Genealogía de la grieta
Solo mi subconsciente sabe lo que realmente esperaba obtener de la cinta dirigida por Joachim Trier, porque no lo encontré. Esas emociones en la sutileza que de tan tenues son la nada, la contención que se vuelve opaca, todo lo Bergman sin ser Bergman, el tapiz de varias ideas mal cosidas, una normalidad tan gélida como el propio inverno en los escenarios nórdicos y afuera de la sala. Salvo por algunas interpretaciones sublimes, en especial Stellan Skarsgård e Inga Ibsdotter Lilleaas, el resto es una intemperie ajena y de intenciones poco sutiles.
Una casa sirve como brújula en la película. Es la guía que marcó las infancias y señala el futuro, el mapa para la vida real y para la ficción que planean rodar en ella, también opera como el nudo por el que siguen agarrados los personajes y la barricada desde donde atacarse. Sin embargo, un mal cálculo en la construcción provoca que generación tras generación crezca más y más una grieta en un muro. Una fractura tan real como simbólica que afecta a cada miembro particularmente y, como es sabido, cada cuerpo se rompe de un modo diferente, como las casas.
Valor sentimental me escupió a la calle y conduje de vuelta pensando en si me había inspirado algo, hasta que descarté cualquier indicio. Todo cuestionamiento hacia la familia como organización ya habitaba en mí de manera previa, bien por experiencia en primera persona o a través de escuchar a otros. Esa misma noche un amigo me escribió un mensaje por la angustia provocada en el retorno navideño. "Llevo años tratando de no comportarme como mis padres y de vez en cuando me doy cuenta de que soy igual, me duele tanto", escribía entre otras quejas.
Genética aparte, cada familia arrastra un yugo vestido de idiosincrasia capaz de moldear el carácter, las reacciones y la perspectiva sobre la vida al frente. Nosotros somos esto, los otros son lo otro, cada uno con lo suyo. Es una carga que se ensaya en la niñez, cuando todavía falta la fuerza madura. Se compone de la vivencia heredada, que no es más que el dolor, la penuria y el éxito de las generaciones anteriores que, a cierta edad y después de mucho rumiar, terminan en tu plato.
Sentado con un par de amigas en un bar, una de ellas comentó: “Mi madre está loca". Nosotros respondimos: "Bueno, y la mía". Ella insistió: "No, en serio, la mía más. Mucho más desde hace una temporada". Luego justificamos como siempre el contexto y su crianza, los viejos tiempos, el hecho de crecer y ser mujer, superar los cincuenta, las hormonas y su vuelco en la menopausia, el forcejeo con las frustraciones y el mundo absolutamente transformado en otro, tan extraño como poco interesado en ellas. Trabajamos en conjunto una lista de justificantes con el simple objetivo de excusar a nuestras madres de daños colaterales.
Esas marcas que quedan en nosotros por la acción bien o mal intencionada de los padres son el registro de la otra educación familiar. Están los modales y los valores de cada estirpe, más o menos agradecidos, más o menos arriesgados; y luego figuran los aprendizajes de rebote, en los que se condensan los vaivenes de todas las generaciones anteriores.
Los defectos de los padres pueden adivinarse a través de lo que sus hijos intentan no ser. La genealogía avanza por imitación o repulsión, es decir, sin cuestionar la tradición para continuarla o tomando una nueva dirección, con alta posibilidad de ir a la contra. No ha habido una juventud que no pelease un pulso con los predecesores. Con todo, el perdón debe invocarse solo ante el daño porque en cualquier otro escenario, sin las concesiones de un vínculo tan permisivo, la consanguinidad no resistiría el disgusto mutuo. Stellan Skarsgård ha dicho durante el despliegue publicitario de Valor sentimental: "Es muy importante que los niños sepan que su padre es un ser humano y la va a cagar".
Esto no significa que los efectos de la familia sean perennes o invariables ni que las licencias sean cartas blancas. En una escena de la serie ‘Mom’, el personaje interpretado por Allison Janney visita la tumba de su madre, una de las causantes de su alcoholismo por una pésima infancia. Ella deja de señalar a un tercero y expía la culpa, pero no como un sacerdote, sino como un adulto. Se hace cargo de su propio tiempo. Me causó un gran impacto porque, aunque requiere tiempo y quizá la ausencia, uno debe emanciparse del linaje.
Todavía aplastaba el frío un par de semanas después cuando subí a la muralla de Lugo a pasear. En enero la oscuridad supera los límites de la noche y por la tarde pueden espiarse los hogares iluminados a simple vista gracias a la cercanía. Empecé con un vistazo tímido y terminé sin pudor observando la privacidad de otros. No resulta sorprendente y sí a la vez la escasa diferencia entre casas, salvando la clase social, y cómo incluso los gestos, los hábitos o las poses se repiten. Matrimonios en sofás distintos, teléfonos como muletas, abuelas ancladas en sillas, jóvenes al borde de su cama o ante el escritorio.
Busqué en los límites de las ventanas una pista de esa felicidad que las familias se empeñan en reproducir a la fuerza, sin permitirse sus sutilezas. La felicidad que iguala, como definía Tolstói al inicio de ‘Anna Karenina’. No encontré nada, tampoco las grietas. La próxima vez miraré a los cimientos o en los libros de familia.