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Cyrano de la nueva Francia

Me parece curioso como los oficios que observamos en la infancia son aquellos únicos que existen. Explica que antes de la llegada de la televisión la profesión fuese algo hereditario, casi de carga genética, que tu familia poseía y te transfería. Esta es otra función de la cultura, abrir unas fronteras que parecen rígidas en nuestra realidad inmediata
Omar
Omar

PERTENECER A según qué casas o a qué área geográfica te predisponía a existir —y trabajar, de manera intrínseca— según unas instrucciones que padres y abuelos ya cumplían, salvo por ligeros cambios. Pero al comenzar una película o un libro, nuevas posibilidades se abrían camino. Casi como un eslogan, algo nos decía: Usted puede ser policía secreto, héroe de guerra, cantante de rock o incluso rey si se lo propone.

Algo así le ocurre a Assane Diop, el protagonista de Lupin (Netflix), una nueva y extraña adaptación de las novelas de Maurice Leblanc sobre el ladrón de guante blanco Arsène Lupin. Tras encontrarse por dramáticos avatares de la vida con los textos siendo un niño, Assane descubre que su nuevo ídolo es también alguien a quien imitar, como la figura paterna que ha perdido y que lo unió a esta literatura.

Esta miniserie francesa protagonizada por Omar Sy no es una simple réplica audiovisual de las aventuras que Leblanc escribió, sino una suerte de efecto colateral, una consecuencia de exponerse a su obra y recibir una inspiración trascendental. En cierto modo, Arsène Lupin es sinónimo de los buenos modales y la elegancia en la sustracción, jamás un robo o un golpe sin algún tipo de glamour.

De hecho, imaginación e inteligencia son dos elementos indispensables del atractivo oficio del ladrón pero también en la escritura. Hay algo en el juego del gato y el ratón, en las persecuciones, que se debe leer como una lucha de mentes. Son dos caras de la misma moneda la persona que presenta el misterio y la que se encarga de resolverlo, el puzle esconde la psicología perversa de quien lo crea y también de quien lo zanja.

Dice mucho de hecho que para Reino Unido la estrella sea un detective, de mejor o peor vida, mientras que para la república gala sea un ladrón de guante blanco.

El icono cultural y literario que supuso Arsène Lupin en Francia es comparable, en dominancia y cronología, a Sherlock Holmes. Dice mucho de hecho que para Reino Unido -y por extensión al mundo anglosajón, incluso Europa- la estrella sea un detective, de mejor o peor vida, mientras que para la república gala sea un ladrón de guante blanco. Ambos representan una cierta idiosincrasia, unos valores hegemónicos y otros corruptos.

En esta miniserie también se aprecian otros aspectos estructurales del crimen organizado -realmente ultraorganizado-, pero en especial una forma de pensamiento que sobrepasa la premeditación.

La elaboración de un plan que tenga en cuenta la personalidad de cada interventor es un intento empático de recrear, de proyectar la imagen de la sociedad que ella misma no sabe que posee. Pero también es una suerte de arrogancia, un egocentrismo maquillado de antropología que no deja de ser una mirada altiva de alguien que se cree más inteligente que la masa.

En los robos de Arsène Lupin y todos los golpes posteriores, como la trilogía cinematográfica de Ocean’s, hay un cierto nivel de espectáculo, un momento en el que el show se apodera e invade la escena del oficio. Este factor exhibicionista puede leerse como si el ladrón estuviese presumiendo de un cierto intelecto, de ser maestro de ceremonias y dirigir la situación como una simple orquesta. Es poder, es manipulación y anticipación.

Pero el galán que Omar Sy interpreta no parece tener esa necesidad de que le atrapen, ni siquiera es estrambótico o promiscuo en sus sucesivos robos. Elabora, interpreta y resuelve, siempre en ese orden y con un objetivo concreto. Cumple con lo establecido como quien acude a diario a una oficina con un horario.

Esta nueva versión de Lupin recoge el espíritu internacional de una Francia renovada, multicultural e interracial, consecuencia de las migraciones africanas y fruto de las variaciones de clase, incluso del ocaso de la nueva burguesía gala. También es más silenciosa, prescinde de la elegancia de alcurnia y no teme al mostrar las otras capas de una sociedad frustrada, dividida por el devenir del tiempo.

El gran paradigma alrededor del personaje creado por Maurice Leblanc es que alguien que podría ser entendido como perverso, de una psique enrevesada, es en realidad lo opuesto a malvado y acaba con villanos mucho peores que él moralmente. Despierta admiración pese a ser un ladrón, algo que en las sociedad actuales con base en la propiedad no es fácil de comprender.

Sartre acuñó al ladrón que ahora reinventa Omar Sy el título de Cyrano de los bajos fondos, y quizás es el cierto tono infantil o juguetón con el que Arsène Lupin se enfrenta a la policía lo que genera empatía, como si fuese un Robin Hood diferente, pero con el mismo espíritu anarquista. Mientras que el mito de Sherlock Holmes languidece, Francia actualiza uno de sus mitos y presenta un nuevo guante blanco, pero con viejos trucos.

Cyrano de la nueva Francia
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