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Vandalismo en las calles

La juventud tiene un relevante papel como fermento renovador de la sociedad

VARIAS CIUDADES padecieron disturbios protagonizados por grupos de jóvenes que protestaban contra las restricciones dictadas para evitar el avance del virus. El balance es terrorífico: contenedores quemados, mobiliario urbano destruido, terrazas destrozadas, escaparates rotos, comercios saqueados y 48 detenidos. 

No conozco la filiación política de estos muchachos. No sé si simpatizan con la ultraderecha o la ultraizquierda, si son antisistema, delincuentes habituales o simplemente unos hijos de papá que practican este vandalismo para liberar endorfinas. Es probable que en las calles se juntaran todos estos perfiles de chicos ociosos que no creen en el sistema, ni tienen nada que perder. Naturalmente, ‘la muestra’ no es representativa y merecen que se les aplique la ley. 

Pero no debemos despachar lo ocurrido con frases hechas, tales como "son grupos minoritarios que buscan alterar el orden y disfrutan con el vandalismo…" y otros clichés similares. No se puede reducir el problema a una alteración del orden público en las calles porque seguro que entre esa muchachada —o en cercanía física y emocional— también había jóvenes sensatos que participan del cansancio general, desencantados con esta sociedad clínicamente enferma, económicamente arruinada y carente de esperanzas.

En su caso, no tienen horizonte de futuro, no pueden hacer planes familiares porque lo que la sociedad les ofrece es paro —el paro juvenil ronda el 46%— y, en el mejor de los casos, acceden a trabajos precarizados y temporales con sueldos de miseria.

Un 46 por cien de jóvenes parados son millones de mentes pensando, demasiados brazos caídos y muchos proyectos vitales frustrados. ¿Alguien se acuerda de ellos? 

¿Hay algún plan gubernamental, algunas políticas activas de empleo juvenil? ¿Firmaron algún acuerdo los agentes sociales para fomentar un empleo digno para los jóvenes? La juventud tiene un relevante papel como fermento renovador de la sociedad, en su seno se están forjando sus dirigentes económicos y empresariales, decía el profesor Aranguren. Por eso, los gobiernos central y autonómicos tiene que buscar, con los empresarios, salidas laborales que canalicen su ardiente vitalidad y les integren en esta sociedad en la que, dice el Gobierno, "nadie va a quedar atrás". 

Es obligado condenar el desorden y perseguir a sus autores, pero limitarse a eso es cerrar el problema en falso. La sociedad no puede arrinconar a la juventud en guetos de marginación y frustración que son la antesala de un estallido social. Quien no lo entienda que intente ponerse en su piel.

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