Escenas con viñeta

Pere Goscinny /EP
Pere Goscinny /EP
Durante el verano de 1965, un hombre caminaba por Biarritz sin dar crédito a lo que oía. En cada paseo escuchaba a niños, jóvenes y adultos repetir frases similares a: “Estos romanos están locos”.

TODOS leían ‘Astérix el Galo’, y él, René Goscinny, celebraba su creación. Pese a su longevidad, la ciudad de París logró cumplir otro hito en enero de 2020: levantar la primera estatua en honor a un historietista. Esa figura de bronce homenajea en sí misma también a la banda diseñada, como se conoce al cómic en el universo francobelga, y está ubicada cerca de la vivienda de uno de los más grandes creadores de ese arte, René Goscinny, padre de Astérix y guionista de personajes icónicos, como Lucky Luke. Ahora, en el centenario de su nacimiento, debe recuperarse la trascendencia de este genio del trazo y el humor.

Los méritos de Goscinny (París, 1926-1977) pueden desgranarse a través de cifras y grandes nombres, pero la importancia de su obra debe medirse en batallas ganadas, visión de futuro y apuestas arriesgadas. Funcionó como un triple soldado en el sector editorial, primero como creador gráfico, después al centrarse exclusivamente en escribir y, en una etapa final, al llevar riendas administrativas para transformar un sector posible en una industria estable. El humanismo y el humor inteligente con que abordó los desafíos fueron consecuencia de su vida, sin duda una aventura digna de sus historias en viñetas.

Él llegaba al mundo como francés, mientras que sus padres habían peleado por ese reconocimiento como emigrantes polacos y judíos del Este. El estancamiento europeo y los malos momentos políticos dificultaban la prosperidad familiar. En ese contexto, la Jewish Colonization Agency ofreció al padre un puesto de trabajo en Buenos Aires como ingeniero químico y partieron a América. Goscinny apenas superaba los dos años cuando desembarcó en otro continente. La infancia y juventud del humorista gráfico sucedieron sin altibajos entre la casa familiar en Retiro y la escuela, a la que acudía casi por defecto, ya que dedicaba más horas a dibujar y hacer reír a los compañeros gracias a sus ocurrencias que a la verdadera formación. 

Buenos Aires entonces concentraba gran número de europeos y, en especial, de franceses y judíos. Estas comunidades procuraban guardar fuertes lazos con su cultura de origen a través de centros y actividades. Goscinny era miembro de la Alianza Francesa de la capital. En aquel espacio encontró revistas y cuentos ilustrados donde refugiarse. Crecer supuso en su caso asimilar como propia la literatura, el humor, el diseño, la historieta ‘Patoruzú’ de Dante Quinterno y el Racing Club de Avellaneda.

Los periodos vacacionales en Uruguay, Venezuela o Brasil no servían para despistar a la familia de lo que ocurría al otro lado del océano. Dejaron de viajar a Francia ante el avance de la amenaza nazi y cesaron las noticias sobre el abuelo materno y varios tíos, que se sabe murieron durante el Holocausto. Librarse del exterminio modeló profundamente la mentalidad del muchacho, que siempre mantuvo el agradecimiento a Argentina.

En diciembre de 1943, Goscinny termina el bachillerato. A la semana siguiente su padre fallece repentinamente. Mientras tanto, en paralelo, miembros de su familia y amigos perecen en los campos de Pithiviers y Auschwitz. Ese inesperado desamparo llevó al joven a buscar trabajo.

Encontró rápido un puesto sencillo como contable y administrador en una fábrica de recuperación de neumáticos. Los problemas no se demoraron. Goscinny se encargaba de recoger la correspondencia y revisar el correo. Muchas de esas cartas contenían insultos y amenazas de familiares que habían perdido a un ser querido por la mala calidad de su producto. Renunció al poco tiempo incapaz de soportarlo. También abandonó una agencia de publicidad para la que dibujaba y publicó sin repercusión en algún boletín pequeño.

Los tiempos prósperos llegaban a su final y en Buenos Aires poco trabajo había para él, por lo que su madre escribió a un hermano suyo que vivía en Nueva York. El tío animó al sobrino a intentar suerte en Estados Unidos. En 1945 tomó rumbo hacia lo que serían sus años más solitarios, desocupados y tristes, pero de gran necesidad para el futuro. Su primera toma de contacto fue breve, apenas unos meses, ya que regresó a Francia para evitar el servicio militar estadounidense e integrarse en el de su patria. Fue designado artista oficial del regimiento encargado de producir ilustraciones y afiches para el ejército. Europa había quedado en ruinas. Nueva York lo recibiría, pero como recibía a cualquiera.

Venía de ilustrar ‘La niña de ojos dorados’ de Balzac , por lo que cruzarse de manos aumentaba su desesperación. Era tan pobre como inadaptado mientras soñaba con trabajar para Walt Disney. A lo largo de 1947 nada tuvo éxito y al año siguiente, el cambio llegó en forma de contrato como becario. El estudio era pequeño, pero sabía cazar el talento.

Las relaciones en el mundillo se movían frenéticas y al otro lado del Atlántico, en la vieja Europa, una escuela de dibujantes comenzaba a levantar el vuelo desafiando la supremacía estadounidense. Llegaban los belgas. Goscinny se favoreció de su exotismo y rápidamente fue nombrado director artístico de Kunen Publishers, donde escribió cuatro libros para público infantil. Empleaba un humor inusual en su contexto sin perder el hilo narrativo, todo cubierto por un aura cosmopolita.

Goscinny estrenó la nueva década como autor de ‘Dick Dicks’, la historieta de un detective a través de un Nueva York casi desierto, pero su falta de destreza como dibujante lastró todo éxito posible. Sus limitaciones eran tales que los personajes debían correr en lugar de ir en coche, ya que no era capaz de darles forma creíble.

Durante un viaje a Bruselas en 1950 se encontró con Jean-Michel Charlier, autor de ‘Barbarroja’ y ‘El teniente Blueberry’, por aquel entonces trabajador de la agencia World Press. Lo querían de vuelta en Europa.

Pronto se mudó a Bélgica para trabajar con Charlier. Dentro de la compañía, su primer trabajo consistió en revisar el trabajo de un autor llamado Alberto Uderzo. Al dibujante le habían anunciado el nombre al aire, que sonaba italiano. Uderzo, hijo de italianos, se había ilusionado con la posibilidad de un compatriota. La llegada de un francés-argentino-estadounidense le espantó. Contra todo pronóstico, ambos hombres congeniaron y su relación artística aún estaba por deslumbrar al mundo.

El 25 de agosto de 1955, los bocadillos e historia del ‘Lucky Luke’ de Morris hablaron por primera vez con palabras de Goscinny. El guion se había elevado e inició así la era dorada del personaje con ‘Rieles en la pradera’, según los expertos. Al mes siguiente, el mismo autor escribía el texto para ‘El pequeño Nicolás’, junto a los dibujos de Sempé. Este nuevo volumen de viñetas establecía una profundidad inédita. Ambas colaboraciones durarían años, hasta el fallecimiento del autor.

Uderzo, Charlier y Goscinny mantenían su trabajo para la agencia, aunque al año siguiente fueron despedidos tras un intento de sindicarse y mejorar sus condiciones de vida. Los autores buscaban ser reconocidos como dueños de sus creaciones y no simples editores. Goscinny, cabecilla del movimiento, fue despedido y sus compañeros renunciaron en solidaridad. Los tres juntos fundaron Édipress y Édifrance, dos nuevas agencias para publicarse a sí mismos y buscarse la vida.

Habían caído en desgracia y el sector los repudiaba, por lo que aceptaban cualquier oferta. Algo cambió cuando la revista Tintin ofreció un puesto a Goscinny, que daría voz y texto a la serie ‘Signor Spaghetti’, y le permitió recuperar con Uderzo el pausado proyecto de ‘Oumpah-Pah’, aunque no gozó de ningún éxito.

En 1959, la agencia de los amigos lanzó al mercado una propuesta arriesgada, una revista ilustrada para público joven. La llamaron Pilote y tenía estreno semanal. Habían recibido el encargo de crear una nueva historia con un personaje muy francés. Buscan en ‘Le Roman de Renart’, pero descubren que ya existe algo similar. Viajan en la historia del país, más atrás incluso, hasta llegar a la respuesta: la Galia y los galos. En la página 20 del número 1 de Pilote apareció por primera vez ‘Astérix el Galo’. Venden 6.000 ejemplares, pronto conocen el éxito masivo y llegan a los 300.000 vendidos.

Astérix lo cubre todo y crece en popularidad de álbum en álbum. La fina crítica con el poder y la vanidad en el texto de Goscinny ensalza valores humanos e internacionales, al mismo tiempo que plasman el pasado con mayor pericia que otros géneros. La historia de Francia se llenaba de bromas despreciando al imperio romano. Es el momento de la parodia y la referencia cultural como resortes de risa. La inteligencia y el humor blanco desplazaban al absurdo. No son simples aventuras, son ideas y cantos a la amistad, a la paz y contra el nacionalismo.

Pese a tomar las riendas de Pilote en una segunda vida bajo otra editorial, Goscinny no redujo su actividad ni abandonó a ningún personaje de su pasado. Aumentó su producción para poner texto a ‘Iznogoud’, con Tabary al dibujo, y ‘Les Dingodossiers’, con Gotlib, entre muchos otros. Además, las primeras adaptaciones del ‘Tintin’ de Hergé al cine contaron con su trabajo de guion. Tampoco dejó de firmar en otras revistas e incluso firmó un libreto de ópera, ‘Trafalgar’. Es el maestro absoluto para las siguientes generaciones, con ventas estimadas actualmente en más de 500 millones de ejemplares y traducción a 100 idiomas.

A mediados de 1977, regresando de Jerusalén, René Goscinny se encuentra fatigado y decide acercarse a realizar un chequeo médico. Estaba en pleno apogeo, Astérix llegaba al cine. Por haber sufrido una angina de pecho, deciden someterlo a una prueba de esfuerzo. Pedaleaba en una bicicleta estática cuando advirtió de un dolor, pero le ordenaron seguir. Segundos después caía al suelo por infarto y moría en el acto a los 51 años. La sociedad quedó conmocionada.

Uderzo recibe la llamada de la fatal noticia con el álbum ‘Astérix en Bélgica’ a medio terminar. No quedaba más texto de su autor. En la última viñeta de la página 28, justo cuando sonó el teléfono, se pone a llover sobre Astérix y Obélix. La lluvia continúa otras hojas más pero ningún personaje habla de ello. No hay explicación. El chubasco son las lágrimas del dibujante sobre la muerte de su amigo, junto a quien cambió para siempre la historia de la historieta.