últimamente a magnificar el mal. Deberían fomentar el conocimiento. En cuarenta años no se creó autonomismo frente a choque de nacionalismos.

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